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Que gane Argentina

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Leí hace unas semanas Cuchillo, de Salman Rushdie. Es un libro en que el escritor relata todo lo acontecido luego de que un fanático religioso intentó asesinarlo en Pittsburg. Paradójicamente durante una charla en un refugio para artistas cuya labor ha puesto bajo amenaza su vida. La obra de Salman ha sido controversial porque en ella critica la religión de su país, de ahí que el Ayatola amenazara con cuartar su vida hasta casi conseguirlo en el 2022. Había intentado leer un libro de fantasía de Salman, pero no me atrapó. Cuando eso pasa pocas veces lo intento de nuevo con ese escritor. Sin embargo, al leer la síntesis de Cuchillo en la librería no lo dudé y lo compré. Su agresor le atestó más de 30 puñaladas, la más escandalosa en el ojo derecho, el cual perdió. No obstante, el libro es ameno y está lleno de humor. Compara su ojo perdido con la icónica imagen de Méliès. No aborda demasiado la postura radical de su agresor, pero usa la fantasía para simular una charla entre los d...

Un perro bajo los escombros

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  Intenté leer por la tarde, no sé porque no he podido concentrarme en la última semana. No pude, con el libro frente a los ojos, estos comenzaron a cerrárseme. Me dormí un poco. Al despertar me sentía enfermo. Con fiebre. El estómago me ardía. Ya no pude leer, simplemente pasé canales en la televisión. Hace unos días miraba Nadie nos va a extrañar. Es una serie con fallos, pero potente en la nostalgia. Lo primero que pensé fue: tienes que ver esto. Ahí entendí algo, que no es que los sentimientos desaparezcan, más bien se quedan refractados en ciertos momentos, como escuchar A un minuto de ti y Los dioses ocultos y saber que eso habla de otra época refractada en que antiguas generaciones mataban episodios que construyen sociedades en duelo. Como si te viera a ti al ver a la protagonista. En Tiktok hay edits de eso. Pero sobre todo pensar: no hay ya un “nos” que pueda decir “ve esto”. Que esas palabras tocan fondo y solo queda un cigarro de noche con apenas gozo de saber que a ...

Agencia política de la sexualidad

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  La foto que ilustra este texto junto a la del texto anterior ( Construcción del conflicto sin drama aparente ) las tomé en un hotel de paso en el entremés de un revolcón. Digo revolcón por la fonética lúdica que le imprime al evento. Dos fotos de una carga erótica importante. Fotos capturas consensuadamente y con la aprobación de hacerlas públicas. Usé la primera foto seguro de mantener en secreto la identidad de mi acompañante, pero sin importar las condiciones, luego de postearla estaba tenso pues no sabía de cualquier modo cómo era que ella iba a reaccionar. Lo que escribí fue honesto, más allá de la carga erótica de la imagen me cautivó el fondo de la foto, hallarme en esa guarida intima de seguridad en un pacto veloz de placer alejado de los estigmas libidinales. Me di cuenta también de que mi motivación para escribirlo era la culpa. Por un lado, de no herir a terceros y por el otro, aquella sensación de vacío pues parecía que si no había un drama de por medio no existí...

Construcción del conflicto sin drama aparente

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  —¿Por qué a oscuras? —le pregunté, cuando entré a la habitación—. —Se siente más cool. —respondió, tendida sobre la cama con una bata de satín guinda—. Se le tonaba serena, fresca a pesar del calor afuera. Sonaba de fondo la canción de Wilco que le había mandado minutos atrás, aún en el taxi.   El tacto de su boca era suave, pero la suavidad no hacía que el manejo fuera delicado ni precavido. El monte hechizado ensombrecido por la ventana y la luz del pasillo. Cruzar el antebrazo por detrás de la cabeza no fue un gesto desdeñoso sino de confort . La mano que se desplomó sobre mi pecho para hallar su centro me distrajo de la contemplación de la ventana, y gracias a esa foto, recuerdo que mientras la miraba me sentía guarecido del mundo afuera. Las cortinas amarillentadas por el foco de pocos watios en el corredor me hizo pensar en todos mis años vividos en la ciudad. De pronto no eran tan pesados. Me reía del mundo afuera, pero particularmente estaba absorto d...

Crónicas campesinas

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  Como es mi sabia costumbre, cuando sé que voy a la CDMX no puedo dormir. Es como si cierta emoción campesina me invadiera. Con apenas unas horas de sueño allí estaba cerca de Bucareli dando mis primeros pasos de siempre, mirando a lo alto de los edificios, escuchando el sonsonete chilango, los chiflidos, los aullidos. Puse la radio: Al llegar a la recamara, supo que era una bala. Trató de permanecer un rato en el arma… pero fue expulsada de aquella morada al grito de: Dispara, Margot, Dispara: “Dispara, Margot, Dispara a través del 102.5 MVS radio. Bienvenidos a la segunda hora de programa. Estamos en la mesa el señor Horacio Villalobos, el señorito Fausto Ponce, la guapísima Claudia Silva, y tenemos como invitado al gran, gran, escritor Carlos Velázquez que viene a presentar su más reciente libro —titubea porque no ve bien— ¿Aprende a amar el plástico? ¿Es correcto señor? —Es correcto”, —respondió el @Charlifornicio. Zurita hizo las fanfarreas. Siempre que un artista le parece...

No hablo de amor sino de que me gusta El oso

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48 horas atrás estaba trepado en un camión. Las ruedas ronroneaban contra el asfalto rumbo al sur del Estado de México. Sentí que había dormido bien, pero de pronto, al comenzar las primeras líneas de una novela de Aura Gómez-Junco, los parpados se me cerraban. Me entregué al sueño. Al despertar, el picante sol del sur me acariciaba la frente. Creí poder dormir otro poco, faltaban si acaso 20 minutos más para llegar a Ixtapan de la Sal. Pero el sol arriba trajo de pronto ciertas notas, ciertas líneas, ciertas escenas. Me quedé pensando en eso hasta que tuve que bajar del autobús en la glorieta para empezar a trabajar. Por aquel municipio los aromas, los sonidos, los colores, rebatidos con el bochorno del día tenían un tono muy parecido al de un par de años atrás. Cuando lo entendí, fue como si palpara con mis sentidos la parte inferior de mi nuca. Nada, en lugar de aquel pesado yunque antaño, sentía el cómodo reposo del sueño, el oxígeno correr por mis narices, que ahuyentaban lo...