Todas Nuestras Muertes

Todas Nuestras Muertes 



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Hasta antes de la muerte de mi sobrina, me rehusaba a ir cualquier funeral en el que no sintiera que mi presencia fuera necesaria. Los funerales me parecen tardíos y sin propósito, dispuestos para la comidilla del dolor ajeno.

Cuando me dieron la noticia, vagaba por el centro de Metepec. Había regresado dos noches atrás de Hidalgo, de casa de mi hermana. Pasamos una tensa navidad a sabiendas de que lo peor podía suceder de un momento a otro.

26 de diciembre, tomé la guitarra y me fui a tocar para abstraerme del mundo. Caía una lluvia suave cuando mi madre que seguía en Hidalgo, me dio la noticia.

Me quedé en silencio por unos minutos, quieto, pensando en mi hermana, mi compañera de infancia, un año menor que yo. A penas un par de minutos atrás, le había mandado una foto a Ivy de la Viña real de fresa que me había comprado. Contestó con una broma para regañarme por beber tanto.

El teléfono temblaba en mis manos por el frio y la conmoción. Le mandé una nota de voz para darle la noticia. Hice lo mismo con Dante, Aaron y Paco. Pero a ellos les dije, porque habían estado al tanto de la salud de mi sobrina, que no era mi perdida, que era perdida de mi hermana. Su dolor.

No decía que aunque no la conocí, su muerte no me dolía, más bien declaraba que estaba consciente de respetar el dolor de mi hermana, no llamar la atención a propósito de su sufrimiento. Que las condolencias no eran para mí, si no para ella, lejos del sitio en que estaba.

Dejé el teléfono en mi bolsa luego de mandarle otra nota de voz a Leicy diciéndole que la amaba y que me dolía que tuviera que pasar por todo eso. De inmediato me llamó la menor de los tres, preguntándome, ¿qué vamos hacer? ¿cómo nos vamos? ¿dónde estás? No dije mucho y comencé a caminar. Estaba aturdido y así entré a cantar al dos de abril.

Para abstraerme del dolor que sospechaba sobre nuestro destino, mi plan fue este: salir a tocar, juntar unas monedas e ir a la librería por el libro de Bukowski que leo cada fin de año. Mientras Ilse me preguntaba una y otra vez cómo era que volveríamos a Hidalgo para estar con Leicy, yo tocaba en un camión, cruzaba Galerías Metepec, estaba desesperado por llegar a la librería por ese libro.

Libro en mano, conteniendo el llanto, fui por una botella de Whisky para sentar a escribir. Me encontró la mañana y mi hermana en la sala de casa escribiendo más y más alejando dentro de las páginas que narraba en la computadora aquel recuerdo en que tomé Leicy de la mano y salimos los dos por un pollo rostizado en otra navidad marchita cuando éramos aún niños para salvarnos del alcoholismo de nuestro padre que nos arrojó cien pesos esa noche para remediar la tristeza.

4 de enero, a un año de aquella terrible navidad. Intentaba dormir un poco cuando el grito de mamá nos sorprendió a todos. Pensé en lo peor una vez más, todos lo pensamos en casa. Mamá preguntaba a través de la bocina, pero ¿qué pasó?, hermana, ¿qué pasó?

El primo Miguel perdió la batalla en el hospital esa tarde en San Luis Potosí. Ni siquiera sabíamos que la estaba pasando tan mal, y de pronto la muerte visitaba otra vez las puertas de la familia.

Me quedé parado, inmóvil, en la puerta del cuarto de mamá mirando como sufría de nuevo de esa forma, diciendo: ay, mi hermano, la Chepa, dios mío, no puede ser. Yo no sabía qué decir mientras en el cuarto se libraban los primeros diagnósticos post mortem.

Habían pasado apenas minutos y mamá ya preparaba las maletas para salir al rancho. La encontré en el pasillo con los ojos rojos, con las pestañas bordeadas de lágrimas frescas que buscaban renovarse una y otra vez. Mamá se acercaba a mí y me preguntaba, ¿vas a ir? ¿te vas con nosotros?, pero yo no dije nada, me quedé callado y no dije ni hice mucho sino darle un abrazo y acariciar su cabeza suavemente.

Subí a mis padres a un taxi cerca de las 9 de la noche, luego me fui a la cantina para beber algunos tragos. Mi hermana menor me dijo por mensaje de texto: mis papás no encuentran camión, no saben cómo se van a ir, y yo no dije nada, en parte porque sabía que lo resolverían, en parte porque ahora no tenía una librería a la cual correr o una guitarra ni un amor que me contuviera.

La cantina cierra a las 10. Pagué mi cuenta y me fui a un negocio de caguamas para seguir bebiendo. Ahí, la prima Vanessa me llamó: primo, el tío Saúl también acaba de morir. El tío Saúl murió en Michoacán.

Colgué la llamaba con la prima y volví al negocio de caguamas. Me recargué en el mostrador, le di un trago a la cerveza y de pronto me invadieron los recuerdos de los momentos que había compartido con ambos. Estaba seguro de decir una vez más, no son mis perdidas, no es a mí al que debe doler esto, pero de pronto estaba llorando. Seguro también de no ir a una funeral más en el que no me sintiera útil.

 

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Aquella tarde iba de camino a Toluca para tener mi primera cita con Ivy. Fue un 13 de diciembre. No solo mi hermana estaba hospitalizada, además, estaba copado de problemas. Ella me dijo: no tardes. En un gesto de romanticismo, le dije: estoy a tres canciones de ti. Hablaba de las canciones de Sanz. Le dije: no escuchaba esta canción desde la muerte de mi abuela un año atrás, y ella me preguntó por qué era que la escuchaba de nuevo en ese momento en que la vería.

La escena era muy parecida. Mamá hizo las maletas y salió a San Luis con mi padre y mi hermana menor. Yo no quise ir. Me quedé en casa escribiendo un cuento que le dediqué a Juana.

Siempre que iba al pueblo, Juana me preguntaba: ¿dónde está la novia, m´hijo? Y su pregunta me hacía encabronar, aunque nunca se lo dije. El cuento trata de eso.

Era domingo. Mamá tenía las maletas listas en el auto. Me dijo: no tengo dinero. Tomé la tarjeta y fui al banco. De camino recordaba como unos meses atrás, cuando estábamos de visita en el pueblo, todos decidieron ir a nada. Yo me quedé con Juana. Salí por chucherías, le compré helado y miramos juntos la televisión.

Las novelas me aburrían. Entonces me puse a leer. De pronto, mi abuela ladeó la cabeza y con su ojo bueno me miró y me preguntó: ¿y usted ya se va a casar, m’hijo? Suspiré. No dije nada. Fue la última vez que me lo pudo preguntar.

Había bebido toda la noche escribiendo. De camino al banco me encontré con una antigua pareja que habría su negocio de comida. Nos veíamos algunas noches hasta que volvió a casarse. El asunto del manejo de la cortina de metal me hizo notar porque era que me encantaba tanto visitarla por las noches. La ayudé, platicamos un poco y terminamos manoseándonos detrás de una estufa. Me dijo: pueden vernos, nos vemos en la noche.

Aquel intento de poema que buscaba escribirle a mi abuela me pareció mediocre y, sin embargo, quería escribir, escribir y escribir. Le mandé un mensaje a E. cerca de la media noche. Lo hicimos en su cama a escasos metros de mi la cama de su hija de 6 años que dormía profundamente aprovechando que su esposo estaba de viaje.

Mientras me vestía y sentía la tibieza de su cuerpo cobijado por la oscuridad, pensé que en ese mismo instante velaban a Juana en el pueblo. Suspiré. Se me escapó un sollozo. Le dije: sabes, hoy murió mi abuela, pero ella no le dio importancia. El cuento inicia así: ay, Juana, son las cosas que no podía decirte, y te las digo ahora que estás en el cielo para que me guardes el secreto si es que ahora puedes entenderlo, si es que hay una sabiduría superior cuando se deja este mundo atrás.

Por alguna razón había recobrado mi gusto por Sanz, un gusto adolescente. Cuando puse punto final, comenzó a sonar El alma al aire y la tristeza se alojó en mi pecho, y estaba solo.

 

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Mientras lloraba en el negocio de caguamas entre un montón de borrachos desconocidos cuyo morbo los orillaba a preguntarme qué era lo que me pasaba, me preguntaba si tenía derecho a sentirme triste por personas con las que había compartido muy pocos episodios de mi vida. Y sin embargo dolía.

Pero los buenos ratos no tienen que ver con las leyes de la física.

A Migue le debo cuando menos un pequeño homenaje porque perdí en él a uno de mis lectores. Algo, por cierto, de lo que me anima a escribir esto.

Dos años atrás, fui, tal vez al pueblo a rehabilitarme. La doctora, con quien terminaría intimando en su departamento unos días más tarde, me había indicado: nada de sexo y alcohol por unas semanas. Además, Andrómeda me había mandado una carta de suicidio una de esas mañanas en las que sabía me desvelaba escribiendo. Al final de la carta, me decía: he dejado una memoria de USB con mi papá para que leas todo lo que he querido decir siempre, cuídala y has con ella lo que creas que es mejor. Cuídate mucho. Gracias por todo.

Afortunadamente su padre la detuvo a tiempo.

Pensaba en eso esa noche en San Luis. Sentado en la mecedora de Juana que dormía en su cuarto desde donde de cuando en cuando gritaba, ‘paguen la luz, váyanse a dormir.

Miguel me acompañaba mientras leía. Se sentaba frente a la televisión y jugaba videojuegos. No somos una familia cercana porque la vida nos llevo a distintos puntos del país y de otros países. Pero, si de un modo la sangre se expresa calladamente, esto tiene que ver con la comodidad que se encuentra en el silencio.

Yo leía y Miguel jugaba videojuegos. Entonces, de pronto y de la nada, interrumpía su partida y me preguntaba cosas que yo sabía que estaban vertidas únicamente en las columnas del periódico que escribía para vaciar mis frustraciones.

Así supe que me leía y eso me hacía sentirlo cercano, primo en verdad y no por mero título. A veces, iba a su cuarto y me mostraba los libros que leía y nos abrazábamos honestamente cuando era tiempo de dejar el pueblo para volver a casa.

Yo no dije mucho en esas veces, la cortesía me parece un gesto falso, pero vaya que fue valioso saber que no fui un extraño para él.

Al tío Saúl, se lo dije a la prima Vanessa, lo respeté como tío, aunque no lo fuera directamente. Era hermana de la tía Carmela, esposa del primo de mamá. Lo respetaba de esa manera porque nunca me dejó solo.

Había una viaja tradición en la familia, pasar el año nuevo en casa del tío Jorge en la CDMX. Siempre me sentí como un extraño ahí. No por falta de atenciones, si no porque me perdía en las contemplaciones tempranas de una vida que me preguntaba por mis raíces, mi futuro, mi identidad. Creo que el tío Saúl lo notaba y al verme solo y callado en una silla, siempre iba conmigo, me decía salud, cruzaba el brazo por la espalda y me decía: pinche Chris, te quiero, hijo. Y me preguntaba cosas y me hacían sentir en familia.

Lo último que supe del tío Saúl fue que tenía problemas de salud desde hacía unos años. Siempre deseé que mejorara, que consiguiera dejar atrás el veneno que llevaba en el alma.

Aquella noche, vino la familia del distrito a casa por la fiesta de quince años de una de mis hermanas. Cogimos una buena borrachera. La casa estaba llena. De madrugada, al tío Saúl le tocó dormir en su camioneta con asientos de cuero. Fui a por él. Me dijo vente. Nos quedamos en silencio. Entonces, me dijo: escucha esta canción, y puso Amor y control de Rubén Blades. Creo que fue una de las primeras veces en que entendí cómo era que el arte decía lo que no somos capaces de expresar. La repitió una y otra vez hasta que me quedé dormido.

A la mañana siguiente encontré al tío Saúl en la tienda de la esquina bebiéndose una chela apócrifamente y de un solo trago, para sopesar la cruda. Se veía repuesto, pero con ese ánimo sombrío y gallardo con que lo recordaré siempre.

Pedí que pusiera Amor y control en el negocio de caguamas y el llanto temerario ya no me pidió permiso ni razón.

 

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Aunque pensé en ir al barrio de Chalma, arriba del reclusorio norte, a rendirle mis respetos al tío Saúl, sencillamente no pude, no tenía otra vez energía emocional para ir de tristezas en tristezas. Entonces, cogí un camión y fui a San Luis Potosí por mamá porque mi padre se había regresado una semana atrás y no quería que ella estuviera ni volviera sola.

Llegué a eso de las 10 de la noche luego de todo un día de viaje. Al verme en la puerta, mamá me hizo saber que había tomado la decisión correcta, saltó de su silla y me dio un abrazo fuerte diciendo: m’hijo.

Se levantaba la cruz de Migue al día siguiente. Hace mucho que no voy a misa, pero por el primo Migue, estaba seguro que debía hacerlo esta vez. Esperé a que todos se fueran antes que yo y ocupé la casa para vestirme y salir a la iglesia.

Lo digo en serio, yo no buscaba ser irrespetuoso con la fe y el consuelo de nadie ahí, sencillamente me invadió la paz. La banca estaba fresca, me quieté la gorra y cuando todos se pusieron de pie, yo seguí sentado. Me sentí culpable, pero como supe que no había dolo en ese acto automático, decidí quedarme sentado toda la misa.

Tarde, supe que Migue tampoco fue un joven de fe. Saberlo me hizo sentir reivindicado mi enfado al escuchar el mecánico y frío sermón del sacerdote que leía y decía cosas de un joven muy distinto al que todos conocimos, leyendo todo el tiempo como si de un pase de lista militar se tratara, como si de una lista de super se fuera. Era insultante. Vulgar a casa de las charolas de limosna que nunca saben de penas.

Cuando la abuela murió, el humor no palideció notablemente. Era una vida que fue relativamente normal que se extinguiera. Pero con el primo fue distinto, todos evitábamos recordarlo tan pronto para huir a la tristeza. Sin embargo, quedó claro que algo de lo que lo arruinó fue la depresión. Miguel llevaba en lo genes esa parte de los Reyna de sepa que son como un cuchillo de dos navajas sin medias tintas: abierto a la vida, pero capas de tragarse el dolor físico para no preocupar a su familia. Seguro de sentirse ofendido y no perdonar, pero noble como para encubar en sus manos a un ruiseñor.

Regresamos del panteón luego de dejar la cruz de Migue. Antes de sentarnos a comer en familia, el tío Nacho encendió un veladora y se la puso a la virgen. Dijo: le ponía dos, pero no le puse nada ayer porque no me escuchó, no me dejó a mi prieto y se lo pedí. Lo repitió mientras nos embriagamos, estaba enojado, y ese desfogue, no mío, sino de él, cuando menos cuestionar la veracidad del omnisciente dios fantasmal siempre solo contado y que traiciona a placer y sin justicia, me pareció el mejor homenaje que le podía rendir a su hijo, viva imagen de su esencia tan bella.

 

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Leicy vino a casa esta navidad. Vino con mi tocayito, mi sobrino. Comenzó a llorar la madrugada del 25 de diciembre. Fui por él a la cama en que mi hermana dormida y lo llevé conmigo a la sala para ver tele. Para que su madre durmiera otro poco.

Él no sabe que su gemela falleció un año atrás. Nos encargaremos de honrar su memoria.

Chris pequeño no sabía que llevaba muchas noches sin dormir. Y sin embargo lo miraba con un amor que no era capaz de conocer antes. Jugando, comiendo una galleta. Mirándole, sin saber que lo cuidaremos todo lo que nos sea posible.

Esa tarde fuimos a comer hamburguesas, siempre salíamos los 5 a comer en navidad. Ahora éramos 6. Él no sabe que nos hizo no sentirnos tan solos.

En las puertas del Carl’s Jr., mientras Chris dormía, mi hermana dijo: no me dejen sola mañana.

Aquella tarde del 27 de diciembre vi a mi compañera de infancia hablarle al ataúd de su hija. Me partí. Regresamos a su casa abrazados. Supe que estás ahí porque se cumplen los evangelios de la gente: acompañar en su dolor, aunque no te duela tanto, aunque no sepas qué es lo que no conociste.

Acompañar, por ejemplo, a la tía Chepa que toda la vida fue siempre alegría y ver su rostro devastado por las lágrimas de su corazón asesinado. Demostrarles a los que viven, que eso es importante para ti, que estas ahí.

Me disculpo con todas las personas con las que no estuve porque también fui honesto cuando creí que toda presencia, toda palabra, buscaba hacerse histriónicamente de un dolor que les pertenecía.

 

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También he sentido rencor. Porque en aquella tarde de diciembre, me preguntaba porque los Aguilar Reyna teníamos que sentirnos tan solos y huérfanos.

Del mismo modo en que dentro de mis propios duelos, era profundamente doloroso saber que nadie tocaría mi puerta cuando sentía que el mundo se me acababa sentado en el patio de casa a solas para siempre.

He estado solo en esos funerales, dentro de mis propios funerales. Me he preguntado si es correcta la teoría del duelo en que la muerte terrenal se parece a la muerte emocional en que alguien desaparece para ti del modo en que le conociste.

Un año más tarde, he vuelto a freír mi cerebro. Tratando de recuperarme dentro del bendito arte, escuché una frase en The Bear, la serie de FX: “Me gustas tanto que espero que lo peor pase”. The Bear se basa en un suicidio.

Le dije a Paco: soné tantas veces con llevarlas de la mano a la casa de mi abuela, y estoy triste porque las he perdido una y otra vez y ahora somos solo extraños, muertas para mí porque ese mundo afuera nos mató el amor, y nadie parece entenderlo, van todo el tiempo diciendo que por algo pasan las cosas y no es cierto, siempre hay una razón que nos margina de la felicidad.

Azu se fue 18 años atrás. Ivy no llegó a mi primavera. Patricia busca el honor japonés y espero que no lo encuentre. María deambula en las habitaciones desiertas de mis sentimientos. Todas sin una tumba, en una novena que se prologa eternamente en un rosario conformado con las malditas cosas de un salvaje mundo que las tiene sujetas del cuello ateridas en un rincón de sus dolores.

No duermo, por ejemplo, desde la noche en que le llevé las 19 cartas a María que le escribí día a día cuando me dijo o sé, en que buscaba decirle que no era el mundo la que la persiguió esa noche para hacerle daño. Cuando me dijo que era lo más duro que había leído nunca. Y nadie lo sabe, el panteón que se cimbra en mis entrañas. Lo difícil que fue no decir que quería que fuera ella la que me abrazara a mí esta última vez en que entendí que el dolor se comparte como el pan y comer es tan difícil.

 

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El puño de tierra que se arroja sobre la caja y la emociones no tiene que ver con el muerto o el pasado, tal vez tenga que ver con el compromiso de seguir de pie todo lo que sea necesario para honrar las memorias a propósito de todas nuestras muertes que nos explican lo que la vida es.



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