Un perro bajo los escombros

 

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Intenté leer por la tarde, no sé porque no he podido concentrarme en la última semana. No pude, con el libro frente a los ojos, estos comenzaron a cerrárseme. Me dormí un poco. Al despertar me sentía enfermo. Con fiebre. El estómago me ardía. Ya no pude leer, simplemente pasé canales en la televisión.

Hace unos días miraba Nadie nos va a extrañar. Es una serie con fallos, pero potente en la nostalgia. Lo primero que pensé fue: tienes que ver esto. Ahí entendí algo, que no es que los sentimientos desaparezcan, más bien se quedan refractados en ciertos momentos, como escuchar A un minuto de ti y Los dioses ocultos y saber que eso habla de otra época refractada en que antiguas generaciones mataban episodios que construyen sociedades en duelo. Como si te viera a ti al ver a la protagonista. En Tiktok hay edits de eso.

Pero sobre todo pensar: no hay ya un “nos” que pueda decir “ve esto”. Que esas palabras tocan fondo y solo queda un cigarro de noche con apenas gozo de saber que a cambio podrás dormir. El pasquín de lo sucedido. El pasado no viaja. El futuro sí. ¿no?

Tenía que salir al super, no había leche ni papel higiénico, y en lo que lo pensaba, mi cuerpo se estremecía, me sentía mareado.

De pronto hallé para mi mal, un post en Facebook. Una tonta posteo: si me pide 50/50 le doy el cien para que se vaya a la verga. Creo que, a propósito de ti, de todo lo grande que eres, leer eso me causa ira porque son justo aquellas que no tienen un valor personal, las que basan su valor en lo que pueden recibir como tributo de lo que son superfluamente.

Y me puse de pie. Tomé mi bolsa del super y me puse los tenis.

Supongo que lo habré dicho eventualmente, pero voy a dos súper, al primero porque hay buen papel higiénico y leche de buena calidad y al segundo por buen pan y carnes.

Al primer súper al que voy tiene muchas sucursales. Una, cuatro cuadras arriba de mi casa y dos al oeste de la tuya, y el otro, una cuadra debajo de tu casa. A veces, como pasó hoy, al sentirme enfermo, no tuve ganas de ir al primero porque la cajera tiene una actitud nefasta. Es una escuincla que por los motivos que sea trata a todos como una idiota. Supongo que cree ser bella y tiene ciertas frustraciones.

Estoy seguro que es un trato generalizado porque apenas la vi por los cristales, su rostro me hizo exclamar de inmediato: ni madres, voy al otro, aunque me encuentre con ella. Lo dije en voz alta en la calle en tono de broma que más bien era el tono de enfermo afiebrado, pero basado en aquella vez en que te vi ahí como supuse que pasaría.

Cómo me costó superar esa noche, pensé que no lo conseguiría. Pero fue de buena gana un metraje en que me vi y supe que había aprendido algo, como también te lo dije. Eso que llamamos terapia de exposición. No haré hincapié en esa noche, simplemente, a lo sumo, diré que antes de que aparecieras pensé: bueno, es buen momento para dejar que suene Trátame suavemente, y Las tumbas de la gloria, cuando aparecieron como epifanía luego de no poderlas escuchar por meses.

Tres años, dos años, y otra vez la cabeza me hizo eureka. Que en ese tiempo había llegado a un aplanamiento emocional tan ruin que mis defensas están tan bajas que consigo ciertas infecciones de este tipo. Lo raro es que hoy solo estoy apático respecto a ciertas cosas que solía disfrutar antes. Por ejemplo, escribir un texto final de las crónicas que escribí por invitación de una serie de conciertos en la ciudad.

Cansado, enfermo, me di cuenta que tal vez hacía falta pasta en mi carrito, así que fui a por ello. En eso decidí que tenía que distraerme porque comenzaba a sudar, entonces puse un podcast en el teléfono.

En cuanto puse play escuché el rugido de una moto aparcarse. Tal vez esta idea sea errada, pero basado en el último encuentro, tu último apercibimiento, en todos los vicios vulgarizados que contiene nuestro entorno, pensé sin mirar nada, tal vez en cierto tono de broma: no vengas. Fue un pensamiento automático, ni siquiera erudito en que sí, sí, siento que las cosas suceden porque son rutinas que describen mis intuiciones accidentadas.

Y bueno, sí, así es esto que pasa acá. De cero a cien, como sucede en esta cabeza, las cosas que nadie podría entender porque talvez tiene que ver con cierta ley de hipervigilancia o metafísica, apenas miré del otro lado del pasillo: una gorra, una barba, una mujer prendida de su brazo a la que no le vi el rostro, con luces rubias retocadas, eso que noté la última vez. De cero a cien, pensé: es ella. eres tú. Eras tú. ¿Quién podría tener tantas certezas en cosa de segundos? Comprobarlo en milésimas hoy me harta de mí. Y creo de buena gana que cuando mis bromas intuitivas pensaron: hoy no, al entrar, me viste, y por eso escondiste el rostro.

Aunque tuve el impulso, no pude voltear. Lo sabía y lo tenía claro. No me quedaba mas que pagar, pero la caja me parecía larga, lejana, sin acceso a ella, y sentía la amenaza de que alguien a mi espalda se parara y fue como sentir que en determinados momentos un pensamiento se dividiera y uno de ellos pensara que el que tenía enfrente era un extraño y la otra persona me mirara con lástima.  

Puse las cosas sobre la banda y en cosa de nada comencé a temblar desaforadamente. Tuve una taquicardia salvaje, no podía si quiera sacar los billetes de la cartera ni decir nada. Eché las cosas a prisa y me largué.

Cuando esto pasó la primera vez tuve mucho miedo de volver a recaer de aquella forma que me urgió al silencio y al ostracismo. Sin embargo, la terapia de exposición de pronto, en el otro súper, me dejó elegir una botella de ron y pan de buena calidad solo sintiendo aquello como la piel quemada de quien se queda dormido frente a la fogata en navidad. Pensando lo que te dije: si esto se supiera, yo gano, ¿gané?, pero no tengo victoria alguna de la cual jactarme. De serme útil eso, nada de esto tendría sentido.

He pensado en esto tantas veces. Todas las cosas en las que empeñas la fe son las que terminan por dejarte sin motivación. Pero lo había pensado dentro de un ser que se sacudía lleno de tristeza, esperando que alguien apareciera. Alguien que come a solas una hamburguesa un domingo por la noche. Eso que se parece a ver los bombardeos en la televisión a sabiendas que todas las buenas intenciones no bastan para que la paz regrese.

Ya no me creas mucho, porque en adelante comencé a sentirme mejor. La fiebre desapareció. Esto es la versión ligth de un texto de 8 cuartillas en que al final pensé: ¿para qué? Largas expiaciones y explicaciones de nada y todo. Ese mismo desgano de la tarde.

Luego salí al patio y mirando al cielo, pensé en esa bomba. Un perro salir de los escombros, como lo dice Bruce Springteen en la canción final de The Westler. Un perro que mira al cielo, las nubes partiéndose en el cerúleo. Un perro extraviado que en su propia concepción tiene cierto signo de fe. Lo mismo que no decir nada, no ver a alguien o ocultar el rostro.

Y si nadie ve el rostro, él último aliento de quien ve caer una bomba, queda algo. Una calle de noche y el deseo de partir el suelo a puñetazos para que la luz entre los putos escombros se abra paso. Eso único que dentro de dos cuerpos no puede mentir.

 

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