Acá, tres y ocho
Lo recuerdo perfecto, fue un domingo. Los domingos tenían un toque particular: el mercado estaba tapiado de gente. Gente extraña para mí que venía de las rancherías aledañas a hacer el recaudo de la semana. Así, los domingos eran distintos porque la tienda de mis padres era un hervidero de gente de toda clase. “Era el día de venta”, como se dice por acá, entonces, mamá preparaba la comida y nos preparaba a mi hermana y a mí para ir con mi padre para comer cuando hubiera oportunidad entre el ajetreo del negocio. Pero ese domingo era uno distinto, especial. Era 9 de mayo, el día de mi cumpleaños. Antes de eso yo no tenía conciencia de lo que un cumpleaños significaba. Lo supe cuando mamá, arreglándome con mis mejores trapos me hacía entender que tenía que verme muy bien porque ese era mi día, el día en que había nacido tal vez 5 o 6 años atrás. Notar eso significó notar al mismo tiempo que cierta convención había cambiado en nuestra dinámica de vida. En el álbum famili...