La paradoja del recato

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Aun no entiendo bien cómo sucedió, pero estoy viendo junto con mi madre, Amor real. Esa telenovela de época de Televisa. Ciento nostalgias. Ella y yo vimos esa telenovela cuando se estrenó en el lejano junio de 2003. La veíamos mientras acomodábamos envases, trapeábamos el piso, ella limpiaba la rebanadora y yo llenaba los refrigeradores de la tienda con refrescos y cervezas para trabajar al día siguiente.

Como no estábamos hiperconectados no sabía si se rumoraba que Colunga es de la comunidad LGBTTTQ+, si Adela Noriega tenía un romance secreto con Carlos Salinas de Gortari ni si lo que pasaba en la trama de la telenovela era bueno o malo más allá del juego de amoríos en ese triangulo pasional construido por los escritores de la historia. Pero pasados estos 22 años, todo eso se sabe. Hoy somos capaces de entender que mucho de lo que sucedía en la trama es ahora rotundamente negativo pues reflejaba a una sociedad llena de estigmas, prejuicios y dogmas fuertemente basados en cánones católicos conservadores.

Hay una escena en que el sacerdote, luego de ser liberado de un secuestro, llega a la hacienda de los Peñalver. Como lo creyeron muerto, su sorpresa es mayúscula y corren a su encuentro, besándole la mano y ofreciendo viandas y cortejos para el padrecito. Al ver la escena me sorprendió notar que esa idea era tal vez la única que no había envejecido dentro de la telenovela porque persiste esa figura de poder que el clero tiene en la sociedad, en esta ciudad particularmente, aunque la historia mexicana y los hechos recientes dentro de la misma iglesia católica exigen lo contrario.

Uso este parangón para hablar de algo que me encontré en las redes sociales del ayuntamiento de esta ciudad en días recientes. Varias fotos en que ya sea por las fiestas patronales, desfiles cívicos y exposiciones de arte se les ve muy acomodados entre la comitiva a los párrocos de la ciudad. Fotos que son cuando menos incomodas porque, insisto, la historia indica que el estado y la iglesia deben cruzarse por la calle y si acaso saludarse cordialmente y no fundirse en un abrazo hermanado.

La trama de Amor real sucede en el último tercio del siglo XIX, y tal vez porque muchos como yo fuimos víctimas de una precaria educación primaria, nunca reconocí que esos modos que sucedían en la pantalla eran los rescoldos de la inquisición de la Nueva España, aquella oscura época en que el catolicismo se valió de atrocidades para imponer su fe a un pueblo que hasta antes de su aparición veneraba deidades como en oriente.

Esos arcaicos modos que aparecen en Amor real vivían sus últimos años porque con la constitución de 1917 se comenzaría a marcar una necesaria y sana distancia entre el estado y la iglesia, si se quiere como una forma de expiar sus culpas, pero por otro lado para quitarle poder, restarle privilegios, promover el desarrollo y sobre todo garantizar la libertad de culto y el laicismo en este país.

Tendrá un año en que hubo una controversia algo absurda en la ciudad —que por asuntos de ese tipo no deja de ser pueblo—. Un youtuber de relativa trascendencia en redes hizo un evento en la plancha del monumento a Cristo Rey. Un evento con música y baile que escandalizó a la ciudad porque “cómo era posible que le faltaran al respeto a sus lugares de guardar y de diosito”. Cosa que me pareció cuando menos simpática, porque, por una parte, dicho youtuber dijo que contaba con los permisos y que se había anticipado que no habría alcohol de por medio, que lo único que buscaba era grabar un clip para su canal y de paso mostrar la ciudad desde ese monumento emblema.

Más importante que eso, nadie parecía recordar que año con año se había hecho desde ese mismo monumento una carrera en bicicletas y que bajo su propio juicio, tampoco era un evento ceñido a los buenos modos de su monumento o que era promovido por el mismo ayuntamiento. En ambos casos nadie estaba cometiendo falta alguna, pero solo uno de los ejemplos era medido desde el ojo conservador y bastante torpe, un ojo inquisidor que era solo asequible en la trama de Amor real y no en una supuesta ciudad en el siglo XXI.

Por otro lado, es un secreto a voces que la gente sube al cerro cuando la noche impera, para fornicar, fumar mota y beber alcohol sin que nadie oponga resistencia. Basta con pararse por ahí cerca de las 9 para percibir el aroma de la marihuana y los berridos de la chaviza que cantan corridos tumbados mientras arrojan latas al vacío. Y no, no quiero que también los persigan a ellos, solo digo que a veces el juicio es muy comodino.

No es casualidad que algunos cuantos prefieran la complicidad de la noche para tener sexo. Hace unos pocos meses fui a la clínica del seguro social para conseguir preservativos. Me hicieron firmar las formas correspondientes y luego de darme mi dotación habitual, la enfermera me alcanzó. Me dijo: ¿no quiere más? Dijo que no. Insistió. Dijo: es que ahora tenemos muchos. Eso no fue lo que me sorprendió por la pobre educación sexual que existe a nivel nacional, sino que al dármelos me los entregó en una bolsa negra, atados de 12 condones cubiertos con papel periódico. Eso fue lo que me extrañó y cuando se lo pregunté, me dijo: es que los ponemos así porque luego las mujeres no se los quieren llevar porque sus suegras o sus familiares les revisan las bolsas y se meten en problemas si les descubren los preservativos.

Me los llevé y terminé repartiéndolos en un grupo de universitarios, sin embargo, no podía creer lo que la enfermera me había contado. Ese argumento era propio de unos 40 o 50 años atrás y no del presente en que la ciudad goza de vida nocturna y servicios cuando menos decentes ni del mismo 2024. Esta ciudad se jacta de ser moderna a punta de ferias y burocracia, pero la realidad de las cosas es que sigue siendo nocivamente conservadora. Está demás decir la cantidad de embarazos no deseados y enfermedades de trasmisión sexual que se habrán cosechado en tantas casas de la ciudad solo por no gozar del derecho y apertura de usar un preservativo. Tal vez eso explique los índices tan altos de defunciones por VIH en el hospital general Miguel Hidalgo I. Costilla al año, y el insistente ahínco en ocultar este hecho.

Scroleando esas publicaciones de los párrocos posando para las fotos hallé un post en que el mismo ayuntamiento invitaba a la ciudadanía a una charla para un aborto legal y seguro, y aunque basado en las inclinaciones ideológicas del partido en turno me pareció raro, era realmente positivo que la ciudadanía tuviera acceso a ese tipo de servicios. No obstante, noté que había un comentario. Un solo comentario de una cuenta casi anónima que alegaba que eso era un asesinato. Su propio argumento resultaba ambiguo por cuestiones lógicas, exponía su deficiente relación mental para defender esa postura basada, lo expuso así, en creencias católicas.

Activé las notificaciones de es comentario solo para ver cómo funcionaba ese debate que seguro se gestaría y fue entonces que noté que alguien atinadamente apelaba al respeto al derecho ajeno. Eso que Juárez dijo, quien puso las bases para dividir al estado e iglesia. Parece que aún cuesta trabajo entender que los derechos, por más panchos y berrinches que hagan, no se discuten en este país ni en otro en vías de desarrollo. Lo único que me preocupa es sospechar que esa ofendida voz tal vez halló el valor para intentar cuartar el derecho de otras mujeres —era una mujer— basada en su propia fe, con sus dogmas, prejuicios, miedos, represiones y estigmas, pero sobre todo porque vio en las fotos muy acomodado al padrecito entre la comitiva del ayuntamiento y cree lo que pueden creer muchos, que los derechos, las leyes o normas de convivencia emanan o deben emanar de lo que el párroco dice en misa y no de una constitución que se pretende diseñe sus entrañas basado en las discusiones académicas, la ciencia, la ilustración y la razón.

Sí, son fotos cuando menos incomodas por lo cómodos que lucen los integrantes del cabildo y el clero como si la historia no existiera. Y aunque no pretendo señalar a nadie con base en los errores de la iglesia en otras latitudes —lo deseo de corazón—, creo que debemos pedir, divina paradoja, algo de recato, como quienes pasan por el memorial del 11 de septiembre en Nueva York y saben que deben guardar algo de silencio, reír un poco menos, rendir algo de respeto a la memoria porque allí pasó algo terrible años atrás, basado, ¿en qué cree usted?, en fanatismos religiosos y la idea de que solo su derecho a creer es más importante.
 
 

 

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