Crónicas campesinas

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Como es mi sabia costumbre, cuando sé que voy a la CDMX no puedo dormir. Es como si cierta emoción campesina me invadiera. Con apenas unas horas de sueño allí estaba cerca de Bucareli dando mis primeros pasos de siempre, mirando a lo alto de los edificios, escuchando el sonsonete chilango, los chiflidos, los aullidos. Puse la radio: Al llegar a la recamara, supo que era una bala. Trató de permanecer un rato en el arma… pero fue expulsada de aquella morada al grito de: Dispara, Margot, Dispara: “Dispara, Margot, Dispara a través del 102.5 MVS radio. Bienvenidos a la segunda hora de programa. Estamos en la mesa el señor Horacio Villalobos, el señorito Fausto Ponce, la guapísima Claudia Silva, y tenemos como invitado al gran, gran, escritor Carlos Velázquez que viene a presentar su más reciente libro —titubea porque no ve bien— ¿Aprende a amar el plástico? ¿Es correcto señor? —Es correcto”, —respondió el @Charlifornicio.

Zurita hizo las fanfarreas. Siempre que un artista le parece destacado hace énfasis en el gran, gran fulano en turno. Le debo a Zurita varias referencias chingonas y la del Charlie, a ciegas, fue otra de ellas.

Cuando padeces ansiedad ésta expande sus tentáculos por todos los aspectos de tu vida, por eso que me animo a pensar que no soy tacaño, sino que vives con la consigna de gastar el baro meticulosamente por si otra vez vives alguna época de vacas flacas. Aquella vez andaba en Metepunk. Me había chingado una hamburguesa con papas y en la librería apareció Aprende a amar el plástico. Eran mis ahorros de fin de año y por eso me di el chance de ir a la Gandhi y no a los libros de oferta en la librería Tauro. Casi trescientos baros el chingado libro. Lo peor de todo, con forme comencé a leerlo esa misma tarde me sentía un poco agüitado porque no lograba entrar en la comversión a pesar del dinamismo y la estridencia de los pasajes en el Hong-Kong. Llevaba poco tiempo como lector consciente y mucho menos escribiendo. Con el paso de los días comencé a darme cuenta que esa densidad es eso que un estilo definido exige. Una atmosfera que me acompañaba.

Para entonces me la pasaba buscando las rolas que el @Charliforniqueishion subía a su Instagram, leía sus columnas en La razón y veía sus entrevistas. Como Zurita, se había convertido en ese almanaque de cultura pop que disfruto bastante. Eran los primeros días del 2024. La feria de Metepec. Andaba vagando con la lira por los negocios de comida y las chelerías sin mucha suerte por todo el puto ruido que hay por todos lados en las fechas. No traía mucho baro en la bolsa y andaba de capa caída. Resignado me acerqué a un puesto de libros de segunda mano en un bazar. Le jugué al pendejo cuando vi El karma de vivir al norte para que el vale no se encajara, pero de todos modoso sabía lo que tenía. Dijo: ese es caro, dame 170. No la pensé. Me lo llevé. Era un mejor lector porque el libro no estaba mejor escrito, es un libro anterior a Aprende a amar el plástico. Cualquiera que haya sentido la ansiedad que no es de redes sociales sabe que durante los episodios chingones lo que menos quieres es perder el tiempo, lo que conoces y te da placer es el mejor de los refugios porque te estabiliza. Trepado en el camión luego de dar clases en la uni, cansado de soportar a los pinches energúmenos de mis alumnos, me deja ir como si tal cosa por uno y otro relato que paradójicamente estaban diseñados para detonar un episodio de pánico cuando lo quisieron torcer con su chavita en un taxi en Torreón. Fue como sentir un pinche abrazo a través de los cristales que como lupa aumentaban el calor de la primavera.

Esta vez no andaba volando bajo, había volado más bajo que nunca, pero comenzaba a echar pie a la vereda cuando me encontré Mantén la música maldita en el remate de libros del monumento a la revolución por 50 baros. Le jugué al chingón al principio diciendo que su estilo aún no estaba pulido en ese compendio, pero lo raro era que aquel libro era el hijo de en medio de los tres que había leído de él. Más bien lo que me pasó fue lo que pasa con una chela luego de una cruda chingona, primero te apendeja y luego pasa como agüita.

 

Llevo dos años sin dar clases en la uni porque las escuelas privadas son un pinche chiquero. Así, me gano el sagrado pan charoleando con la lira. Una semana atrás, las patas me punzaban por el dolor de tanto caminar. Estaba echado en la cama. Hacía mucho que no entraba a IG porque también las redes son un chiquero, pero me encontré con el post del Charlie: Periodismo Gonzo: crónica y contracultura. No tenía ni un mes que había leído por primera vez a Hunter S. Thompson. Mi cabeza me decía: vas, pero las patas me decían: nel. Tuve una semana para pensármelo.

Dos años atrás tenía un programa de radio en la estación comunitaria del municipio. Me dieron ganas de hacer mi mini Cervantino e invité a poetas, músicos y deportistas para hablar de su vida. Unas semanas más tarde, el ‘Pato’ Ávila, ala cerrada de los potros salvajes de la UAEMéx me invitó como consultor a la fiesta patronal de su barrio. Primero me pidió un texto, pero junto con un camarada conseguimos que el Mastuerzo viniera a tocar de a grapa. Empedamos con el ex Botellita. El año que siguió empedamos con el Heavy Nopal y entrevisté al Moy Álvarez. De la nada tenía un librito de crónicas escrito y le pedí al ‘Pato’ que me consiguiera patrocinadores para publicarlo. Faltaban tres días para el evento de periodismo Gonzo cuando Iván me dijo: vamos a echarnos unas hamburguesas para ver qué podemos hacer para que se publique para el tercer año de la fiesta.

Tragamos y empedamos. Me dijeron: cotiza y lo hacemos. Dije: ahuevo. Todavía como si hiciera falta, le dije a Iván y a los otros camaradas, convencido: el fin de semana me voy a un foro para checar unas ideas y que quede lo más decente posible. Dijeron: va, va.

 

El jueves no pude dormir. Siempre me pasa eso cuando bebo chingón, la ansiedad hace que mi corazón haga reparar el colchón sin descanso. Me fui a charolear con la lira a Metepec. Cuando llegué a la casa, pensé: bueno, por lo menos voy a dormir chingón porque estoy cansado. Cerca de las 2 de la mañana a los putos vecinos que festejaban un cumpleaños se les ocurrió subirle a su puta bocina corriente con rolas del Chapo de Sinaloa. Cuando apagaron la bocina a las 5 de la mañana, el sueño se me había espantado. Encendí la lámpara y me puse a leer. La lectura me anestesió el cerebro a eso de las 7 de la mañana. Dije: al chile no voy, pero en el acto pensé en los conciertos que el Charlie narra y dije: es el Charlie, güey. Puse la alarma a las 10. Me di un baño, tomé la lira y me largué rumbo al taxi.

Una hora de viaje hasta Toluca, apenas pude pegar los ojos por la ansiedad. Afiné la lira y me fui a tocar a las taquerías cercanas a la terminal de autobuses. Toda la semana estuvo de la chingada, era la resaca de semana santa y todos andan gastados. 40 baros en una hora. El boleto del interurbano a Santa Fe cuesta 70. Llevaba en la cartera 600 del día anterior, pero otra vez la aprehensión de la ansiedad me hacía pensar que tenía que merecerme ese pasaje y no sentir que andaba de turista en la CDMX. Me metí a un puesto de gorditas en el mercado Juarez, pero la raza ni me mochó. Una moneda de 5 pesos. Casi resignado a ser un vil turista snob me subí a la ruta del Santiago que rodea cuatro cuadras antes de enfilarse por Pino Suarez. Lo hace a vuelta de rueda. Me eché dos boleros, dos de rock urbano y la de Leo Dan que siempre funciona. 10 minutos, y al bajarme en la estación, tenía 70 baros. Así es el albur de la charola.

Eran las 12:30. Le había preguntado al Charlie a qué hora se presentaba. Dijo: a las 2, aunque el cartel que subió decía a las 2:30. Dije: sí llego. La fila del interurbano era un cagadero. Tres filas de por lo menos 20 cabrones en cada una. A tres lugares de recargar mi tarjeta del metro, un don no podía con la máquina. Todos torcían la boca, pero yo dije: todos pasamos por esa en algún momento cuando se estrenó. La dependienta del tren terminó de ayudarlo. Saqué mis monedas, me preguntó: ¿a dónde vas? Dije: Santa Fe. Dijo: no recargues, dame las monedas y te doy billetes; nos hace falta cambio. De buen pedo, le dije: ¿con cuanto paso? Dijo: 15 pesos en tramo mínimo. Le di los otros 100 baros. Tomé el tren. Llegué a Santa Fe a la 1:40. Dije: sí llego, sí llego, como Homero que corretea su puerco por todos lados. Puse mi tarjeta en la máquina. Chilló. Verga, dije. insistí. Volvió a chillar. El poli dijo: ¿Cuánto tienes? Dije: 55. Dijo: son 60. Dije: verga, tu compañera me dijo que con esto la armaba, hasta le di mis monedas de buen pedo. Dijo: nel. Dijo: haz otra recarga, ya faltan 5 baros. Dije: va. Le metí mis últimos 7 pesos. Volvió a chillar esa madre. Dijo: ah, no, son 70. Te falta un peso. ¡un puto peso! La maquina no aceptaba billetes. Me pidió mi tarjeta. Dijo: métele otro billete más grande, ahorita te da cambio. Le pregunté: ¿no que no acepta billetes? 1:50. Dijo: te voy a pasar a la taquilla, ahí con la app. Lo hizo. Regresó sin lana. Faltaban 95 baros. Me dio un puto ticket. Dijo: con este regresas. Le dije: no mames, me quiero ir por el autobús. Dijo: ah, entonces aguanta, te rembolsamos, dame chance. Regresó otro cabrón. Me dijo: disculpa la tardanza. Dije: ya qué. Dijo: listo, pasa a la máquina con estas monedas. Vi la fila, dije: no mamen, se pasan de verga, todo por pendejo. Dijo: tranquilo: te paso directo. En lo que cargaba la tarjeta con los putos cinco pesos para el peso, le dije: en lugar de andar de pinches apretados cuidando que nadie beba agua en el tren deberían aprenderse los precios chido o poner un cartel visible para que no pasen estas mamadas. Me fui. 1:58. Puse la tarjeta. Pasé. El andén por el que ascendía, no era. Me alcanzó la poli. Dijo: joven, este no es, tiene que pagar. Dije: ya pagué. Dijo: no, se me echó a correr, tenía que pasar el torniquete de acceso libre para no pagar acá. Le dije: ¡yo no trabajo acá! Ustedes me traen como pendejo. Dijo: tranquilo. Ya lo paso y me llevó por otra puerta, puso mi tarjeta y de pronto me dejó salir. Le dije: me lleva la chingada, ¿no pudieron hacer eso desde el principio? No dijo nada, no dicen nada cuando la cagan así de feo.

El RTP a Quevedo me dijo: no, no te dejo en una conexión. El de Auditorio me dijo sí, pero le dije: oye, ¿pero no el metro Auditorio está cerrado? Dijo: ah, sí. Llegó otro Auditorio. Cuando le pregunté, me dijo: el Quevedo sí te dejaba cerca. Dije: vale verga. Se fue. 2:10. 2:18. 2:25. Dije: ya valí verga. Llegó el RTP de Balderas. Me dijo: te dejo ahí en Balderas y trasbordas dos líneas. Dije: va. Arriba, le pedí chance para charolear. Lo hice. Faltaba un chingadazo cuando dejé de tocar. Nos agarró el tráfico. 2:50. Estaba resignado a llegar nada más a las pinches fotos finales. Cerca del periférico le pregunté: oye, ¿no me puedo bajar en Constituyentes y de ahí pegarle? Dijo: ah, sí, te vas a Tacubaya y de ahí a patriotismo por la café. Esa ruta sí la conocía. Me dijo: es aquí, men. 3:10. Me bajé. En un chaz llegué a la Rosario Castellanos. Casi corría, cuando una sujeta me detuvo en las escaleras. Me preguntó: ¿vienes de algún medio? Dije no. dijo: entonces hay que esperar. Le dije: no me hagas eso. Dijo: falta poco para que termine la segunda mesa. ¿qué?, pregunté. Sí, casi termina la segunda mesa. Pregunté: ¿la mesa de quién? Dijo: son mujeres casi todas. Una morra tatuada bajaba por las escaleras. Le pregunté: oye, ¿de quién es la mesa que está ahora? Dijo: ay, no sé, pero son puras morras. Me volví a la sujeta cadenera y le pregunté: oye, ¿van tarde? dijo: muuuy tarde. Faltan dos mesas. Dije ahuevo y me calmé.

Me di el chance de pasear por la librería. Cuando el público de la segunda mesa desovaba por el corredor me acerqué a la puerta. le pregunté al de las firmas: ¿de quién sigue la charla? Dijo: periodismo Gonzo, crónica y algo así. le pregunté: ¿es la de Carlos Velázquez? Dijo: sí, creo que sí. Amagué con bajar a la planta baja, y me dijo: yo digo que apañes lugar para que no te quedes fuera. Le dije: nel, aunque me quede en la puerta porque tengo la boca seca, voy por un agua. Lo hice.

En Toluca me peleo con la gente que se anima a correrme con aires clasistas por tocar mi guitarra. En Perú me encaré con los guardias del parque de los gatos porque “no podía alterar el orden”. Les dije: sí me muevo, pero no me iré mientras estén aquí parados como pendejos porque si me largo así eso es un acto de discriminación. Agarró el pedo y se fueron. En Puebla le menté su madre a uno puto mesero que me dijo que no podía tocar sobre los portales secuestrados de restaurantes mamoncitos. Le dije: chinga tu madre, estás pendejo, es vía pública. Y fue por sus camaradas y me fui mirándolos por si se me iban en bola. Regresaba del Seven con un agua y los cacahuates más pinches caros de mi vida cuando vi en un restaurante de gente demasiado blanca a un violinista y un huapanguero tocar. Nadie les decía nada. Me supo bien ese equilibrio, esa belleza de la ciudad salvaje.

En la puerta del foro, el mismo morro me preguntó: ¿a quién vienes a ver? Le dije: al Carlos Velázquez. Hizo cara de no conocerlo. Le dije: traigo su libro, a ver si me lo firma. Dijo: claro, ojalá que sí. me preguntó: ¿de dónde vienes? Le dije: del sur del estado de México. Dijo: ts. Dije: simón. Le pregunté: oye, ¿y si vengo de un medio? Preguntó: ¿vienes de un medio? Dije: nel, pero sí he escrito para medios. Pasa que hace un mes me metí así de contrabando a la firma de Welsh en la Gandhi. Dijo: ah, no, pues te vas a ganar si acaso unos lugares al frente. Dije: ah, entonces nel, soy fan nada más, con que me firme mi libro con eso. Así, como aparición, al virar el cuerpo, el Carlos Velázquez pasó rumbo al baño. Le dije: ah, no mames, ahí va. Dijo: date. Dije: ahuevo. Le pedí una pluma.

Fue una meada rápida, yo todavía sacaba el libro de la funda de la guitarra cuando abrió la puerta secándose las manos. Al verme, me preguntó: ¿Quién eres? Sentí que el que me preguntaba era el vago que Bart y la pandilla recogen y pide helado. Me reí. No supe qué responder. En ningún momento me pasó por la cabeza decirle, escribo, soy fan, soy escritor y toco la lira, aquí andamos Charlie. Estaba muy puto nervioso, pero más que eso, cuando la ansiedad me topa de seco las palabras se me encabalgan y digo puras pendejadas. Le dije: te escribí por el Insta para saber a qué hora estabas, y la morra me dijo vamos muuuy tarde, y apenas llegué, casi no llegó, fue un cagadero, y luego, como si mi mente me dijera: ya, buey, desapendejate, solo dije: fírmame mi libro, ¿qué no? Dijo, sí, ¿tienes una pluma? Se la di como fiel escudero. Se apoyó en el barandal. De todas las mamadas que dije, alcanzó a escuchar, una hora al sur del estado de México. ¿De dónde vienes?, me preguntó. Le dije el nombre de mi ciudad, pero anticipado a lo que me estaba pasando con las palabras y las ideas, acoté: una hora al sur de Toluca. Dijo: ts. Ya no hice ruido en lo que firmó la dedicatoria: Cuidad Godín, estas memorias sonoras, con afecto para, y puso mi nombre bien como pinches nadie lo pone ni siquiera cuando me presento a leer o una de esas mamadas porque me había preguntado: ¿christopher con H? Dije sí. ¿Cómo quedé yo?, dice el Ferraz. Como pendejo, porque ya no dije nada, vi como un camarada le dijo: nos vemos al final para ir a echar algo, y no dije nada porque al escucharlo y al Carlos irse era como sí de pronto en esas palabras sintiera que en esa pequeña frase de nos vemos al final iniciara una de las crónicas que tanto me habían mamado y que al principio sientes que no sabes a dónde van. Ambos dudamos al darnos la mano y fue re-incómodo.

Ah, no mamen, ya me acordé que primero fue lo de la firma y luego lo del agua y los violinistas huapangueros, pero como dijeron ellos, la ficción es parte importante. Por eso cuando regresé, ya no tenía prisa, el foro estaba lleno con algunos lugares vacíos al frente. Me senté al lado de una doñita que se animó a masticar gomitas cuando vio que me eché los cacahuates en la bolsa de la camisa. Vi parte de las presentaciones, la de Carlos que se notaba dubitativo, nervioso, expectante.

La charla transcurría y yo pensaba en la primera vez que conocí a un requintista chinguetas de mi ciudad. Todos le decían maestro, y yo le dije: yo no te voy a mamar la verga como todos, si chupamos es de cuates. Dijo que sí, que de hecho le cagaba que le dijeran maestro. Lo pensé al notar que el Charlie divagaba en su apertura. Le dije al requintista en su momento, no te lo digo no porque no crea que seas un master sino porque siento que así todos esos bueyes se quieren validar a partir de estar contigo. Desde entonces la cotorreamos en buen son. Era lo mismo que me preguntaba cuando leía al Carlos y pensaba como se mostraba mortal ante esos ídolos de la música aun teniendo ciertos blasones para estar con ellos, de echarse una chela con el de los Babas, los Pellejos o fanear a otros rockstars. Al verlo, como yo en las inmediaciones del baño, entiendes que debes ser bastante pendejo para quererte hacer el chingón, pero más importante que eso, que a mí los conciertos no me despiertan esa fiebre, que mi fiebre estaba ahí viendo a ese cabrón en el estrado desde ya analizando lo que sus colegas decían para tragárselos en una crónica, sobre todo si tenía pensado ir al concierto de ACDC.

Al escucharlos, toda mi travesía con sus periplos se me echaba en cara. Mientras escribía mis propias crónicas campesinas era inevitable exigirme alejarme del estilo de Carlos ni por bien o por mal sino porque pensaba en la marginación del centralismo de la cultura, que el Mastuerzo y el urbano no estaban a la altura de esos vuelos. No por los rockeros sino porque es para lo que le alcanza a la banda para una fiesta de barrio en los confines del establo de México. Y sin embargo escuchaba a esos otros cabrones jactarse como prepos de sus devaneos o sus puestos y glosas. Reconocí solo a uno de ellos y pensé que me debe una buena cuenta de su promoción porque Sanborns le vende a las librerías Tauro sus excedentes y esos libros cuestan 20 baros en rebaja. Una novela premiada que me hacía dudar por su torpeza y antinatura, pero que en el mejor de los casos era accesible para los lectores poco entrenados. Esa novela que he regalado cuando menos unas 20 veces. Nunca regalaría un libro de Carlos porque no me atrevería a que 400 baros se quedaran a llenarse de polvo en la alacena de un pendejo. Dejemos de romantizar la estupidez, pensaba mientras todo sucedía.

Carlos rompió el hielo cuando le tocó responder si era que la crónica podía existir sin los excesos. Dijo: saz. Todos se rieron. La risa generalizada me hizo pensar que era un ente protagónico por el que estábamos allí. Dijo: el único compromiso que tenemos es con la historia. Luego hubo otras risas por cosas menores. Me fastidiaron porque eran esas risas de quien no entiende el chiste, pero se ríe fuerte porque quiere ser parte de la broma, la banda telonera que nadie conoce. Gente anotando libros que nunca iba a leer. Al final, los panelistas sucumbiendo a la pendeja provocación del: ¿por qué solo hombres? El Charlie dijo: hay puros hombres, pero ellos armaron la mesa. Mas risas. De todos modos, era bastante pendejo porque sin el talante del revisionismo militante, cada uno exclamó: ah sí, sí mencionamos a tal y cual fulana.

Llegó el momento de las preguntas. Mi idea era cacharme al Charlie para preguntarle si no su imagen se había convertido en un cliché de los lectores deslumbrados por las estridencias. Si los Pellejos ya lo habían perdonado o de menos, preguntarle, ¿puede existir la crónica sin la poesía? Pensé mucho en esta pregunta para no sonar mamón, pero me hizo ruido todo el tiempo desde que leí que no lee poesía en Manten la música maldita cuando mi maestra de poesía Maricruz Patiño nos había dicho: lean poesía sino harán periodismo. Me pareció valida. Más aún cuando Carlos se le fue al cuello a otro de mis ídolos: Julián Herber por Overol. Cuando leí esa crítica fue parecido a escuchar como tu jefe le habla culero a tu jefa. Sentía que su crítica tenía una vena sensible, esa no lectura de poesía que sí construye Herbert y que si no la mejor o peor, sí hace distinta su narrativa ceñida a lo autobiográfico. Pero el ímpetu, de la mejor forma, se me fue cuando alguien me ganó la idea preguntando simplemente: ¿puede existir la crónica sin poesía? Y sí, Carlos ya lo había dicho en su libro y lo dijo al micro de una forma más elegante al decir que la poesía estaba en unos barrenderos que lo llevaban de ride a los taquitos absolutamente pasado. Y pensé: bien bajado ese balón ahí, güey.

Carlos se alejó casi de inmediato cuando declararon cerrada la sesión. Mis crónicas campesinas no eran tan pesadas para entonces, más bien rondaba mi mente el tal vez en algún momento, un chelita, un cotorreo, unas palabras más serenas, y por eso cuando lo llamaron para las fotos finales, me fui yo también.

Salí de la librería. Me imaginaba al Charlie cheleando por ahí. Dije, en algún momento, en otro rato. No había tragado. Lo de menos era chingarme la lana que llevaba en la cartera, pero quería merecerlo. Sentir algo. Afiné la lira. En lo que lo hacía, el moderador salió a fumar. Le dijo a otro cabrón: luego lo vemos. Se fue. Me quedé ahí. Mi, La, Re, Sol, Si, Mi. Listo. Crucé la calle. Pensé: el Charlie va a salir por aquí en cualquier momento. Recordé el, ¿Quién eres? Me reí. Crucé la calle. Había un café. Comencé a tocar. Cuatro mesas. Dos señoras meneaban las manos al ritmo de Porque Yo Te Amo. Una mujer de cabello negro me volteó a ver. No le di importancia. Comencé a cantar el Jinete. La morra se puso de pie, me apretó la jeta pero no pensé aún que fuera por mí. La rola cierra con un agudo. Las señoras aplaudieron, pero aquella morra me miró y dijo: qué horror. Llegó su amiga pelirroja que hablaba español machucado. La mirada de la castaña era vil. Al cerrar la rola, me vio por última vez antes de cruzar la calle luego de decir: a la librería no sin antes decirme: qué horror. Las pinches piernas me temblaron. Las señoras me llamaron, me dieron una propina. Pasé de estar frenético a estar agüitado. Crucé la calle, las dos morras estaban por entrar a la librería. Fui de cero a cien. Pasando a su lado le dije a la castaña: pinche estúpida. Me escucharon. Dijeron: ¿qué nos dijo? caminando, buscaba su mirada para con señas decirle: te escuché, pendeja. Como si necesitara justificar mi ira. Pero no pasó. Toqué en algunos lugares más, pero gran parte de las personas me ignoraron. Pensaba en esa pinche mujer.

Me rendí apenas unos minutos luego. Había hecho 60 baros. Pensé: una torta en Balderas y a la verga, pinche ciudad de mierda. Una cuadra antes de llegar al metro, el Charlie estaba sentado en un postecillo de aparcamiento, en unos tacos, rodeado de gente blanca muy cool. No sé si me vio, pero yo lo vi a él. Entonces el tal vez un día se me hizo más cercano al nunca, me sentía como una puta basura. Crucé la calle estoico lleno de orgullo herido sin buscar mirarlo.

600 baros en la cartera y mi mente que no me dejaba en paz. 60 baros de la charola de ese día. El letrero de las tortas gigantes: 63 pesos la Tatiana. El vale me preguntó: ¿qué le sirvo güero? Dije: aguántame. Me fui a tocar a los otros estanquillos. Desde ahí alcanzaba a ver el de aquel pendejo que unos meses atrás no me atendió. Le había pedido una rusa, pero atendió a todos menos a mí. Luego, como un puto trapo olvidado, me preguntó: ¿qué te doy, carnal? Dije: chale, no mames, y agarré mi lira. Me dijo: a chingar a su madre. Intenté voltear para hacerla de pedo, pero estaba con otros tres fumando mota, entonces dije: nel, aquí me van a campanear. Terminé de tocar. Un ruco me dio 7 baros. Los demás me ignoraron. Con esos siete baros alcanzaba para la Tatiana. Los bueyes esos del estanquillo no estaban. Me dije: vales verga. Tragué y me regresé a mi pueblo a trabajar otro rato.

Gasté 500 baros en el viaje y la comida, todo rascando la lira. Quería escribir esto al llegar a casa, pero me sentía como una rata, entonces largué a dormir. Al despertar vi las historias del Charlie a propósito del día anterior. No le di importancia. Había dormido chingón. Me fui a Tenango a recuperar lo perdido. Me apañó la lluvia con una buena lana en la bolsa. En el paradero de regreso a casa subí el video que grabé cuando el Charlie dijo: siento que esa pregunta de los excesos fue indirecta para mí. Cuando todos se rieron. Lo arrobé. Al llegar a casa la había reposteado. Cené y dormí chingón. Me serví unos wiskis y de pronto escribir ese desmadre no me pareció tan mala idea.

 

 

 

 

 

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