Lo Mejor Nunca Se Sube | Sábado de gloria
I
Desde
que tengo consciencia de lo que una adicción significa, le tuve miedo a toda
clase de droga. A la propaganda de dar ese paso y no poder regresar de ese
infierno. Crecí en una lonja mercantil y vi toda clase abusos, y eso agudizó
ese temor. Sin embargo, mis padres nunca satanizaron el tema o no se tomaron mucho
tiempo en advertirme sobre las terribles consecuencias de ello. Si acaso
recuerdo a mi madre decirme: “si te dicen que tú tienes que tomar o fumar para
no quedarte atrás, diles que tú eres inteligente y que no te vas a dejar
engañar”.
Probé
mi primera cerveza cuando aún estaba en la secundaria. Me dejaron solo en la
tienda y siempre me atrajo el placer con que los clientes abrían el
refrigerador y bebían una cerveza clara hasta el fondo. Cuando la probé su
sabor me pareció espantoso. No necesitaba del alcohol, de esa droga y no
comencé a beber sino hasta los 22 años. Hoy, va el primer trago de whisky, el
primer cigarro y las primeras líneas de este relato.
Joanna
Moncrieff tiene un estudio en el que apunta que la administración de fármacos
en el tratamiento de depresión o ansiedad no es la alternativa idónea. Que no
es concluyente que eso suministre dopamina o merme el flujo de cortisol al
cerebro, que en es concluyente, y que, en ese caso, la misma barrera la puede
ofrecer el alcohol pues inhibe el sistema nervioso central, digamos pues, lo sumerge
en algodones. Sin pasar por alto y no es cosa menor, que el alcohol u otro tipo
de drogas trae consigo síndromes de abstinencia.
Otro
estudio divulgado por Ramón Nogueras, señala que el contexto es vital para que
una adicción subsista. Usa como ejemplo a los combatientes en la guerra de Vietnam
que, al regresar del frente, dejaron de consumir opiáceos pues el estrés lacustre
se había terminado.
Si
tomamos este último punto en cuenta, particularmente en este nuestro país salvaje,
atosigado por estimulantes sensoriales exacerbados, de carencias sociales de
toda clase, somos capaces de hacer de nuestra fuente de adicción casi cualquier
cosa: comida, alcohol, juego, interacciones en redes, moda, ejercicio, éxito, juego,
alcohol, drogas o sexo. Y es que, eso que le provoca placer al cerebro y que a
la postre lo convierte en adicción, no es la sustancia en sí, si no la carencia
que sustituye, eso que lo abstrae de su realidad.
Pasado
un año me pregunto cada vez si eso quedó claro, si a pesar de haberme
convertido yo mismo en una especie de estudio clínico, fue suficientemente incisivo
como para persuadirles de ello. Esa clase de cosas me quintan el sueño.
II
Cuando
la conocí pasaba por un mal momento, mismo que ya he relatado en blogs
anteriores. Muy pronto, intenté no dejarme caer y después de 10 años, decidí
cortarme el cabello, hacer un cambio de look radical. Y supongo que funcionó de
cierta forma porque algo que siempre me decía, era: me encanta cómo te ves cuando
te acabas de cortar el cabello.
Noto
de inmediato cuando le resulto atractivo a una mujer como pasó con ella. Me miraba
fijamente con sus profundos ojos negros acentuados con aquellas ojeras que el
rigor del trabajo le ha abonado y que a la vista resultan sublimemente
sugerentes. No era su mejor día, me lo confesó más adelante, pero una mujer
guapa tiene ese don, hacer que la naturalidad resalte su belleza. Lo primero
que yo le dije, fue: eres traga años, te ves mucho más joven, cuando ella dijo
que era 5 años mayor que yo.
En
nuestro segundo encuentro, todo resultó obvio. P llevaba un lindo vestido azul
con círculos blancos. Lucían hermosas sus piernas en los botines negros. Era delicioso
verla de ese modo mientras batallaba con mis propios demonios mentales. Esa
tarde, en el teléfono, yo escuchaba Plush de Stone Temple Pilots. Ella se
acercó diciendo sí con el mentón, apretando la mirada. Platicamos un poco de
música y acto seguido tomó mi teléfono y anotó su número.
Enviarle
un mensaje en lo inmediato para mí era lo mismo que beber un trago, fumar otro
cigarro, salir a correr desesperadamente, teñirme el cabello color plata. Por
eso no lo hice. No hacía ni dos semanas desde que le había pedido a mi anterior
pareja tiempo porque sentía que las cosas se me estaban saliendo de control, los
ataques de ansiedad eran cada vez más severos y me costaba mucho contenerlos. P
y yo, si acaso no escribíamos una o dos veces a la semana, mandándonos canciones,
haciéndonos bromas, pero dejando en el aire lo que parecía inevitable. Sobre
todo, porque sentía que eso era traicionar a mi ex pareja.
Para
entonces había tenido mi primera sesión de psicoterapia. Había dejado de tomar,
fumar y cerrado todas mis redes por voluntad propia para no dejarme llevar por cualquier
cosa que me distrajera de mi objetivo principal, mejorar mentalmente. Pero en
la tercera semana mi ex pareja decidió que no estaba dispuesta a esperar más,
se rendía, y a pesar de que yo fui el que pidió tiempo su decisión me provocó
el peor de los ataques de ansiedad que recuerdo en años en un día de trabajo.
P
estaba ahí. Mientras intentaba calmarme frente a todos, no dijo nada, tensa, se
resumió a mirarme a la distancia. Me propusieron irme a casa, pero advertí que
tenía que poder con ello, que ese era mi trabajo, y lo hice. Desde casa, P me
preguntó si estaba bien. Le dije que sí, y le conté un poco de lo que me había
pasado. Fue una charla que se extendió por tres o cuatro días, en los que
intimamos como seres humanos y en el rol profesional. Aquel martes, cuando supe
que debía dar otro salto de supervivencia, le pregunté: ¿yo te gusto? Dijo que
sí. El hielo se rompió. Me inyecté esa dosis que sus ojos, su voz, su sentido
del humor tan parecido al mío, provocaban en mí.
Conforme
el asunto con P avanzaba, dejé la terapia, algo dentro de mí me decía que lo
que esa mujer hacía no era en absoluto útil. Lo digo con cautela, no la
terapia, era ella que se distraía, por ejemplo, revisando el teléfono y rehusó
darme un diagnostico desde el inicio que porque no creía en eso. Pero, en la enfermedad,
uno se aferra a lo que sea y duda de sus propias intuiciones.
Nos
dedicamos al romance durante un mes, el mismo mes en que yo me dediqué a autodestruirme
con alcohol y cigarros, e incluso un poco de marihuana. Si no tenía trabajo al
otro día, me desvelaba escribiendo aquellos pasajes de pimienta que condimentaron
el erotismo entre ambos. Si tenía trabajo al salir, pasaba a la cantina y bebía
lo suficiente para llegar a casa y seguir haciéndolo. Entre las borracheras y
las crudas tenía mañanas de insomnio terribles, entonces P, chef de primera
profesión, me llamaba por las mañanas y platicábamos hasta que terminaba por
colgar porque me apenaba distraerla en su trabajo escuchando a través de la
bocina el ruido de la cocina y las ordenes que daba a sus subordinados.
Recuerdo
una noche en especial. Se había estrenado Mi amigo robot, aquella película animada
que se hizo tendencia porque unos estaban del lado del perro y otros del lado
del robot abandonado. P entraba al restaurante a las 6 de la mañana, salía a las
6, iba al gimnasio y luego corría a casa adelantar tareas y llegar al fin de
semana, el día en que nos veíamos habitualmente. Esa noche me dijo: quiero ir
al cine. Amo lo nerviosamente culta que es, del modo en que la cultura subleva el
mal. Dijo: iré a ver una de un robot con un perro. Le dije: yo la tengo en Telegram,
no vayas, es decir, ve, pero si quieres, te mando el link. Lo hice.
La
vimos en paralelo, la miraba mientras miraba el reloj, contaba el tiempo para
salir corriendo y alcanzar unos tragos en la cantina. La película me sumió en
un episodio terrible, pero bellísimo. Ella me mandó un mensaje: pinche perro, y
es curioso como en esa historia de saber soltar, ella odia al perro.
lll
Aquella
tarde, P no fue a la escuela. Pregunté por ella de manera habitual, por mera cortesía
y me pareció miserable que sugirieran que yo la acechaba. Un gesto imbécil, de
masas imbéciles. Eso me provocó el deseo de un cigarro. Salí a la calle, y
mientras emboquillaba un tabaco, X se me acercó. Fue una charla supuestamente
casual, pero de alto contenido sugerente, y aunque debí guardar los modos, me
puse las manos en la cara, suspiré y le dije: no puedo hacer esto. Ella se
sintió apenada con su bonito atuendo de chica limpia, con algo de pena con su ombligo
desnudo y sus ojos verdes. Y ni siquiera puedo decir que fue por P, solo no
podía más. Me pasé las manos por le rostro pues y dije: no puedo hacer esto: y
ella dijo: ¿qué? No entiendo. Le dije: yo te gusto, lo sé, lo noto, pero en
serio no puedo, no puedo, no lo entiendes, pero no puedo más.
Entonces
supe que era suficiente, lo supe una terrible tarde sentado en el patio de casa
cuando supe que el alcohol ya no hacía efecto. Le pedí el numero de la
psiquiatra a uno de mis amigos de la carrera y saqué cita. La cita llegó dos
semanas antes de semana santa. La psiquiatra dijo: ninguna terapia te sirve
ahora porque lo que necesitas es un bloqueador, estas saturado cerebralmente, no
segregas dopamina naturalmente porque estas rebasado.
Le
hablé a la psiquiatra de P y le pareció, esa, una mejor idea. Casi me hizo
llorar cuando al terminar la comparecencia, y luego de muchos años —como pasa
en aquel episodio de Dr. House en que un doliente se amotina con un arma por un
diagnóstico— por fin me dio la receta con el diagnostico al lado de mi nombre,
como si de otro apellido se tratara: ansiedad generalizada, vivirás con ella
para siempre; alprazolam y sertralina cada 24 horas, te veo en un mes.
Y
antes de salir, le pregunté: ¿puedo esperar una semana más para iniciar el
tratamiento? Dijo que sí, pero quiso saber por qué. Le pregunté: el medicamento
impide que tomes y reduce el ímpetu sexual, ¿no? Dijo que sí, que tenía una
fiesta en semana santa y quería pasarla bien sin problemas con el medicamento. Lo
pensó, pero me dio permiso.
lV
Mis
amigos de la universidad y yo tenemos una tradición, nos reunimos por lo menos
tres veces al año, una de ellas, en semana santa. Esa era la pregunta de uno de
ellos: ¿qué será este año? El mismo tiempo, P me preguntó: ¿qué harás el
viernes? estaba pesando en ir a verte y pasar la noche juntos. Era lunes y yo
estaba en la cantina, de vacaciones. No respondí. Ambos bandos apremiaron una
respuesta al otro día, en la resaca, y le propuse a ella, nos vemos temprano y
luego vamos a la asada con mis amigos. Estuvo de acuerdo.
Jueves
y yo sentía que había escuchado, en la resaca, el barril del revolver
accionarse en mi sien. Tomé la guitarra y un folder con mi curriculum y me fui
a trabajar a Ixtapan de la Sal. Dejé el curriculum y me dijeron: yo creo que
sí, profe, estamos buscando gente, pero esa respuesta solo me sirvió un poco,
apenas unos cuantos minutos porque sentía que el revolver había accionado una
vez encontrando una habitación del barril, vacía.
No
necesitaba dinero, tenía una buena suma ahorrada en el banco, pero ahí estaba
yo, cantando, sudando, nervios, intranquilo, eufórico, y tal vez fue eso lo que
me ayudó porque tuve una de las mejores cosechas en la charola de las que tengo
memoria, casi 500 pesos en cosa de hora y media. Entonces, como si eso me
revistiera de redención, me senté en una tienda e hice lo que no acostumbro,
tomar en horas de trabajo. Me bebí por lo menos un six de caguamitas Carta
Blanca en espacio de dos horas.
Al
volver a casa, en el camión, con otro trabajo, pero con la cita, estaba otra
vez resacoso y pegajosamente cansado con todo ese sudor dentro. Además, no
dormía bien desde hacía dos meses atrás.
Debí
quedarme en casa, pero no pude. Estaba cansando, con sueño, pero de eso se
trataba mi nuevo diagnostico salubre. Así que me di un baño y salí a beber a
una tienda de caguamas. Todos ahí parecían tener fiesta. Alguien me ofreció una
cerveza, pero de pronto la cerveza se zarandeaba en mi mano, no podía
contenerme. Le dije: llevo un mes de tomar diario de modos poco sanos. Contuve
el aire. Respiré. Bebí. Me costó trabajo la primera caguama, pero lo logré. La charla
entonces fue más amena. Hubo risas, canciones. Cuando descorché la segunda
caguama, a quien me entrevistaba, le dije: mañana tengo una cita con mi novia,
y va a ser de beber y gozar. Aún no entiendo por qué dije novia, pero lo hice,
y tomé el teléfono y le enseñé esa foto que guardaba de ella con su filipina
frente al espejo, aquella que me mandó y me dijo: estoy echa un asco, voy
saliendo del trabajo. Bebí otra caguama, luego dos tragos de Presidente. Era el
sueño o el revolver, peor estaba aturdido a más no poder. Me fui a casa
tambaleando con un cigarro en los labios. La ansiedad me hizo toser, vomitar. No
vomitar, no vomito habitualmente, sino echar fuera jugos gástricos que eran el
signo de no poder ir más allá de esa frontera. En casa bebí un par de whiskys
más. Miré el reloj de aquella forma nerviosa, P me había dicho, te veo a las 2
frente a la universidad, y yo solo pensaba: va, me duermo a las 2, a las 3, a
las 4, a las 7, sí la armo, si me aliviano. Y puse la alarma a las 12 de día.
V
Sonó
el despertador. Sábado de gloria. Había en el ambiente cierto ánimo redentor. No
estaba crudo, estaba aún ebrio. Me desnudé, y esa desnudes me hizo pensar que
había tiempo estaba escuchando con vehemencia a Lenny Kravitz. Puse música,
apareció Again. Ma bañaba. Fresco, me provocó escuchar Dig In. Era como si
estuviera dentro de una película que filmaba en ese instante dentro de mi
cabeza, la novela que narraba en tiempo real. Vestido y frenético, antes de salir,
el teléfono seguía accionado en el modular. Sonaba: Can´t Get You Off My Mind.
Nunca la había escuchado. No con atención, pero algo me decía, así que la
descargué. La escuché una vez más. Le mandé un mensaje a P: voy tarde, espérame
por favor. No respondió.
Llegué
a la puerta de la universidad pasadas las 2 de la tarde. Todo estaba en pena,
un páramo requemado por el sol, uno de esos escenarios de terror emocional
cuando se está solo. P me llamó: estoy cerca, no tardo. El baño del McDonalds
estaba enfrente así que fui a tirar el Tehuacán que me había bebido para la
cruda. Mientras me lavaba el rostro, me llegó un mensaje de ella: ya estoy
aquí.
Era
la única camioneta frente a la universidad bajo el talante del sol. Me acerqué
temeroso, algo niño inseguro. Ella, cual cliché del cine de oro, bajó los
lentes sobre los orificios de la nariz ignorando el teléfono en el que escribía,
para decirme: entra.
Me
tomé de todos modos unos segundos para verla así, sentada al volante con las
divinas piernas morenas bajo el vestido, bajo el volente, y cuando notó mi
mirada, sonrió en complicidad. No nos habíamos besado antes, pero lo hicimos
con tal naturalidad y recatada distancia que parecía que lleváramos años en ese
juego de roles delicioso.
Comenzó
a manejar. Yo no quería nada idiota que sugiriera el poder del que gozaba por
lo que iba a pasar, y por tal, pregunté lo más idiota que pude preguntar en ese
momento: ¿por qué una mosca? Hablaba de la mosca tatuada entre sus senos. Y ella
respondió de la forma idiota en que responden los que pretenden darse un baño
de originalidad ante los tatuajes de mal gusto: me caga cuando me preguntan
porqué de mis tatuajes. Pero ella no era idiota, ni era un tatuaje común. Supe
en ese momento que de un modo u otro ella tenía la necesidad de recobrar el
poder, eludir el olfato de sumisión que, de todos modos, en la apertura, ensombrece
una relación así de abierta. Y sonreí. No dije más hasta que me preguntó: ¿a
dónde? Luego de rodear la universidad sin propósito, terminamos en el hotel
frente a la escuela.
Lo
sabía porque mujeres de esa envergadura siempre me amenazaban: no sabes lo que
te voy a hacer cuando te tenga enfrente. Pero no pasó, tal vez mi personalidad
termina por ocupar el protagónico. De cualquier forma, la escena no fue gallarda:
me estaba muriendo. Bañado en sudor, desnudos, tendidos sobre la cama, tosía,
me atragantaba, era la ansiedad y la cruda que me picoteaba los pulmones. Me fui
al baño. Carraspee. Ella me preguntó desde la cama: ¿estás bien? Dije que sí.
Salí y estuve más en calma. No habíamos cerrado la cortina frente al centro
comercial. Calmos y saciados, le dije: esto es lo que amo del sexo: la calma. Se
lo dije mientras pasaba el dorso de mis dedos por su piel morena. Luego de desnudé
para dentro por la boca.
El
carácter de P era este: oye cabrón, ya me di cuenta que X te echa ojitos y tu te
dejas querer. Algo así. Dije no y le conté lo que pasó, cuando la última vez en
que me abordó, dijo: yo quiero vivir bien, estar bien, busco alguien estable, trabajo,
pero también merezco que me consientan. Y
se puso a reír.
Me
puse de pie y frente a la ventana, le dije: no cerramos la cortina. Dijo: no
pasa nada. Yo pensaba lo mismo, pero no de ese modo, sino porque abonaba a lo
clandestino de todo aquello.
Volví
a su lado. Habíamos cogido, pero en ese momento hicimos el amor con palabras.
Luego ella se incorporó, desnuda, suave, segura, con su cabello azabache cayendo
a dos cachos sobre sus pechos y me contó sobre su miedo por el miedo que le había
abonado el suicidio del hijo de una de sus mejores amigas. Era tan hermosa hablando
de ese modo tan puro. Son esa clase de fotos mentales que nunca terminaran de
ser narradas con es debido. Luego volvió a mi pecho. Le indiqué cual era el
camino para cerrar esa faena con su mano e ir a la carga otra vez, ocupando ya
sin pudor su cuerpo con mi sudor invasivo.
VI
El
sol entraba al cuarto trémulamente, amenazando, pero yo la veía vistiéndose. Se
acercó a mi en la orilla de la cama y muy pronto estábamos excitados, besándonos
desaforadamente. Entonces ella se alejó de mi cuerpo, golpeó mis hombros y
dijo: vámonos ya, tenemos que ir a la asada con tus amigos. Supongo que, en las
largas charlas, en lo audios de madrugada que le enviaba, ella supo lo
importante que eran para mí. Así, su gesto me pareció hermoso.
En
la camioneta, luego de que yo hubiera entregado los controles y la llave, ella sentía
necesidad de ir al pasado. Lo supe cuando dijo una de esas cosas horribles que
decía para no sentir que la presente era efímero. Yo le había mandado Good News
en esas noches de terror, y en ese momento, al decir eso, puso Words. No pude mas
que sonreír, y entender.
Paramos
en el puente de la Yet. Me prreguntó: ¿para dónde? Le di la indicación. Lo
hizo. No decía nada, no decía mucho. Paramos en un Oxxo, compré cervezas y le
compré un chocolate. El wais decía que era por otra ruta, pero yo le tomé el
rostro y le dije: hazme caso, es por acá. Así llegamos a la asada.
Vll
La
asada era en un complejo detrás del Nemesio Diez. El guardia nos indicó el
sitio de estacionamiento de visitas. Ahí estaba ya D y A. Mis amigos de la universidad.
Por la naturaleza de mis hasta entonces relaciones intrascendentes, a ellos se
sorprendió que apareciera con ella. Los presenté. D hizo unas de esas crueles
bromas que para entonces ya había perdido peso en mí.
Por
X o por Y, ellos habían dejado a sus parejas libres esa tarde. Eso lo hizo
incomodo todo. Incomodo para ellos, porque P y yo aprovechábamos cada rato para
besarnos. Y entre la asada y el brindis, yo miraba su botella de cerveza vacía
y le decía: ¿otra?, y ella respondía: sí, papi, otra. Nunca me había llamado
así, pero comenzaba a emborracharse.
Los
cuatro bebíamos, pero parecía como si solo ellos lo estuvieran haciendo porque
a mí las cervezas no me causaban efecto. Mientras D terminaba de sacar la carne
del asador, A dijo una broma. D tomó una foto. En ella P luce recostada en mi
regazo, cómoda y neutra. Sin esas cosas horribles que decía siempre para
sentirse segura consigo misma.
P
me había advertido, me voy en dos horas, pero las dos horas había pasado.
Entonces le pregunté: ¿estás bien? Dijo que estaba a gusto. Al tiempo que se
frotaba los brazos. Le pedí las llaves de la camioneta y bajé por su chamarra.
Al regresar, escuché: yo ya tuve dinero, ahora no quiero eso. Pero no supe
porque lo habían dicho. Pero D, ácido, al verme en la mesa otra vez en la terraza
de su, queda claro, casa, le preguntó a ella: ¿qué le ves a este cabrón? Y ella
dijo: me mama su inteligencia, su sentido del humor, es tan sarcástico que me
encanta. Y es muy guapo, eh, no mames, es guapo, tú no lo entiendes porque eres
su amigo, pero lo es, cabrón. Entonces D, me dijo: esta mujer es el diablo, cuídala.
Mientras
ellos hablaban, nosotros aprovechábamos para tocarnos bajo la mesa. Ella se
acercaba a mi cuerpo y me besaba, y ellos solo veían el beso, pero ignoraban mis
manos. De pronto bajaban por cervezas, y en una de esas la encontraron a ella
trepada en mí, con el vestido arriba de las nalgas. E hicieron bromas, peo poco
nos importó.
A
se fue. D estaba con nosotros. Entonces su perra necesitaba salir al baño. Tomé
a P de la mano y bajamos al estudio. La luna entraba repleta por la ventana
ocupado yo en cumplir para ella aquella fantasía de la ropa interior. Hubo un
grito al momento en que D regresaba al departamento con su cachorra. Cuando regresamos
a la terraza con D, estaba indignado, hacía bromas sobre lo que había pasado.
Bebimos, y como si fuera necesario, en determinado momento, aludió a mi
anterior pareja, como expiando cierta culpa en mí. Y lo mandé a callar. Le dije
que no. De pronto se rompió, hablando él de su anterior pareja, de nuestra
amiga de la universidad.
La
noche se agotó. D buscaba equilibrio en la mesa y P y yo nos besábamos. Luego ella
dijo: me voy. Estaba bien y a mí las cervezas no me habían hecho nada. La
llevamos a su camioneta. La besé tocando sus piernas en el asiento antes de
salir, antes de decirme: estoy bien, en serio. Planeaba quedarme en el
departamento, pero en instantes D comenzó a reclamarme por no haberla llevado a
su casa, quedarme con ella, cuidarla. Le dije: estás pendejo: ella no bebió
desde que te fuiste a pasear con la perra. Está bien. Pero sacó cosas del
pasado y preferí larga de ahí. P me mandó un mensaje: estoy en casa, y yo le mandé
una foto sentado en los portales de Toluca, solo y decepcionado. Me pidió que
me cuidara y fue la última vez que la sentí cerca de mí.
Vlll
Comencé
a caminar a solas esa noche luego de que una patrulla merodeara. Toluca era
mía. Pero estaba solo otra vez. Compré una cerveza, la bebí caminando, fumando
una y otra vez. De pronto, cerca del puente de Tollocan, mis piernas me dijeron
no más. Me senté y en ese momento apareció la rola de Lenny Kravitz: Can´t You Get
Off My Mind. Pero no pude llorar.
Una
de esas noches en que P me preguntaba: ¿qué haces? Le dije: veo MasterChef. Se
sintió ofendida. Eso que hacen lo que ven solo en un tono la cultura. Taratino
seguro se inspiro en un talk show para hacer Erase una vez en Hollywood.
Ese
domingo, los ojos me ardían de sueño. La vigilia era ella. Le mandé una foto
intima como lo había hecho tantas veces. Solo para romper el hielo, pero no
hubo respuesta. Luego le envié el poster de The Bear, una serie de cocina de
voltajes emocionales altos. Dijo: esa es una buena serie. Pero ella no sabía
que esa serie ya la había visto mucho antes, que se la había mandado en un
encriptado mensaje de: me siento ahora, en tu silencio, como Jeremy Allen
White.
lX
Aquel
lunes comencé mi tratamiento psiquiátrico sabiendo que todo se terminaba. Fueron
dos semanas de silencio. La última vez que la vi, fue el día de su examen. Con
aquella impostura terrible. Cuando no resistí, me tomé otra pastilla, la de
emergencia, que me había dicho la psiquiatra: lleva siempre contigo. Entonces
me animé a escribirle, y ella también me dijo que no podía más.
La
busqué los siguientes días, buscando su restaurante. Caminé cerca de 15 kilómetros
con la guitarra al hombro. No era mi situación, era mi ahora hoy, incredulidad
de que algo tan original se convirtiera en dolor otra vez, porque sentía en mi
pecho aquella máxima de que nadie es malo por naturaleza sino por las circunstancias,
eso que me atormenta, eso que, no para que se quedara, sino para que, al verla
a los ojos, le hiciera sentir apenas un poco de fe, de que podía yo hacer todo
lo necesario para que estuviera bien, cierta esperanza, cierta humanidad.
Y
cuando no la encontré, me rendí y me alejé. Ella dice que es mi inseguridad,
pero solo yo sé cual es el papel que no quería tomar en esa dinámica de opresión
porque estaba seguro en la cueva de los ancestros, del hombre y la mujer, que
podía lograrlo. Y estuve bien todo este año, en duelo, pero bien, mejor, mejor
que nunca.
X
Siempre
le tuve miedo a la marihuana porque temía perderme en ella. Un día, un amigo de
la universidad me dio un cigarro. Lo fumé. Era una época claridosa. Nunca lo
necesité más. El otro cigarro que me dio estuvo guardado en mi ventana hasta
que perdió sus propiedades. Nunca pierdo el sentido cuando bebo, y cuando lo
hago en casa, al sentirme cansado, me largo a dormir. He controlado el asunto
del cigarro decentemente.
Hace
un mes, esas fotos, las fotos que nos tomaron, aparecieron en charlas viejas.
Lindas fotos. Una semana atrás, mientras leía en voz alta y un poema, ella
apareció en mis redes otra vez. Y no pensé nada. Me había inyectado otro vicio
de la piel y también perdí. Pero al leer el siguiente poema, parecía que
respondía a la razón de sus sentimientos al decir de esa forma: me duele lo que
sea. Pensé no responder, pero no me parecía digno de la belleza que el momento
hizo nostalgia en mí. Escribía un poema, a ella, fue a la única a la que por
una o por otra, nunca le había escrito un poema. Y no se lo mandé, pensando que
era mejor respetar su silencio. Pero apenas unos segundos antes de ir a la
cama, apareció la tonada de Again, esa canción con la que en otro cuento le
dije: yo no soy Lenny, pero tenemos la bohemia.
Y
solo me llenó de culpa porque al otro día, a pesar de todo, otra vez eligió el
silencio.
Xl
El whisky se acaba. He fumado una cajetilla. Mañana me invadirá la culpa, pero esto es otra cosa que ayuda, ahora, en lo inmediato, a estar bien. Que vea la luz, que el sol queme, que el mismo suplicio exima. Porque a pesar de todo esto, solo sigue la certidumbre de que nada tiene razón de ser, de que nada vale la pena.

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