Lectura con El anticlub de poesía tierra de nadie en el CTE
Para entonces había
escrito un par de poemarios. Uno de ellos lo revisó Saúl Ordoñez. Dijo que mi
estilo era cercano a la escuela de Bukowski, Carver o Cecilia Juárez. Luego de
algunas correcciones le pedí sugerencias para ese libro. Me dijo que lo mandara
a concurso o que buscara una editorial.
Eso hice sin
mucha suerte si quiera de recibir respuesta alguna. Pero una noche, scroleando
en Facebook me encontré con El anticlub de poesía tierra de nadie. Fue por un
post en que solicitaban víveres para cierta causa. Me pareció un buen gesto y
fue entonces que me animé a escribirles buscando publicar.
Tal vez por la
costumbre, entendí como normal que no tuviera respuesta, pero unas noches más
tarde, Luis Arteaga me mandó un mensaje de voz —gesto que valoré porque noté la
necesidad de ser captado con precisión, cierta empatía—. Me contó de su misión
como grupo, evitar las élites en el seno literario tan viciado por los grupos
que se fraguan en aparente libertad, de ominoso compadrazgo. Teníamos ideas
similares, lo noté cuando me dijo: las editoriales no persiguen el propósito de
la literatura sino de las ventas, la imagen, el mercado.
Luego me dijo lo
obvio, que, si no era bajo convocatoria, ellos no podían costear ni prometer ninguna
edición. También lo consideré lógico, y me advirtió que en su mayoría los
escritores con mis intenciones debían aportar para que sus libros vieran la
luz. Me hizo recordar el correo que recibí de una editorial española en que me
decían: intentaremos leerte, pero debes saber que hay más personas escribiendo
que personas con intenciones de leer. Como un mendrugo. No obstante, atino a
pensar que las intenciones son distintas.
Luis me invitó a
leer mis poemas en Maquinas simples, un espacio para el arte en la CDMX. Estaba
entusiasmado, aquel fin de semana del 16 de septiembre fui con mi guitarra a
Hidalgo para ver a mi hermana y a mi sobrino, y claro, a ganarme unos centavos.
Comencé mi regreso cerca de las 12 del día, y entre el trabajo —hallar lugares
para tocar por las propinas y cantar en los RTP del sistema del metro— me vi
atorado en la estación de Tacuba a 15 minutos de que el recital iniciara cerca
de Barranca del muerto. El metro era un caos, era mejor regresar a casa que ir
a decir nada más hola.
Una semana
después le mandé un mensaje de audio a Luis explicándole mis motivos, pero
sobre todo anticipando que entendía que no llegaríamos a buen puerto en cuanto
a la publicación y que entendía sus consideraciones para darme un elegante no.
Lo digo abiertamente porque fue un paso grande para mí, antaño me hubiera
aposentado en la consigna de que era el sistema que le quitaba oportunidades a
escritores como yo, eso que dice la gente resentida —no sé si he dejado de
serlo— cuando la pericia les es tan cansada.
Ahora, confío en
la generosidad de Luis porque cuando creí que no me respondería más, unos días
luego me dijo: ¿qué parece esto? Vamos al Centro Toluqueño de Escritores —a una
horita de mi choza—. Digo que confío en la generosidad de Luis porque en esas
charlas de audio mientras estaba en Hidalgo, le confesé mi hastío al notar las
élites que se establecen por la territorialidad, el centralismo cultural, los grupúsculos,
ante la literatura, y más aún, ante la poesía. Y dije: ahí te veré.
Aunque la comuna
del CTE no lo sepa, estar ahí me provoca cierta familiaridad. En la entrada
saludé a Rocko, y me dispuse a bajar por las escaleras, guitarra en mano, al foro
en donde la lectura tendría lugar.
Tanía me dijo: Luis
es él. Saludé a Luis. Me dijo Christian. Todos lo hacen. Pero noté cierto ímpetu
en su voz. Me anotó en la lista. Mi turno era el número 7. Me senté en un cubo
de madera y me puse a buscar mi poemario, el segundo, para decidir qué leería
porque no lo había revisado desde que lo escribí medio año atrás. Incluso tuve
miedo de que pasado el transe del alcohol y las emociones, algo fuera terrible,
pero lo que hallé fue aquella incertidumbre algo megalómana que te dice: ¿tú escribiste
esto?
Luis leyó. No sé
lo que leyó, pero creo distinguir cuando hay poesía ahora, y había. Pasaron unos
cuantos, y en inter, en lo que el grupo hace, en un atinado espacio para que conozcan
a sus poetas, Martha Lujano se acercó a saludarme por segunda vez. Entonces
el cohete me tronó en las manos.
Me hizo aquella pregunta
que me irrita: ¿sigues escribiendo? Te has alejado. Como si escribir fuera una moda.
MarLu estuvo en mi primera lectura de poesía —esta era la segunda, nunca creí
tener el talante del poeta—. La llevé junto con Saúl Ordoñez a mi ciudad a leer
poemas en una fiesta de barrio. Leímos antes de que tocara el Mastuerzo, al que
también invité junto con mi mejor amigo quien es el que lo conoce mejor que yo.
Esa noche vi al Mastuerzo escucharnos a un costado del escenario, me alzó le
pulgar cuando la ansiedad me ganaba por lo que estaba confesando a pecho abierto.
Que me dijera, te
alejaste fue la revolución en mi pecho que me orilló a saber por qué estaba
ahí, lo que me hizo creer que era posible escapar de las élites a pesar del
figurín del que escribe y tal vez fue eso mismo lo que agudizó mi resentimiento
ante el performance y el yo, antes que la poesía.
Yo no sé si Mar —así
le digo yo— es una poeta exquisita. Lo digo porque veo a la persona antes que a
la obra. Tal vez sea error mío. Cuento esto porque ella misma lo hizo público
en sus redes sociales. Fue víctima de acoso laboral y yo solo le pude decir:
tienes que sacar los dientes, si te ven agacharte, no cederán, se ensañarán aún
más. Me pareció que fue indolente cuando se lo dije. Y como al vapor de las
convenciones no pude decir eso, le dije: sí, sigo escribiendo, casi me vuelvo
loco por dejar que los poemas llegaran a mí, estoy hasta la madre de ver todo
el tiempo los festivales con gente que hace más relaciones publicas que poesía,
de ver que unos y otros, ex compañeros de la escuela de escritores del estado
de México, buscan validar su obra a propósito de la burocracia cultural y no de
sentarse a escribir y marginarse del ojo público, del aplauso fácil, del
apapacho mutuo.
Algo así dije
antes de mi último poema, con un minuto en el reloj de los cinco minutos que
nos daban por lectura. Dije: no pensé hacer esto, pero la poeta Martha Lujano
vino a patear el avispero: he visto músicos callejeros todo el tiempo que se
esconden, que agachan la cabeza en cada lugar, en cada camión, que se disculpan
si les dicen que no pueden tocar, como su fuéramos una mierda, y eso es solo lo
que la marginación del que hace arte, causa en esta tierra de ciegos.
Eso se lo aprendí
a Saúl Ordoñez, cuando protestó porque a unos muralistas en Toluca les iban a
pagar con “exposición”. Dije que no debemos regalar nuestro arte, sobre todo
cuando comienzas, vanidad o no, seguridad o no, sacrifico o no, escuela o no,
lecturas o no, criticas o no, a entender que un foro abierto no debe ser un diván,
que la catarsis no es poesía, que los aplausos de los familiares son los peores
ánimos, que la performance no hace poemas, que está mal que los propios
lectores de su obra se produzcan, que murmuren mientras otros leen, que no se
callen, porque en ese momento eres tú, antes que la literatura, eres tú, antes
que el poema, eres tú y no la poesía. Todo eso que señaló Bukowski cuando dijo:
creo que he creado muchos poetas, pero no tanta poesía.
No sospecho de
Martha, sino de la que me atravesó el teléfono en la cara para sacarle fotos.
Esa misma que Mar me dijo: ella se llama como la protagonista de tu novela. Sospecho
del escandaloso con su teléfono que no me dejó escuchar al niño que a sus putos
quince años tenía más poesía que todos ahí, y que, al final, corrió a
abrazarla.
Sin embargo, así
como yo he tenido el derecho de llegar a estas líneas, afirmo que todos tienen
el derecho de nombras poesía lo que ellos quieran. Pero dejo una máxima de
Pedro Salvador Ale: no existe la mala poesía, simplemente no es poesía. Pero insisto
en la liberta de expresión y me aferro a ella como Voltaire —no lo dijo
Voltaire—.
Ya no pude decir
esto, y no lo digo para matizar nada, en serio fue una experiencia importante. En
el segundo descanso, fui por los libros que pusieron gratuitos o a aportación voluntaria.
Tomé tres, tal vez abusivamente, pero dejé todo lo que había ganado cantando en
al camión que me llevó de la Yet al centro de La bella. Me fui porque tenía que
seguir trabajando, no había tragado, y luego, porque el Tri se presentaba esa
misma noche en la Quimera y quería escuchar si acaso por casualidad la rola del
Alex Lora que me aprendí hace poco: chilango incomprendido.

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