El Poder de la Música (borrador entre Whiskys)
¿Qué
poder tiene la música? ¿De qué potestades goza? Nos abraza y nos destruye a su
antojo. Manipula, temeraria embustera, el tiempo a su antojo. Ahí nos mata,
lenta y profundamente.
Hoy
más que nunca confío en que somos capaces de atraer cosas si las sentimos, eso
que la física cuántica se empeña en demostrar para responder preguntas
dolorosas en el corazón. Si es el caso, la comprobación yace en mi pecho en
este instante.
Debe
ser cierto, como se supone que el tiempo no es lineal, que viaja en distintas direcciones
llevando en sí, sentimientos que extraviamos en el pasado, en el mañana, cosas
que sentimos pero que no encajan en espacio tiempo en que habitamos ahora.
Tengo
vagas intuiciones de este fenómeno metafísico en la música, pero la primera vez
que lo viví conscientemente fue en el 2001. Me habían corrido de la preparatoria
por una materia de dibujo técnico. Entonces yo era un rehabilitado del grafiti
clandestino. No había forma de que eso tuviera lógica. Luego supe que mi
maestro empezó una relación con mi entonces primera novia, Irais.
El
asunto de la baja no importa tanto. Importa el lugar en el que estaba. Una
materia reprobada y una expulsión le bastó a Filiberto para mandarme a un
retiro espiritual porque, fiel conservador fatalista, consideraba que mi alma
estaba desde ya echada a perder.
Ahí
estaba yo, 16 años, vestido elegantemente, patéticamente elegante con un polo
color crema y un pantalón de gabardina verde y mi mejor peinado, rodeado de
drogadictos, ladrones, abusadores, mujeres promiscuas —mujeres que sólo ejercían
su sexualidad libremente, demasiado pronto para esos años— o otros parias. Era el
tiempo de la sanación, de la extremaunción, el pentecostés, el don que el cielo
regala porque has pedido perdón. Los veían llorar con un apena profunda sin la voluntad
de contenerse, un espectáculo desolador particularmente porque yo no sabía qué
me hacía tan malo para estar ahí. Que debía ser aún peor porque no podía llorar
ni arrepentirme como ellos.
Aquello
atentaba contra toda naturaleza terapéutica, hoy lo sé. También sé por qué es
que me sentía de ese modo, una de las muchas cosas que funda mi rencor ante él.
Pero llegó el receso. Nos dejaron salir a tomar aire. Mi yo adolescente estaba
atónito. Me fui al rincón más profundo del atrio de la iglesia de Santana y me
quedé ahí, mirando las casas, el cielo, escuchando todo cuanto aparecía a mi
percepción para dejar atrás esas terribles escenas tan frescas.
Si
decir en qué momento es que fui consciente de que la contemplación estética nació
en mí, diría que fue ese día. Era un día nublado. Había pasado la navidad, pero
el valle, con sus casas exhalando humo en las chimeneas le daban un toque lúgubre
a todo. Había incluso luces navideñas desfazadas que parecían pestañear perezosas.
Miraba eso cuando escuché desde un lugar lejano los acordes de Si puedo
volverte a ver, de Aleks Syntek. Al escucharla, el cielo se hundía en su centro
y una tristeza ya longeva desde entonces se agruparía en mi pecho. Como si
supiera que algo terrible estuviera sucediendo en ese instante y que en otro
espacio tiempo, estaba ligado a mí. Esa atmosfera. De esa canción y esa corriente
del último buen pop.
Conocí
a Azu una primavera del 2006. Nos hicimos novios muy pronto. Pasados los meses,
porque teníamos una beca de aprovechamiento, usábamos dos clases del día para
ir a casa y pasar la tarde juntos. Fue una de esas tardes, grises también, en
que ella habría abonado a sus relatos tristes los pormenores del porqué hacía
lo que hacía con mis antecesores por lo que le había pasado. Lo que le
hicieron.
A
veces nos quedábamos en silencio tirados en mi cama, con apenas luz que entraba
por la rendija de la ventana venida de las nubes pobladas de lluvia. Ella iba
al baño. De regreso pasaba por la computadora y de mi lista de canciones, al no
ser las suyas en casa, elegía precisamente aquellas del 2001. Esa oleada del
pop que la avisó en mi futuro con toda esa tristeza. Y yo me quedaba quieto, y
no decía nada porque no era el que soy hoy que dice cosas que palpitan en su
corazón día tras día.
Azu
construyó lo que soy hoy desde los 19 años. Le aprendí tanto. Pero nos perdimos
en el 2008.
De
esas tardes grises entre tormentos y apasionadas soledades, recuerdo una. Esa
tarde yo había puesto la música en aleatorio. Comenzó a sonar Sognare, de
División Minúscula. Eran las canciones de mi hermana, 7 años menor, en aquella
fiebre de los emos.
Estábamos
refugiados en la azotea, subía las escaleras de regreso del baño cuando la
canción me atrapó en la ventana que daba al centro de la ciudad, al sureste, y
a pesar de que sabía que Azu estaba inerte en el colchón, quieta, sola y sola,
las nubes me llamaban, me dejan otro sentimiento extraño en los poros.
Conocía
a María un 13 de mayo de 2024. Ella cuenta de mejor forma cómo se dio todo
entre nosotros. Lo hizo, como si fuera heredera de Kafka, en un genial cuento
en su reprimido primer intento literario sin haberlo hecho antes.
Tuvimos
una relación clandestina hasta que la realidad nos estalló en la cara hiriéndonos
a los dos. A punto de que todo se quebraba, cerca de las lunas de noviembre,
ella me dijo que me había buscado, que estar conmigo, eso dijo, como nunca
antes, romper la veda de la vela y el rezo, y cuando la intentó, alguien la
atacó en la calle.
A
María, por eso, por fin se le salieron las razones de nuestro acelerado
romance, razones indirectas, inconscientes, las cosas que matan en vida, las
cosas que también a ella le habían pasado.
Aquella
noche en que desesperado fui a su casa, le pedí salir y comenzamos a caminar, en
su silencio, en sus lágrimas distinguí aquel amor viciado por la peste del
mundo del que me había costado sobrevivir tanto tiempo. Creyendo también que
nada volvería sucederme del mismo modo, palpar esas emociones tan siniestras.
Un
año atrás escribí por fin la novela que siempre quise escribir, lo que nos posó
a Azu y a mí: Los cráneos de los sacrificados. Esa noche, en los ojos de María supe
que era ella la primera persona que debía leer esa novela. Lo supe luego del último
beso cuando dijo: tal vez me conoces más que yo.
Fueron
dos meses de silencio. Cuando por fin me escribió, dijo: es lo más difícil que
he leído en mi vida, y no puedo más que responderte de este modo. Me mandó una
seguidilla de canciones que me dedicaba.
Cuando
Azu se fue, fueron dos años rudos de depresión y tribulaciones. Pasó la universidad,
aventuras y la vida adulta. Pero particularmente creer que todo era eso,
producto de la adolescencia, que esos sentimientos estridentes no eran
probables ni ciertos. Hasta que María apareció.
En
la universidad, en los descansos, aprovechábamos para ir a beber caguamas. Eran
los primeros años de mi rehabilitación, pero el bar me hacía ruido. El nombre
del bar: Bunkers. De inmediato pensaba en la banda. En los años de la prepa,
esa sombra de esas bandas de la corriente emo que horadaban mi memoria. Supongo
que el dueño del bar era fan y que por eso le había puesto ese nombre, pues a
cada rato sonaban las canciones de Los Bunkers y yo estaba decidido a pensar
que me cagaban, odiaba escuchar la música de una generación perdida que no
llegó a nada, que fue estéril, un berrinche que no soportó el tiempo.
En
Los cráneos de los sacrificados hay una escena en que Azu yace en un escritorio
escuchando a Dido lejos de la mirada expectante de un buitre profesor. Eran sus
demonios bailando mientras cantaba con la grabadora del profesor de inglés que
la mirada extraviada eludiendo en su demencia, sus demonios, esperando la
oportunidad, cuando aparecí. Pero no le dije a María que esa canción era White
Flag.
No
le dije a María que cuando Azu se casó a dos cuadras de mi casa, yo escuchaba
Intocable, de Aleks Syntek. O de los Squarer Rooms, ni que los Caifanes me
cagan porque era lo que escuchaba cuando veía a mis compañeros de prepa, la
primera prepa, regresaban de la escuela y yo estaba trabajando de albañil en
casa obligado por mi progenitor. Mucho menos le conté del Bunkers y sus
canciones y yo en la universidad resarciéndome.
Yo
debería ser fan de Los Bunkers. Fui adolescente en esa época. Pero nadie de esa
ola sobrevive si no es por la nostalgia pronta. Porque la odiaba, porque en su música
escondía el escape, la incertidumbre de una generación a punto del cuchillo y
yo tan triste y valiente, porque cuando debí ser su fan estaba obsesionado con
conocer a las bandas de los 70, el grunge, el britpop, leyendas que tuvieron
las agallas de arrojarse contra el puñal y no abrazarse a medias tintas. Bunkers,
División Minúscula, Panda, Daniels, etcéteras, hoy amenazan con volver, tan débiles
como fueron en su pasión por el rock que maltrataron no por música sino en
emociones.
Cuando
vi en la lista de canciones que María me había dedicado Llueve sobre la ciudad,
sentí el accionar de un revolver en mi nuca. Aquella tristeza anunciada en mis
cielos grises de apocalipsis.
Escuché
la canción de División Minúscula aquella tarde porque María tiene la edad de mi
hermana. La misma distancia en tiempo en que cuando escuché en aquel retiro
espiritual a Aleks Syntek, y que como a Azu, a María algo le ocurría, le hicieron
perder su inocencia a los 8 años, en el mercado municipal en cuyas inmediaciones
yo me crie; a dos cuadras del negocio de mis padres. Y estoy seguro que se
conocen en una ciudad tan chica. Son tan tristes las probabilidades o la metafísica.
Como triste fue cuando Azu me dijo aquella vez: me voy a casa y la vi emerger
del fondo de la preparatoria con su ex novio, aquel puto pseudo rockero que
aprovechó de su forma de autodestrucción. El mismo que hace dos semanas María, lejos
de esos 20 años, o tan cerca, de mandarme el cuento que me escribió y recordar
la muerte de su padre, me preguntó: aparece en Los cráneos de los sacrificados
un personaje, un idiota, y no quiero que sea el mismo. Y era. Y me dijo: no te
preocupes, fue solo un mes, no me hizo daño. Pero le hizo daño.
María
sacaba su camioneta para llevarme a pasear, y antes de perdernos en la droga de
la pasión, ponía Interpol, la banda de mis delirios un año atrás, lo que escuchaba
cuando la conocí y que fue el tema de nuestra primera charla en ese camión, y
puso Modest Muse, y yo pensaba en los años de la universidad en que me
preguntaba sí eso era ir adelante en el tiempo, estar bien, porque era una
buena banda, y pensar que eso era sentir otra vez, esperar algo nuevo…
Basta.
Son tantas cosas las que arrastra la música, pero basta. No puedo ir más allá
de los límites sanos de la cordura en la literatura.
Tal
vez soy yo buscando la cordura. Una respuesta. Tal vez somos todos o tal vez es
la música que nos habla, que nos advierte cosas, pero nos refugiamos en lo único
cierto: el presente.
Tal
vez debí ser más cauto o menor prejuicioso. Hace unos días traía en la cabeza
la sobra de la canción Si estás pensando mal de mí, de Los Bunkers. Supe que
alguien me podría pensar con esa canción en otro momento.
Es
la madrugada del miércoles. El domingo, el cobre el sol me animaba a soltarlo
todo. El lunes estaba bien. Ayer, de pronto, apareció la canción, de la nada,
en mi mente. Ella no sabe que me he rendido porque visité los demonios del abandono.
Y les temo. Desperté en calma, pero de pronto la canción ahí estaba.
Escuché
esa canción y no la otra, porque no puedo aún, pero supe que cuando había
escuchado el espectro de la canción que había puesto en su lista para mí, entendí
que la había perdido antes de conocerla. Para rezar que esté bien. Porque esto
es tal vez solo una obsesión que busca consuelo, que le atribuye virtudes a la
música porque no somos capaces de entender que estamos diseñados para perder y preferimos
la magia. Cierta cobardía para aceptar la realidad y negar que todo está
perdido y es más fácil que nada estuvo en nuestras manos.
Tal
vez la música no tenga ningún poder, pero tal vez sí.
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