No hablo de amor sino de que me gusta El oso
48 horas atrás estaba trepado en un camión. Las ruedas ronroneaban contra el asfalto rumbo al sur del Estado de México. Sentí que había dormido bien, pero de pronto, al comenzar las primeras líneas de una novela de Aura Gómez-Junco, los parpados se me cerraban.
Me entregué al
sueño.
Al despertar, el
picante sol del sur me acariciaba la frente. Creí poder dormir otro poco,
faltaban si acaso 20 minutos más para llegar a Ixtapan de la Sal. Pero el sol
arriba trajo de pronto ciertas notas, ciertas líneas, ciertas escenas. Me quedé
pensando en eso hasta que tuve que bajar del autobús en la glorieta para
empezar a trabajar.
Por aquel
municipio los aromas, los sonidos, los colores, rebatidos con el bochorno del
día tenían un tono muy parecido al de un par de años atrás. Cuando lo entendí,
fue como si palpara con mis sentidos la parte inferior de mi nuca. Nada, en
lugar de aquel pesado yunque antaño, sentía el cómodo reposo del sueño, el oxígeno
correr por mis narices, que ahuyentaban los recuerdos.
Regresé del
trabajo cerca de las 10 de la noche. Compré un par de latas gigantes de Miller,
las cuales estaba dispuesto a embutirme por la tráquea pasada la cena.
Tomé el control,
meneaba los botones buscando alguna serie, alguna película. Volvieron a mi
mente las canciones y los versos, las escenas de aquel tiempo. The Bear, la serie
de Jeremy Allen White. Evité pensar en ella durante el día y tan pronto la
noche y el silencio, ahí estaba como un bicho, como cierta peste que persiste y
se sobrepone a cualquier otra sensación.
Apenas apareció
la cocina, los primeros gritos, aquellas manos temblorosas, la cerveza que era
antes solo un pequeño placer luego del trabajo era entonces una urgencia. Puse pausa
en el tercer capítulo, de pronto estaba intranquilo, inquieto, y lo peor de
todo, media cerveza no sería suficiente para evocar a los demonios. Decidí apagar
el televisor, mezclar lo que restaba de cerveza con el humo del cigarro y luego
irme a dormir.
36 horas atrás. Desperté
cerca de la 1 de la tarde con una atípica sensación de abrigo. Ignoró si
pasamos por un frente frío o si nos estamos mudando de estaciones por el
calentamiento global, pero me resultó extraño sentir tanto frío en primavera. Sin
embargo, era un frio acogedor entre las cobijas.
Preparé algo de
café y comida. En el sillón, de nuevo con el control en mano, estaba por poner
play a los episodios siguientes de The Bear cuando algo me frenó. Creo que fue
el clima. Entonces vi los tres capítulos nuevos de The Madison, la nueva serie
de Taylor Sheridan. Todo un poema visual que me impregnó algo de paz en el
pecho. Había comenzado a ver The Bear desde la temporada 4, y contrario a lo
que pasó la noche anterior, entonces me sentía como un niño que mete las manos
a las llamas a sabiendas de que la lumbre ya lo ha tomado por sorpresa una
primera vez. Eso tan parecido al fracaso del primer amor. Como había pasado
arriba del camión entre las psicofonías del pasado, sentía cierta adrenalina
por ver los tres primeros capítulos de la primera temporada. Y lo hice. Jalé aire
al final de tercer episodio y luego tomé la guitarra. Hacía dos noches que quería
sacar Perfidia y Lamento de amor para engrosar el repertorio.
El televisor
yacía en pausa.
Salí a hacer ejercicio.
Después fui al
super. Una cuadra antes de llegar, vi a una mujer en una moto. Estaba aparcada
a mitad de la calle mandando mensajes. No le di importancia. Me alcanzó en el
super. Supe quien era, una de esas viejas conocidas que hicieron de la belleza
su capital y luego ese capital la traicionó con los años. No obstante, sigue
con ese aire altivo e indiferente. Por lo menos hasta ese momento, porque de
pronto comenzó a gritar quedito: me robaron mi bolsa, ay, ay, ay, se la llevaron
de aquí. Buscaba entonces sí los ojos de todos, los desconocidos a los que les
perdonaba la vida cuando pasaba aún en su marchito presente como mercenaria de
la belleza. Nadie le hizo caso. Amenazaba con ponerse a llorar. Estaba estacionada
en la caja esperando alguna respuesta. Nadie le hizo caso.
Supongo que la
adultez tiene que ver con elegir las mejores cosas al mejor precio, por eso voy
a dos supermercados cuando compro. En el segundo, mientras entendía el asecho de
la noche, no quise quedarme a la deriva de las emociones y eché en el carrito
una botella de whisky.
24 horas atrás le
puse play al capítulo 4 de The Bear, envalentonado con mi primer trago de Whisky.
Valiente pero no
indolente, en cuanto pasé del cuarto capítulo sentía la angustia que transmite
la serie de no lograr tranquilizarte ni con los placidos vagones del metro de
Chicago porque eso mismo es lo que refracta el malestar de estar atrapado en un
vórtice infinito. También me dio acidez.
El director lo
hace magistral cuando en el episodio final, en apenas un palmo de 7 minutos
reconfigura todo para ofrecer un poco de paz ante la devastación. Y yo también
dije basta. A la botella de Whisky el quedaba más de la mitad. Esta vez no fue
la metafísica, fue el algoritmo el que me puso en un video de TikTok Can’t You
Get Off My Mine, de Lenny Kravitz. Echando afuera el humo del cigarro que se
enmarañaba con el vaho de la mañana, fui directo al instante en que decidí que
esa canción había comenzado a fastidiarme. Mejor dicho, al momento en que la
condicioné a tal grado en mi mente que me era tedioso escucharla.
Esa es la tarea
de 7 whiskys: almidonar el cerebro. De pronto, como abuela cayendo por las
escaleras, allá iba yo, colina abajo, a los días en que era irrefrenable dibujar
en mi mente los trayectos a la universidad, al banco, al restaurante. Sentir el
ardiente deseo de salir corriendo por algo del oxígeno que ofrece saber que allá
afuera la vida persiste.
Todo eso estaba
en mi cabeza, en mis manos, en la yema de mis dedos, pero también, sabedor de
la resiliencia conseguida supe que irme a dormir era el mejor de mis oficios
porque al despertar todo sería menos denso.
14 horas atrás,
comencé a escribir esto en mi mente. Reactivé el texto de Aura, ciertas
canciones, ciertos momentos, seguro de tener el poder de parar, en mis manos.
Comí, leí otro poco. No quise salir a hacer ejercicio sino a calentar mis diálogos
mentales iluminado por la lámpara de lectura en el cuarto.
Casi 713 días
atrás, se acercaba la semana santa. Patricia y yo nos obligamos a guardar las
formas y decidimos que en semana santa sería el momento adecuado. Que había en
esa semana cierta tregua, paradójicamente, para el oprobio.
Me costaba mucho
trabajo dormir en esos días. A veces pasaba la noche entera en vela. Era un
insomnio desesperante porque agudizaba las ideas dañinas y la desesperanza
mirando la luz de las 7 am por las rendijas de la mañana. Como si la fatalidad
se pintara de color neón y cada episodio en el futuro fuera terrible. Entonces ella
llamaba. Escuchaba cómo se cerraba la camioneta, el pitido de los cláxones sobre
Sendero, el chocar de las cazuelas, las licuadoras, los cuchillos torturando
las tablas, y a ella que me decía: espérame, porque estaba por dar otra orden a
sus subalternos de cocina.
680 días atrás yo
le mandé una canción de Nina Simones: Stars. Me dijo: claro, es bellísima. Era
una canción poco conocida. Siempre decía eso, no entendía por qué lo hacía. Eso
que nos pasa adolescentes, creer que debemos saberlo todo o conocerlo todo para
no ser menos que el que nos comparte algo. Me dijo: vengo rendida del trabajo y
del gym. Cenaré. Le dije: haré los mismo. Había cocido un trozo de arrachera en
el sartén. Le mandé una foto. Sé lo que significa la contaminación cruzada,
pero quise darle algo de poder al decírmelo ella. No dejó pasar la oportunidad
cuando en el mismo sartén, salvaje como hombre se es, eché un trozo de pechuga
para decirle: cenaré fitness como tú.
690 días atrás,
domingo, me preguntó qué hacía. Le dije: veo la tele. ¿qué ves?, preguntó. Le
dije: MasterChef. Se encabronó. Dijo: cómo puedes ver esas mamadas. Me reí. Me gusta
la televisión basura para distraer la mente o pelearme con desconocidos en
Twitter, pero no se lo dije.
700 días atrás,
escuché la crítica de The Bear. Encontré la serie en Telegram. No pude con más
de dos episodios. Estaba intranquilo en el sillón. Recibí uno de sus mensajes:
¿qué haces? Le dije: veo una serie. Me preguntó cuál, pero no respondí. Luego me
dijo: voy saliendo del gym. Me mandó una foto. Dijo: ando estresada, iré al
cine. Le pregunté: ¿cuál verás? Me dijo: escuché mucho de Mi amigo robot. No te
burles, es de caricaturas. Le dije: no mames, es una joya. Cuando me rendí con
The Bear, justo estaba viendo Mi amigo robot. Contendiente al Oscar. Me lo dijo
cuando yo pasaba por las últimas escenas. Le mandé el link de Telegram. En la
foto lucía pletórica frente al espejo del gym. Tenis blancos, licras lilas y un
top del mismo color en un tono un tanto más bajo. Un hombre la miraba detrás. Era
hermosa, pero tenía boca de carretonero. Me había dicho: viste a ese pendejo. Y
cuando le mandé el link de la película, me dijo: ahuevo, papi. Ahorita me la
chingo en la casa cenando.
La película del
robot y el perro me afectó. Me sentía como el robot tirado sobre la arena en el
invierno. Me fui a la cantina. Cuando regresé, me dijo: pinche perro. Esa semana
fue el hashtag en Twitter: pinche perro. Le dije: ahuevo, es lógico que te
sientas así con el perro. Dijo: no, no, pinche perro. Lo dijo porque no entendió
o porque fingió demencia.
610 días —antes
de conocer a Patricia—, llevaba por lo menos dos semanas con una gripe terrible.
Eso pensaba. Fui a ver a Paco. Nos bebimos unas cervezas. Luego me fui a la cantina.
Mientras bebía comencé a sentirme mejor. Esa noche, S. me escribió. Cuando le
dije: estuve en la cantina, me dijo: ¿bebiste? ¿no que te sientes mal? En casa,
Paco me preguntó: ¿cómo te sientes, carnal? Le dije: dame una receta para antibióticos,
siento que es infección, porque mientras bebíamos y luego en la cantina es todo
lo mejor que me he sentido en estos días. Esa noche S. se quedó dormida. Le mandé
una foto de la medicina, y le dije: no me lo vas a creer, pero estoy seguro que
el alcohol me ayudó. Y comencé a sentirme mejor en cuanto me mediqué.
737 días atrás,
me fui a trabajar un viernes a Ixtapan. La noche anterior, estuve con Paco. Bebíamos
y jugábamos billar. Puso Pisando fuerte de Alejandro Sanz. Le dije: quítala. Me
preguntó por S. y le dije: te pido que por un buen rato no hablemos de ella.
dame chance. Dijo: va, carnal. En ese entonces una de sus empleadas le había
conseguido unos Pelón pelo rico mezclados con mariguana. Hasta entonces no
había querido comer, pero esa noche la cerveza no lograba ahuyentar la angustia
de mi cabeza. Le dije, échalo. Luego le di un jalón a su vapeador de mota. Salí
de ahí volado. Me detuve en una cuadra y pregunté: ¿dónde, dónde? ¿quién?
¿quién? Porque comencé a escuchar voces. Gritos. Y luego me dije: estás mariguano.
Me reí y me fui a casa. En esos días me abrumaba no dormir. Dormí como bendito.
Estuve despierto todo el trayecto, escuchando Can´t You Get Off My Mine. En el
reproductor apareció el poema de Julián Herbert, Autorretrato a los 27. Le mandé
un clip a Patricia con el poema de fondo. Me dijo: entiendo, es tu situación. Le
dije, no, en mi mente. Habitualmente la veía los sábados y ese sería el último sábado
que la vería porque el trabajo se terminaba con ella. Entonces le dije: hay que
vernos mañana, salgamos a comer, a beber un café, no importa que no vayamos al
hotel como dijimos, solo salgamos. Tardó en responderme y al otro día no la vi,
y no volvería a verla.
725 días atrás, estábamos
los dos tendidos sobre los aposentos del hotel de mis desventuras: El cortijo. Nos
compartimos las desgracias, pensando yo cómo al llegar ahí vi a la mucama asear
el cuarto en el que apenas dos meses atrás había dejado un trozo de mi alma
entre esas sábanas.
Como el whisky anuncia
el remedio de una infección, la mariguana advierte la urgencia de los ansiolíticos
para mermar la aguda incapacidad de recapturar neurotransmisores, es falso que
un clavo saque otro clavo.
Salí de casa el
jueves, fui a tocar a Ixtapan y con la bolsa repleta como alude el poema de Herbert,
el yunque de mi nuca me advertía que las cosas no andaban bien. Me bebí un par
de cervezas en una tiendita. Comí. Regresé a casa. La cita con Patricia era a las
2 el viernes. Me di un baño. Pero mi sed mental urgía más tragos. Salí por unas
caguamas. Tres. Vomité en la calle de camino a casa. No era el alcohol, era la ansiedad,
la merma mental, la somatización. En casa me bebí otros tres farolazos de
whisky. Puse la alarma. Desperté a las 12. Puse rolas. Me sentía como un rockstar.
La noche anterior había escuchado como los ebrios se regodeaban lascivamente de
mujeres. Alguien me había dicho: échate otra. Dije: no, tengo una cita mañana
con mi novia. Les mostré una foto suya, en el restaurante. Con la filipina. Luego,
una más con una falda y un saco gris —esa que sigue en mi IG hasta ahora—. Cayendo
el agua, sonó Again, de Lenny. Mientras tomaba mis cosas para largarme, sonó
Can’t You Get Off My Mine. Dije: Esa no la he escuchado. Esperé a que acabara y
luego me fui. La puse en el taxi mientras bebía agua mineral.
Mientras nos vestíamos
y comenzábamos a besarnos de nuevo, ella me dijo: tenemos que llegar a la azada
con tus compañeros de la uni. Le dije: ¿sí vas? Dijo: sí. Te lo prometí. Éste es
un día para nosotros. La pasamos de maravilla. Mientras mis amigos bajaban por insumos
de cerveza al primer piso del departamento, nos acariciamos mirando el Nemesio
Diez de fondo. Más tarde lo hicimos en el despacho de mi camarada. Esa noche
perdí dos cosas, un amigo, sobre todo. La vi marcharse en su camioneta. Peleé
con ese amigo. Salí de ahí y vagué hasta el centro. Compré unas cervezas. Me las
bebí en los portales. Un vago se me acercó a pedir caridad, pero se fue cuando
las patrullas aparecieron. Me dijo: que dios te bendiga, pero como yo no soy
creyente, prefería no dejarle mi destino en sus manos o las manos torpes de los
policías. Faltaban dos horas para que el primer camión de regreso a casa
saliera, así que me senté en el Vips de Tollocan a fumar un cigarro. La rola de
Lenny apareció. Ahí lo que me abrumaba era la sospecha de una amistad cuartada
y no que ella no diría nada más.
Llegué a casa el
domingo a las 8 de la mañana. Me fui directo a la cama. Era como si todo el
alcohol hubiera pasado directo de mi boca a mi pene porque no sentía borrachera
alguna encima a pesar de que dejé a todos noqueados de ebrios. Cuando desperté,
además del hambre, quería una cerveza. La compré. Luego otra. Ella no escribió.
Yo tampoco. Lo sospechaba. Cuando me estabilicé, cerca de las 9 de la noche, le
mandé una captura de pantalla con una escena de The Bear. Ella respondió: esa
sí es una serie de cocina. Le dije: sé lo que estás haciendo. Sin terciar nada,
dijo: no, es que estoy con mis hijos. Salimos a cenar, estamos aquí, en un
lugarcito de Metepec. Es muy rico. Supe que todo se había ido a la mierda.
La trama de The
Bear está centrada en la mente de ‘Carmy’ (Jeremy Allen White) un exitoso chef
joven ganador de una estrella mishelan que tiene que tomar las riendas del
negocio de sándwiches italianos que su hermano le heredó luego de suicidarse. La
crítica aplaudía el reflejo del caos de una cocina perfectamente acentuado por
el nervioso manejo de la cámara y las emociones permeadas en los diálogos que
enmascaraban los demonios internos de los personajes.
Seguí viendo los
episodios con especial atención involuntaria en el caos mental que yacía en un
cigarro sobre las manos temblorosas de Jeremy y el mecer de cabellos que no
alcazaba para alejar los demonios de las preguntas del por qué su hermano se
había matado cuando parecía siempre salir avante del mundo caótico que lo
rodeaba y cómo eso lo redefinía como cinta adhesiva que busca unir dos pedazos
de hierro.
Era demasiado
temprano para ir a dormir. En cambio, la cantina estaba abierta a esa hora. Fui
por unos tragos. Compré una botella en el super. Me preguntaba si en verdad,
como si conociera una rola de Nina, ella sabía por qué Antony Burdaine se había
suicidado. Antony, comiendo garnachas en México. Cuando ella me daba reseñas de
comida callejera, supe que no tenía que escribirle más y por eso no lo hice. Solo
en el patio, la mañana se presentaba al mismo tiempo que el whisky me hizo imposible
seguir viendo la serie a punto del final de las latas de tomate. Cerca de los
últimos 7 minutos de fe en que el director magistralmente ilumina la escena con
sol a diferencia de la lúgubre paleta de colores fríos que usó durante los
primero 7 episodios para reflejar esa sensación de desesperanza que la ansiedad
provoca.
730 días más
tarde, 8 horas antes de sentarme en la computadora, recordé como esa escena del
cigarro de ‘Carmy’ me llevó a mi propio sillón, sin la oportunidad de
contenerme ni de seguir viendo la serie. Tenté el fuego. Esto ya me ha pasado. Pienso
que la ansiedad sin etiología real surte un efecto de adicción en el cerebro
del que es preso de ella. Me pasó de la siguiente forma, mucho tiempo luego de que
no supe nada de Patricia. Tomaba un taxi. Me sorprendía lo poco que me
importaba lo que había pasado con ella. En cambio, apareció una rola del pop de
los 2000. La pasaba mal entonces como adolescente doliente. Al escucharla
recordé esa época y de pronto me dio mucha paz. Paz del ahora. Así fue que
recordé que en aquel entonces esas mismas canciones me hacían creer que no
había esperanza alguna en los días que venían. Entendí que a quien padece de
ansiedad, esos episodios en que juró desfallecer le dan paz porque a pesar del
caos, es supervivencia, eso que tanto trabajo le cuesta ocupar: el futuro. Que cuando
se asoman las manos a las brasas es como saber que puedes intentarlo otra vez.
5 minutos antes
del punto final a esto, pienso que no volví a saber de ella. No es que no me
importe, pero ella se fue con la idea de haberme amenazado: será una vez y no
más. Pienso todo el tiempo como aquella tarde. Desnudos sobre la cama, cuando
el sol insistía en entrar al cuarto y jurábamos que los albañiles vecinos podían
vernos, ella estaba ahí, cruzada de piernas con su cabello azabache cubriéndole
los pechos, dándole un tono sublime a su piel azufre en que mi cerebro ardía de
prisa por olvidar. Ella me contó lo mucho que la había consternado el suicidio
del hijo de una de sus mejores amigas. Cuando me recordó esa tarde: era ella,
cuando te mandé la foto en el sushi y te dije: estoy con mi mejor amiga. Pensar
que me dijo algo sin decírmelo.
Regresé con la
serie, poder verla e irme a dormir. A aquella tarde noche de semana santa en
que todo parecía imposible de comprenderse. Eso que una mente en constantes
llamas decide es la vida con el paso de los años.
Uno de los versos
del poema de Julián Herbert dice: “pero no hablo de amor sino de que me gusta
agitar esta bandera blanca”.

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