Construcción del conflicto sin drama aparente

 

Construccion-del-conflicto-sin-drama-aparente

—¿Por qué a oscuras? —le pregunté, cuando entré a la habitación—.

—Se siente más cool. —respondió, tendida sobre la cama con una bata de satín guinda—.

Se le tonaba serena, fresca a pesar del calor afuera.

Sonaba de fondo la canción de Wilco que le había mandado minutos atrás, aún en el taxi.

 

El tacto de su boca era suave, pero la suavidad no hacía que el manejo fuera delicado ni precavido.

El monte hechizado ensombrecido por la ventana y la luz del pasillo.

Cruzar el antebrazo por detrás de la cabeza no fue un gesto desdeñoso sino de confort. La mano que se desplomó sobre mi pecho para hallar su centro me distrajo de la contemplación de la ventana, y gracias a esa foto, recuerdo que mientras la miraba me sentía guarecido del mundo afuera.

Las cortinas amarillentadas por el foco de pocos watios en el corredor me hizo pensar en todos mis años vividos en la ciudad. De pronto no eran tan pesados. Me reía del mundo afuera, pero particularmente estaba absorto de haber recorrido un año entero hasta ese punto y rellenar mi futuro de paz. Que ocultarse así de todos era la mejor forma de pasar inadvertido sin sentirse miserable.

 

Se detuvo en la esquina de mi primaria. Bajé del auto y se fue casi de inmediato, amén de su aún torpe manejo de las velocidades.

Jueves. Con el cabello aún húmedo, avanzaba por la calle con el deseo feroz de ponerlo sobre la hoja, una sensación que de a poco se marchaba sin que diera crédito de ello. En el primer whisky lo decidí, mejor escribiría sobre mi encuentro con Carlos Velázquez en la CDMX.

 

Lunes. La vida adulta me respiraba en la nuca. Me había hecho a la idea de no escribir nada porque el martes por la mañana tenía cita en el SAT para hacer mi declaración anual. La semana pasada estuve en el SAT para renovar mi firma electrónica. En el SAT se cansaron de decirme “puedes hacer tu declaración en línea sin tener que venir” pero yo prefiero ir para evitar confusiones que, sorpresa-sorpresa, me eviten pagar más impuestos de los que debo pagar.

Valoré si era más importante un día extra de descanso ante unos pocos minutos de estrés en la computadora y sin más me dispuse a declarar mis impuestos en línea solo para darme cuenta de que aquella enclenque pelirosa hizo todo mal por las prisas y no me guardó en la memoria el certificado electrónico. Imposible entrar. Buscando agendar otra cita supe que no se puede agendar una nueva cita sino hasta 30 días luego de la ya pactada. Seguro de que en la puerta me saldrían con una ridícula excusa de cómo yo tuve la culpa y no ellos, decidí mejor mandar todo al diablo y preocuparme —o pelearme— por eso la próxima semana.

Me pasé el resto de la noche disciplinadamente leyendo a Aura Goméz-Junco, su novela sobre ciertos mapas polinesios que diseñan el destino de algunas personas, o que eso se cree. Digo con disciplina porque no logré entrar en la concesión nunca y leerla me pareció tedioso, un efectivo somnífero que me tomó casi un mes. Disciplinadamente porque estoy convencido que, como la luz de la ventana en el hotel, ahora poder terminar un libro bajo esas circunstancias es señal de salud mental.

Además de eso quería terminar el libro de Aura porque ya me esperaba el de Etgar Keret que había comprado en una bodega de libros de segunda mano. Salí cerca de la 1 de la mañana rumbo al parque con el libro de Keret bajo el brazo. Leí solo uno de sus cuentos. Una deliciosa bocanada de oxígeno puro que me hizo despreciar aún más el libro anterior. El libro de Keret está rayado, tiene el título de algunos cuentos en el índice redondeados. No sé quien vendió ese libro, pero me hizo despreciarlo. Aquel primer cuento me pareció simple, incluso algo manipulador, pero a ese alguien le pareció “lindo” y decidió dejar esa huella como guía o signo de un ego algo estúpido de quien lleva de la mano a un idiota lector accidental.

Me imaginé al anterior dueño del libro de Keret vagando por Toluca, sentándose en un café por la tarde con una declaración de impuestos oportunamente entregada y el arte de la espuma en su capuchino. Yo no rayo mis libros, los cuido nerviosamente, en cambio Extrañando a Kisinger estaba maltrecho, desgastado por las orillas, con la pasta algo doblada. En serio lo desprecié sin conocerlo. Me hizo recordar un articulo de una de las muchas Alma Delias escritoras en El País que decía que ella le hacía a los libros de todo, los estrujaba, los maltrataba, les hacia el amor y que por eso terminaban prácticamente arruinados. Desde que leí eso me pareció más bien la voz de quien quiere llamar la atención de una forma sobradamente patética. Incluso pensando en Papasquiaro en Los detectives salvajes de Bolaño, cuando narra que se mete con un libro de poesía a la ducha, lo hace como un acto y licencia poética, no como una declaración literal, incluso de ser cierta la anécdota. Un texto ficcional y no una pomposa declaración de medios.

Pensaba en escribir eso, y al pensarlo caí en cuenta de que desde mi primer encuentro con N. cada uno de los episodios frenéticos y delirantes fueron perdiendo tono con forme pasaron los minutos, la noche, el super, la hora de la cena, el sueño y las obligaciones del día siguiente.

Pero lo pensaba porque estaba dentro de mí la cosquilla de escribir, de narrar esas emociones tan cautivantes y al mismo tiempo fugaces, preguntándome qué es lo que estaba pasando literariamente en mí, ¿dónde estaban los cerillos que alimentaban esa llama recurrente?

 

El lunes de hace dos semanas estaba tan campante y tan tranquilo en casa. Todo estaba acordado, pero ella me había dicho que tenía guardia en el hospital. Por eso pensé que todo tardaría en suceder otro rato. Pero no. Me dijo: ando por acá. La invité a salir a caminar y todo pasó en el asiento trasero de su auto.

Sentí como si alguien me hubiera trepanado el cerebro. Las luces tenían un brillo novedoso. Aún no conseguía recobrar el aliento cuando en tono de broma le dije: ¿Qué pedo con el tamal que anda por los tapetes? Dijo: es el auto de mi madre. Se río. Nos reímos los dos.

Otra vez comenzábamos a charlar cuando le dije: me tengo que ir, traigo la bolsa de mi super. Dijo: vale, sin más.

Una de las primeras platicas que tuvimos fue sobre música. Le mandé mi wrapped de Spotify para que conociera mis gustos: 1. Alejandro Sanz, 2. U2, 3. Lenny Kravitz. 4. Cerati, 5. Robbie Williams. Antes de meter primera, puso “Esto no se termina hasta que se termina”, de Lenny. Apreté lo puños en el asiento. Dijo: me mama ésta. Dije: a mí también, tengo una historia con ella. Dijo: si te sirve, date. Te escucho. ¿Cuántas veces hubiera querido escuchar eso unos meses atrás? Pero aprendo. Aprendo. Dije: no. dijo: ¿por? Date, yo no tengo lío. Dije: nel, no haré eso. Es más, es una de las pocas rolas que no tiene dedicatoria especifica, solo evoca una época, y estoy tratando de hacer las cosas de otro modo. Le dije: mi carnal me dijo que tengo que dejar de hilar historias. Solo se me alcanzó a caer: sabes, pasé muchos años creyendo que me cagaba Cerati. Desde ahí se veía aquel páramo. Ella preguntó: ¿y ya no? no, respondí. Y ya no tocamos más el tema.

Me dejó en la esquina del super. No se iba, creo que batallaba con las velocidades. Yo tampoco me iba. No sabía para donde irme. Ella lo notó. Fue un momento raro, por eso me acerqué a la ventanilla y le dije: te lo voy a decir: no me voy porque no quiero encontrarme con mi ex como me pasó hace unos meses. Ella se río…

 

Lo del jueves pasado fue solo una sugerencia. Eran apenas tres días del primer asalto.

Salía del SAT cuando me escribió: pensaba en irme a un motelito cuando saliera de pilates, a darme un break, no pude dormir luego de las consultas hoy, pero quería darme un relax, pero como me dijiste que chambeas, mejor nel.

Cuando lo dijo caminaba rumbo a las fondas por la fiscalía en Toluca. Sonreí traviesamente. Le dije: sin líos, me regreso temprano. Cuando estés ahí me mandas la ubicación y caigo. Hecho, dijo. todavía me mandó un mensaje entradas las 8 y media: muero de sueño, cuando llegues, entras, dejo la puerta abierta. Al leer ese mensaje, cierta bocanada de oxígeno me golpeó la cara y también me dormí algunos minutos durante el camino.

 

La noche persistía. Caminaba cuando en ese dialogo interior pensaba en el SAT, en el libro tedioso, los amiguismos de la literatura, y luego, en la tarde del domingo en que mandé mi novela anterior a dictamen a una editorial, obligarme a revisar el capítulo de muestra y entradas las 5 mejor me fui a trabajar porque en mi mente apareció la psicofonía de “quiero que me trates, suavemente...”, pensando, tendré que beber, servirme unos wiskis y echar la mente al pasado.

Pero no pasó. En el primer bostezo me fui a dormir.

Al pensarlo, las calles de noche otra vez eran mías. Una ciudad sin prisa. Ver desde la calle, las entrañas de un hotel, oculto en la noche. Así recordé que lo último que hice para tentar el ayer, fue postear El lado oscuro, de Jarabe de Palo. Luego una foto de mi sombra mostrando el dedo medio. Notar que había pasado fugazmente por aquella etapa del duelo en que te sientes enfadado. Desear que esa canción y ese dedo no hubiera herido susceptibilidades porque en el último de los casos fue el único gesto de orgullo que me permití en todo ese año en que una cita de lunes fue imposible.

…cuando N. se río, sonreí. dije: no. Mi dialogo interior pensaba en la frescura de mi pecho, en las luces novedosas, en un auto pasando por las sombras de otro. Y le dije: no, sabes, solo no quiero ser esa clase idiota que aparece de pronto con una sonrisa que no puede contener o que se apaga como un incendio.

El mismo luto que me llevó a la rola de Jarabe lo hacía valioso y poco sustentable. Que lo fragante de aquel asalto le restaba relevancia al pasado, y eso es una contradicción filosófica inadmisible. Que si deja de doler, deja de ser importante o deja de ser real.   

 

Al bajar del taxi, miré cuan larga era la pinche avenida.

Me acerqué a la oficina del velador, y dije: vengo a la habitación 21. Desde ahí miré el auto aparcado. Adelante, respondió.

Cuando esperaba el espectro del conflicto no quedaban más que unas escaleras, un trayecto simple, y la preocupación liviana de cenar dos veces aquella noche.

 

—…

—¿y si te pido que me pases mi teléfono?

—pídemelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Lectura con El anticlub de poesía tierra de nadie en el CTE

No hablo de amor sino de que me gusta El oso

La paradoja del recato