De noche, muchas cosas pasan

 


Rafael Pérez Gay tiene una novela que se llama Perseguir la noche. En ese libro habla de la bohemia en la Ciudad de México, de sus antiguos años en que, de noche, la intelectualidad chilanga se reunía para fraguar un ápice de la cultura mexicana. Es un gran libro lleno de aforismos. Pérez Gay es bueno en eso.

Así como Pérez Gay narra y le da vida al extinto DF, a sus calles, y con eso las dota de personalidad, he pensado que algo similar puede pasar por aquí.

Antaño, salía a caminar y leer de madrugada. 7 años de solo eso. Una paz increíble. Alejarme del bullicio y la convulsión de la falsa felicidad folclórica que termina por ser estéril. Sigo haciéndolo, pero en el último año aprovecho para fumar. Pérez Gay habla en el libro de cómo superó el cáncer como un ex fumador.

En el último mes salgo y vago, ya no leo tanto porque entendí que ya no lo hago por paz sino por aprensión. Prefiero leer en la cantina. En los últimos tres meses desarrollé un nuevo hábito, estacionarme afuera de la casa de M, mirarla, para saber que está bien.

Estaba bien. Ya lo sé. O no lo sé. Pero estaba en calma. Dejé la avenida Juárez. Subí por Iturbide y torcí en Madero. En la esquina, de lejos, noto una cabellera estropeada virar calle abajo, rumbo al mercado municipal Riva Palacios. En contra esquina, ella estaba parada a media calle, llamando con la mano a alguien a las 3 de la mañana.

Subí por Guadalupe Victoria hacia el cruce con Hidalgo. Escuché el rechinido de unos zapatos a mis espaldas. Ella me seguía a una cuadra de distancia. Tuve curiosidad, entonces me detuve en la esquina de Casanova, donde la fila de puestos por la feria del jarro, es.

Miraba hacia los cuatro puntos cardinales para esperar que pasara de largo. Entonces la vi. La reconocí de inmediato. Bajó, caminaba calle abajo rumbo a la presidencia municipal. A dos metros, sin motivo alguno volvió el rostro y me peguntó: ¿me llamaste? Dije que no meneando la cabeza. Pero la reconocí de inmediato.

 

Ella no lo sabe, pero me dio una de las escenas más eróticas, contraculturales, inclusivas y reales de mi vida.

Tenía 22 años. En casa no había internet, hacía unos meses que había abierto mi cuenta de Facebook y estaba obsesionado con ello. Por eso iba al ciber café Panda, en Madero, para revisar mi cuenta por las noches.

El ciber tenía las 19 computadoras dividas por cubículos. Divididas por maderas. Pedí mi máquina y cuando iba a para ella, le vi. Le conocía del mercado, vagamente. No lo tenía claro del cómo o porqué, pero era de esas figuras campiranas que se vuelven en íconos porque en los lejanos 2000 parecía estar segura de decirle al mundo, sí, soy gay. Pero gay solo con obvios amaneramientos antes de que el boom de la libertad sexual del nuevo milenio hiciera posible, real y fáctica, la transición.

Me dieron la computadora 18. En la 19 estaba un campesino ebrio, con una camisa abierta, el pecho prieto aporreado por el sol, las manos terrosas, la mirada desorientada buscando algo en la computadora. Perdón, cumplía el estereotipo de un campesino. En el cubículo 18 estaba ella, rulos humectados, la sonrisa que buscaba seducir a quien fuera.

Mi Facebook tenía un par de jajajas en las notificaciones. Busqué un video de Caloncho que se hizo viral en esos años. Cuando lo escuchaba, el ebrio se puso de pie. Pasó enfrente de mi y de todos. Regresó a su máquina. No le di importancia. Era muy torpe o poco entendedor de las sexualidades. Pero luego de unos minutos, el ebrio se paró otra vez, decidido, y vi como miró a mi antaño conocido gay. Creí que le tiraría un puñetazo, que lo maldeciría, que le escupiría. Pero no. Entró dócilmente a su cabina. Vi sus pasos perderse por debajo de la mampara de madera. Se escuchó el metal de un cinto. Luego, le vi a ella agacharse hacia donde no había escritorio, lejos de donde el mueble de la computadora terminaba.

No podía creer lo que estaba pasando. Miraba a la custodia del ciber que revisaba también su Facebook a unos metros, a unos 45 grados de distancia visual. Me quedé helado, escuchando el chup-chup. Los pies de ambos, que era lo único que se miraba, figuraban que ella le pedía perdón a su verga, que le rezaba.

El campesino se fue, lo alcancé a ver balanceándose por la ebriedad frente a mi computadora cuando se ataba el cinturón.

 

Ella se hundió entre los puestos de los jarros. Los puestos sobre los cuales las telas se abombaban por el aliento de la noche. Eran tal vez 15 puestos de jarros con sus negociantes roncando y pedorreándose dentro. Al final de lo puestos, en la esquina de la presidencia, cuando notó que le miraba, hizo posees sensuales, y comenzaba a llamarme como lo hacía con el ebrio en que la encontré una manzana atrás. Saqué el teléfono y le hice unas fotos. Me llamaba y le dije adiós con la mano, como se le dice adiós a un niño en la puerta del kínder.

Salí a caminar sin libro porque me preguntaba cómo seguir con la novela que provocó el encuentro casual con una ex alumna que pensaba quería transicionar o si quería publicar esas fotos en que luzco apapachado un año atrás en una comida de semana santa, las fotos que no publiqué porque siento que no quiero herir a nadie, como si no tuviera derecho a la felicidad.

De noche, muchas cosas pasan. Como aquella vez en que vi a una mujer desnuda fumando en un balcón de la calle Aldama. Tal vez este sea el primer texto de mi plagio en que he querido contar lo que he visto por las noches. Una vida marginada. Ideas.

Ideas que no concluyen tan fácil. A ella la había visto travestida unas veces. Tal vez alguien le reconozca en este texto. Da igual. Pero la he visto en su auto cuando llego de Toluca, galante por la transición consumada. No sabe que soy ese, no me ve, y no importa. Porque de noche se distrae. Hoy nadie tiene un auto de la nada. En eso pensaba merodeando la plaza, sabiendo que le encontraría del otro lado del parque. Porque salió por puro gusto. Volvería a casa, rellena o sin atención. Como yo esperaba regresar a casa cuando le vi mirarme, otra vez persiguiéndome, y me perdí entre las jardineras porque no podría decirle, a las tres de la mañana, escribo, perdón, eso hago, es eso, eso excita.

En casa lo decidí, seguir con la novela. M está bien. Lavó cobijas. Las cobijas yacían en el tendedero en que se asomó para mirarme, sonriendo, sin salir, noble o cautiva. No trans. Sin trans. No libre. Miré su casa como antes. Esa manía.

En casa, saqué la cajetilla de cigarros, apunto de la computadora. Sonreí. 11 cigarros. Olvidé fumar, pensando, sin olvidar el deseo de que estuviera bien.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Heavy Nopal: los emisarios del rock

Lectura con El anticlub de poesía tierra de nadie en el CTE

Un perro bajo los escombros