Agencia política de la sexualidad
La foto que
ilustra este texto junto a la del texto anterior (Construcción del conflicto sin drama aparente) las tomé en un hotel de paso en el entremés de un revolcón. Digo
revolcón por la fonética lúdica que le imprime al evento. Dos fotos de
una carga erótica importante. Fotos capturas consensuadamente y con la
aprobación de hacerlas públicas.
Usé la primera
foto seguro de mantener en secreto la identidad de mi acompañante, pero sin
importar las condiciones, luego de postearla estaba tenso pues no sabía de
cualquier modo cómo era que ella iba a reaccionar. Lo que escribí fue honesto,
más allá de la carga erótica de la imagen me cautivó el fondo de la foto,
hallarme en esa guarida intima de seguridad en un pacto veloz de placer alejado
de los estigmas libidinales.
Me di cuenta
también de que mi motivación para escribirlo era la culpa. Por un lado, de no
herir a terceros y por el otro, aquella sensación de vacío pues parecía que si
no había un drama de por medio no existía justificación para contarlo.
De pronto las
cosas se acomodaron.
Apenas unos minutos
más tarde de haber posteado el texto, ella me escribió. Estaba encantada con lo
que leyó. Ni siquiera mencionó la foto. Dijo: “un equilibrio perfecto, como
debe ser”. Tal vez fue la emoción de la complicidad, y por eso le pedí permiso
de subir la otra foto. Dijo que sí, pero cuando lo hice me sentía incómodo. Lejos
de la emoción original, cuando la vi posteada aquello parecía un gesto de
alarde y no una celebración como lo pensé inicialmente. Fue por eso que decidí
bajarla.
Pero el hecho me
hizo ruido todo el día hasta llegar aquí, otra vez, muy pronto.
Esta anécdota de
la infancia la he contado otras veces ya. Eran los 90 y éramos una pandilla de
chamacos que jugaban a la pelota en el mercado. Allí, los negocios comienzan a
cerrar entre las 8 y las 9, y había un negocio del cual estábamos pendientes
todo el tiempo como púberes libidinosos. En aquel negocio de bonetería
trabajaba una curvilínea muchacha de tes blanca. Luego de terminar su turno
salía a la calle para tomar su taxi. El evento era majestuoso, era una mujer de
estatura promedio con una figura delirante. Además, le gustaba vestirse de
manera provocadora; pantalones a la cadera y blusas el ras del ombligo. Insisto
en que eran los noventas y hacer eso era incluso un hecho encomiable propio de hombres
en desarrollo.
Dejamos de verla
por ahí con forme pasó el tiempo, se casó con un sujeto de una empresa que en
aquellos años eran novedad en la región. Ella tenía otras tres hermanas, y si
bien no eran tan atractivas como ella, lo eran definitivamente. Todas siguieron
ese patrón, esperar el mejor de los cortejos para elegir al prospecto más viable,
aquel capaz de fabricar las mejores ilusiones y sí, ser también el proveedor en
adelante.
El patrón que
describo no es exclusivo de esas hermanas, es fácil notar que aún hoy esa es la
aspiración de muchas chicas que se hallan desorientadas cuando llega el momento
de buscar un futuro por sus propios medios. Un trabajo se convierte en una
vitrina al mejor postor.
Antes de cerrar
la idea debo terminar con la historia de las hermanas. Aquella guapa voluptuosa
hoy luce triste y demacrada. Sigue casada. Los años le pasaron factura a ella y
no a él. Otra de esas hermanas se separó con un par de hijos, y la peor parte
de esa empresa la sacó la menor de ellas, pasó por un calvario de
violencia y persecución ante un cabrón tercermundista.
Ayer, mientras
regresaba del super escuchaba el podcast de Nicolás Alvarado con una temática provocadora,
saber si los hombres tienen voz o derecho a participar en las discusiones de índole
feminista. Todo a propósito de la película Juana de Daniel Giménez Cacho. El análisis
de la cinta circundaba en el hecho de que el también actor dirigiera una película
con un discurso agencia feminista. En el podcast, además del director participó
la escritora de la película, la cual defendía el hecho de que a pesar de que un
hombre fungiera como eje central de la factura de la película, había una voz
femenina de fondo a la que no le afectaba el rol de Giménez Cacho en esa producción.
De todo el sesudo
discurso y el ir y venir de preguntas y respuestas, hubo una frase que llamó mi
atención poderosamente: “dos personas dándose un beso en vía pública es un acto
político”. Fue esa frase la que me hizo pensar desde ya que en efecto una
fotografía erótica es un arresto de agencia política sexual necesaria incluso
si lo que se busca es celebrar la complicidad.
De no ser por la reivindicación
identitaria que le legó al mundo el movimiento #metoo detonado por el caso de Ascia
Argento en Hollywood, hubiera bastado con el pretexto del arte para que yo
pudiera postear ese par de fotos. Un atrevimiento pseudo contracultural de
expresar el arrebato del placer con una cámara en un teléfono móvil. Sin embargo,
los papeles han cambiado, hoy, la dinámica de las relaciones de pareja ha
puesto sobre la mesa neologismos como el consenso y cierta consciencia de la
figura de poder que se ejerce en una relación, la equidad, relaciones dispares,
etc. por desgracia no son conceptos que el grueso de la población tenga tan
claros o que se noten cuando menos interesados en entender y muchos menos en
poner en práctica aun cuando de ello dependa cierta armonía social.
El análisis del
patrón de emparejamiento de aquellas hermanas que planteo arriba fue uno que se
construyó con los años, pasar de ser un púber calenturiento a un adulto con ciertas
nociones de cohesión social, atento al flujo de la vida. En ese entendido es
preciso señalar las consecuencias de “sacar provecho” de cierto capital que la
belleza otorga. Lo digo como un hecho perceptible lejos de un señalamiento
moral. Cierto mercadeo que resulta obvio, usos y costumbres normalizadas y que
provocan desgracias indecibles por todos lados.
Espero estar siendo
lo suficientemente precavido para alejarme todo lo posible de algo parecido al “es
que le pasó por cómo se viste”. Digo que, en lo superfluo de ese mercadeo, en esa
oferta y demanda del capital está implícita la inexistente educación sexual y
la gobernanza del cuerpo y el derecho al placer sino es a cambio de un
beneficio que eluda los dogmas institucionales.
Dos años atrás,
vagaba por un barrio de Toluca. Había tenido un encuentro con una linda chica
en un hotel de la zona. Con el paso de los días comencé a darme cuenta de que
aquel encuentro había sido un escape. Lo supe cuando me contó sus propias
experiencias traumáticas sexuales. Era una relación dispar. Recuerdo que me
pasé todo ese fin de semana revisando debates en torno al tema solo para
decidir dejarme llevar por ese jugueteo. Ya no era solo sexo, había emociones y
en ese instante estaba en su barrio porque me apremiaba hablar con ella al
respecto. No pude verla y no la vería ya jamás. Rendido, estaba por tomar mi
camión con la guitarra al hombro cuando una de mis alumnas de la universidad
apareció en un auto. Me preguntó: profe, ¿qué hace? Le doy ride. Dije que
no porque creí que quien iba con ella, era su madre.
Esa chica, en
cada oportunidad se me acercaba con una actitud sugerente. Era linda en serio. Era
una licenciatura ejecutiva, muchos ahí eran mayores, con trabajos y vidas construidas.
Ella rondaba los 23, trabajaba en una escuela como asistente de dirección. En determinado
momento le dije que no, que no podía hacer eso, no por una carga moral o ética
sino por la dinámica que sospechaba, se establecía, esa del mercadeo.
Unas semanas más
tarde tuve una crisis fuertísima de ansiedad que me aturdió. Lo dije y los puse
a hacer un trabajo. Estaba linda en serio. Al final de la clase se acercó a mí.
Me dijo: ¿le puedo dar un abrazo? Dije que no. se ofendió. Quiso saber por qué
no lo permitía. La miré. Dijo: ¿qué? Llevaba converse, calcetas blancas, una
falda corta y una blusa con un escote pronunciado. Ella se río cuando lo hice. Le
dije: ¿sabes cómo se verá eso? lo dije en el momento en que pasó una de mis
antiguas maestras por el pasillo y al vernos, desvió la mirada. Ella también lo
notó. Le dije: ¿ves? Se ve muy raro esto. Te agradezco el gesto, pero no. Se
fue molesta.
No me curo en
salud. Tuve una relación con una de sus compañeras, una ardiente chef de 42 años.
Tendidos en el hotel en semana santa, ella me reclamó: ya vi que se te salen
los ojos por Equicita. Me reí. Ella pensó que me burlaba. Dijo: ¿qué? Le
conté el asunto y además de mostrarse sorprendida, me dijo: cabrón. Yo no dije
nada. dijo: esa niña es muy guapa, pero tiene problemas. Yo no sabía de qué
hablaba, y no quiso ahondar en ello. Creo que fue sorora de buena gana. Una semana
más tarde me encontré con su compañera por el pasillo, me alcanzó y comenzamos a
caminar. Unos días antes de mi crisis se había acercado a mi escritorio y me
mostró uno de sus tatuajes. Esa tarde se alcazaba a ver. Me había dicho:
investigue qué significa. Entonces ese día, dije: ya sé que dice “siempre
ardiente”. Me miró con sus penetrantes ojos verdes. Sonrió. Dijo: hay que ir
por un café. Me reí. Al notarlo, dijo: sabe, yo no he tenido sexo, me reservo
para el hombre indicado. Sí, ya sé que mi tatuaje dice lo contrario, pero es en
serio. Volví a reírme. Era ineludible el placer de ese juego de insinuaciones. Terminó
por decir, sabe, yo me reservo al matrimonio, pero también busco alguien que me
atienda, que me dé para vivir bien. Lo dijo así, y aquello me cayó como bloque
de hielo. Ya no dije nada. Recordé las palabras en el hotel. No volví a saber
de ella luego de ese curso express.
Como se lo dije a
N. tendidos sobre la cama, creo que en buena medida me deprimió por un buen
tiempo notar las raíces, el porqué de cada uno que se arroja a la cama de otro.
Razones marginadas del propósito de la sexualidad, el placer, algo lúdico, un
importante impulso de saciedad biológica y psicológica cuando se rompe el
pudor. La forma en que el placer, como todos los placeres nos hacen adictos y
cautivos de eso prohibido no persé sino por el dedo inquisidor. Se
condimentó cuando mi chef me dijo: me cuesta mucho contener mis impulsos de
hacerme daño, por eso no quiero involucrarme sentimentalmente contigo y es
mejor cortar por lo sano. Lo que, entre líneas, como si un dialogo de una película
de sábado por la tarde fuera dejó entrever en la charla post coito. Su periplo
al narrarme el dolor de una amiga la cual sufría por el suicidio de su hijo. Saber
que no hablaba del dolor de una madre sino del espectro de no existir, eso que los
placeres fugaces ahuyentan. Freud estaría fascinado diciéndome: te lo dije, con
todo lo que he criticado su obra. Eros y Tánatos. Los placeres son un impulso
de muerte, dice.
Fue muy triste, y
volvió a pasar, pero esa otra historia me la guardo para un mejor momento, lo
dije en el texto anterior, eso que me hacía pensar que si no había un drama de
por medio me hizo creer que los cuerpos sobre la cama no tenían sazón.
Editaré la foto
que bajé de mis redes y será la que ilustrará este texto porque sí, cuando la
subí me hallaba festejado el ejercicio libre e indoloro de un encuentro sexual,
unas fotos, algunos videos, ciertas prácticas, filias, fetiches, cierta carga
de trabajo —o eso creo—, cuando me dijo, serán días pesados en el hospital así
que tardaremos en vernos, eh, como una amenaza, una advertencia, una broma. Estacionar
el auto, bajar, comenzar a caminar, gozar de un pacto civilizado muy lejos del
oprobio. Que posteé otra historia en el consultorio, esperando pacientes,
cantando k-pop —¿cómo llegué aquí? Jaja— y más tarde me diga, veámonos. O no. No
lo sé, y está bien. Que sea delicioso mientras tanto, y en tanto tanto
pasa y que paradójicamente lo hace prohibido ante el ominoso ojo del que no sucumbe
a la sed.

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