Acá, tres y ocho
Lo
recuerdo perfecto, fue un domingo. Los domingos tenían un toque particular: el
mercado estaba tapiado de gente. Gente extraña para mí que venía de las rancherías
aledañas a hacer el recaudo de la semana. Así, los domingos eran distintos
porque la tienda de mis padres era un hervidero de gente de toda clase. “Era el
día de venta”, como se dice por acá, entonces, mamá preparaba la comida y nos
preparaba a mi hermana y a mí para ir con mi padre para comer cuando hubiera
oportunidad entre el ajetreo del negocio.
Pero
ese domingo era uno distinto, especial. Era 9 de mayo, el día de mi cumpleaños.
Antes de eso yo no tenía conciencia de lo que un cumpleaños significaba. Lo
supe cuando mamá, arreglándome con mis mejores trapos me hacía entender que
tenía que verme muy bien porque ese era mi día, el día en que había nacido tal
vez 5 o 6 años atrás.
Notar
eso significó notar al mismo tiempo que cierta convención había cambiado en
nuestra dinámica de vida. En el álbum familiar hay fotografías mías en parques
de la Ciudad de México, la típica familia clasemediera bordeando un pastel, que
reúne a la familia, los amigos, conocidos, para celebrar a la vida y darle un
toque distinto, de nostalgia si se quiere, a los años que vendrán.
Desde
que mi padre decidió abandonar su trabajo y arrastrarnos a este palmo del
estado eso se acabó, los días especiales, la familia, los amigos. La dinámica mercantil
que se estableció con los años me tenía pensando cada 9 de mayo en dónde era
que se hallaba aquella dicha que debía sentir por tener un año más de vida.
Recuerdo, tanto para mi hermana como para mí, un pastel en una silla que
compartían cuatro personas cansadas en un cuarto que nació en su construcción,
avejentado, triste y marginado. Así hasta que cumplí los 20.
No
puedo decir que en aquellos 20 años hubiera perdido el encanto por los
festejos, simplemente me abría paso entre mi pasado y el presente. Fue ella la
que se encargó de hacerlo especial. Cuando entré a la preparatoria se revolvió
entre nuestros compañeros para esconder mi regalo, un pez y un ramo de flores. Me
dio un beso y un abrazo fuerte. Fue por ella, incluidas sus amigas, que me
dieron un abrazo y me felicitaron. A pesar de todo, conservaba eso que mamá me
había enseñado, vestirme de una mejor forma porque ese era mi día. Luego,
pasamos el día juntos, ocupó la cocina de mi casa y me preparó un caldo, una
comida especial para festejarme.
Los
21 fueron distintos, con el recuerdo de esa increíble tarde un año atrás, me
encerré en mi cuarto y no quise celebrar. Abajo estaban aquellas espantosas 4
paredes que habían conseguido regresar del pasado.
En
todos estos años tengo escenas en la memoria, cumpleaños de primos, amigos,
conocidos, sentado a la mesa, como un encantador perro apabullado por la
felicidad, perro cuyo gozo le empacha la barriga tan solo de ver sabiendo que
la magia es casualidad de unos pocos, haciendo chistes porque toda esa
felicidad lo incomodaba porque podía palparse, sentirse sobre la piel, en el
aire y el corazón.
Así
llegó la etapa más estúpida. Entre los 22 y los 25 juntaba un poco de dinero y armaba
una comida para que algunos vinieran a casa a festejar conmigo. No puedo
señalar un por qué en particular ni culpar a nadie, pero pensar en esas fiestas
en que me auto complacía me hacen sentir supremamente patético. Si estar en esas
fiestas ajenas me hacían sentir como un cubano al que se la habla de libertad
en la Habana vieja, armar una fiesta en mi nombre se me hace muy parecido a
reunir a un auditorio completo en mi primer recital de guitarra para que me
aplaudan.
A
los 26, otra ella puso en mi escritorio un pastel con un globo verde que hasta
la fecha yace inflado en mi cuarto lleno de polvo con la leyenda: feliz cumple.
Pero al volver a casa, ahí estaban las cuatro paredes rudas y frías. Pero recuerdo
un regalo, una botella de Presidente sobre mis libros con un moño rojo, botella
con la que me embriagué y soporté aquella incertidumbre de ver nacer a los especiales
elfos en la encantada noche.
A
los 27 perdí el encanto. Usé como pretexto mi último trámite de la tesis y me
perdí en Toluca. Supongo que todavía no estaba tan resignado porque le pedí a
otra ella que me acompañara. Fue conmigo a la universidad, la llevé a la
librería, al centro comercial, regresamos a la ciudad, comimos tacos, y no se
enteró que era mi cumpleaños sino hasta que, por Facebook, en un café en que bebimos
unas cervezas, me felicitaron. Pasamos la noche en un hotel. Al día siguiente,
regresé a casa. Hace unos días, ella volvió a escribirme. Me dijo: recuerdo
aquellos días, la pasamos genial esa noche, pero estoy seguro que aún hoy ha
olvidado que ese día, indirectamente, celebramos mi día especial. Y está bien.
Nací
un sábado, 9 de mayo de 1987, cerca de las 8 de la noche. El cumpleaños de mamá
es el 20 de mayo, el de mi hermana menor el 4 de noviembre, la más chica de los
tres, el 20 diciembre, mis sobrinos nacieron un 18 de noviembre, la abuela cumplía
los 3 de enero, el tío Nacho el 30 de junio, mi prima Yes el 26 de febrero, mi
prima Vanessa el 19 de marzo, Silvestre el 15 de febrero, Jorge el 29 de enero,
Valeria el 27 de ese mismo mes. Claudia es del 3 de diciembre, Fernando del 13
de junio, Fernando hijo del 30 de abril, su hermana del 11 de abril, Max es del
8 de septiembre, mis ahijadas son del 1 de diciembre y del 18 de abril. Dante
cumple el 17 de febrero, Aaron el 9 de enero, Paco es del 7 de octubre, su hijo
del 6 de mayo, su mamá es del 8 de diciembre, su papá es de noviembre. Alberto
Zenón es del 19 de marzo, Toño del 23 de septiembre, también Moni es de ese día.
Israel es del 6 de junio, Carlos del 8 de septiembre, como la mamá de Israel, y
como Yesenia Zetina. Norma es del 10 de octubre, el mismo día que cumple años
Daniel. El ‘peligro’ es del 28 de enero. Giovanni del 20 de noviembre. Celebro
la supervivencia de Azucena cada 12 de abril. Brenda cumplió 29 el 12 de
octubre pasado. Ivy es del mismo día. Patricia me mintió sobre su edad y a María
le regalé tres libros, unos mazapanes de chocolate y unas barritas de dulce que
compré cuando fui al concierto de Fito Páez, el 15 de febrero. Hoy, por cierto,
13 de mayo, es un año del día en que nos conocimos.
Son
esas fechas las que conforman mis memorias, la contemplación de un extraviado perro
en el tiempo, el festejo de la vida dentro de 38 años.
A
mamá le gusta decir que fui su regalo de día de las madres. Mamá siempre nos
canta despierta si te encuentras dormido, para celebrarnos. Nos envenena con la
especialidad, pero supongo que el 9 de mayo está muy cerca del día de las madres
y hay que tener cierta cautela para no gastar las euforias porque las madres
merecen ser amadas con toda la potencia del mundo. Eso me dicen. Yo mismo lo
hago porque generalmente tengo trabajo al otro día, aunque podría importarme un
poco menos cada vez. Eso me dicen, por ejemplo, a los 33, cuando uno de mis
mejores amigos me dijo: vente para acá, acá festejamos, y ya sea porque no
entendía el costoso monto de la gasolina o lo preciado del tiempo, no pude más
que encabronarme.
Acá,
tres y ocho. Solo eso, sobre la incredulidad de entender que la fragancia de la
juventud ha pasado. Cuatro días atrás, lo tenía claro. Me bebí unas cervezas
luego del partido del Cruz Azul y me fui a la cama. Instagram fue el primero en
mandar uno de esos mensajes robóticos: es tu cumpleaños. Ñeh, pensé, y me
dormí.
Al
desertar, ahí estaban las cuatro paredes frías. Pero estaba decidido a
eludirlas, porque mensajes en redes no poseen pesados mazos. El origen seminal de
esta vida, tan extraño como desde hace mucho somos, pasó a mi lado porque está
seguro de haber construido con ruindades y crueldad, algo positivo. Esa base
que me hace reusar lo falso, la cortesía, la anodina forma en que todos se
rinden ante el opresor porque esa es nuestra cultura y nuestro folclor.
Me
fui a la peluquería, mamá me había ensañado algo muy bello. Me dio un baño y le
di forma a mi plan. Tomé un taxi y me fui a Toluca, comería una hamburguesa y
olvidaría cualquier simulacro de felicidad, elegiría la calma de lo bien sabido,
la soledad sin ningún dejo de drama. Me compré un combo con papas con chilli y
queso que masticaba mientras escribía un post sobre Faitelson y José Ramón
Fernández, y el patriarcalismo. Comía mirando las frías nubes negras afuera,
como si con esa contemplación pudiera eludir el folclor, estar en otro país,
talvez un pub inglés. Bebí mucho té negro con limón. Me puse mis audífonos nuevos
y me salí a la avenida, caminé hasta la librería y me regalé Estrella distante,
de Bolaño. En algo me llamó la siempre desolada prosa de Bolaño en la Ciudad de
México, en aquel terruño en que la magia existió para mí. Fui al Soriana para comprar
un whisky, pero no había el que me gustaba. Pero sí encontré una camiseta de
los Guns n Roses, que siempre quise y nunca había para mí. Luego fui por el Whisky
a otra tienda.
Cuando
todo entre María y yo se diluía, cuando aquello le volvió a pasar, le regalé mi
libro. No por vanidad, sino porque me parece que ahí decía todo lo que no se
alcanza a decir en una vida. En la dedicatoria, escribí: no me rindo con
personas como tú, no te rindas tú ante este punto mundo. Algo así. Se rindió. Pero
en la solapa del libro dice la fecha de mi nacimiento, luego de mi nombre.
Aquel 15 de febrero, me escribió encantada: lo adoré, el mejor regalo de este
año: adoro que alguien se tome el tiempo de hacerte sentir especial en este
día. Entonces, cerca de las 12 de la noche, me dije a mí mismo que uno se cansa
de esperar que lo mejor pase, tal vez porque la magia es solo una ilusión. Y todos
los años dentro de sí.
Cuando estaba en la librería, Ricardo me preguntó: ¿Dónde estás? Luego: avísame cuando llegues. Fui a su negocio de hamburguesas y bebimos algunos tragos. La pasamos bien. Me llevó a dejarle serenata al panteón a su madre. Cuando la noche terminó, me fui a casa. Me senté en el patio y me bebí mi primer Whisky de la noche. Cuando miré el reloj, afortunadamente mi cumpleaños había pasado, podía seguir ahí, estático, pero sin aquella sospecha que termina por desencantarte.

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