Realidades causales


 


Jueves

 

Tenía resaca. Le dije a Paco, vamos por una caguama para la cruda, sentémonos en una baqueta y echemos platica. No quiso. Estaba metido en el consultorio haciendo algunos aparatos odontológicos. Eso y cierta agorafobia que ha desarrollado. Lo entiendo. Ese es mi trabajo y mi papel.

Cuando todo estaba bien aparecía por ahí, por su consultorio para beber cervezas y reírnos un poco. Cuando todo estaba bien yo no tenía esta fobia desarrollada a sentarme ahí, con él, recordar los malos ratos de incertidumbre.

Pero lo único peor era quedarme en casa, soportar la densidad de cuatro paredes que se contraen en el pasado.

Bebimos un dos de cervezas Pacifico. No podíamos enfiestar, él tenia trabajo al día siguiente. Entonces sugirió: vamos al terreno al sábado. Luego salimos a cenar algo. Los tacos nos hicieron daño.

 

Viernes

 

Aunque tenía ganas de seguir bebiendo la madrugada del jueves para no batallar con los demonios de la noche, me entusiasmaba el plan de Paco, beber unas cervezas en su terreno y sentir que ese sábado sería un día normal como antes.

Pero entre el jueves y el sábado estaba el viernes. Entonces, para lidiar con la ansiedad, el tedio del desconcierto, era preferible salir a tocar con la guitarra para ganarme unas monedas.

He perdido el ímpetu de tocar en las calles. Comencé a hacerlo en la pandemia por necesidad. Pero pasados 5 años me siento sucio, no entiendo que es lo que ven quienes me ven trabajar, no sé si pueden ver lo que yo, hacer arte callejero, trabajar, o simplemente lo toman como un gesto ridículo que sin embargo merece un poco de limosna.

En la crisis que viví el año pasado encontré en una noche de insomnio un poema de Julián Herbert: Autorretrato a los 27. En él, Herbert habla de su faceta como músico callejero. El poema me mandaba a la lona cada vez que lo escuchaba. Se lo compartí a mi entonces pareja, P. Ella me dijo: entiendo. Pero no creí que en verdad pudieran entenderlo. No por soberbia, sino porque eso es la poesía. Cuando se lo pregunté abiertamente, dijo: tu situación, te hace pensar en tu situación. Y yo no sabía cuál situación era de la que hablaba, el prejuicio del que sospechaba.

Hacía tres meses que había renunciado a Ivy. Cualquier hombre en mi posición se hubiera dejado llevar, poseer esa belleza, esa juventud, sin importar que sus expectativas de vida fueran tan distintas. A veces, renunciar también puede significar amar a alguien intensamente. A Ivy le dije lo mismo. Tengo estabilidad económica, pero me subo a los camiones porque tengo miedo de perderlo todo otra vez, de no ser suficiente. El día que tomé la decisión de perderme en Argentina por unos días, noté eso, que hubiera podido fraguar un patrimonio a su lado, dejar en sus manos mi destino, pero incluso eso me parecía ruin. Tal vez solo fue la paranoia que la ansiedad produce, creer que todo lo que haces es un acto maldito y egoísta.

A finales del año pasado tuve un puesto de alto rango en un programa de salud. Recuperé lo que gasté en mi viaje. Y sin embargo me subí otra vez a un camión, porque lejos de esos empleos de tanto poder, con todo y su inestabilidad, sigues sin ser nadie, sino un objeto de paso, que goza de los frutos de la cultura del ahorro, y de la soledad.

Así que decidí hacer de ese viernes, un viernes lúdico. Ir en camiones hasta la estación del tren suburbano en Lerma, el pueblo de P, llegar a Santa Fe y tal vez visitar un museo. Todo se arruinó. El transito era un caos. Comencé a vagar por la ciudad de México, montando camiones, sintiendo esa gloria de ser un extraño, un marginado, pero extraño.

Cerca de las 7:30 de la noche, era tiempo de comer algo y comenzar al regresar. Vi un pasillo nutrido de comensales en el mercado de Tacubaya, así que canté algunas canciones. Recuerdo, por ejemplo: Te he prometido, de Leo Dan. Una señora de una de las fondas del mercado me alcanzó cuando me iba. Me preguntó: ¿tú cantaste, m’hijo? Dije que sí. Me dio diez pesos, luego de decir: espérame. Ay, hasta que alguien canta bonito, luego vienen esos cabrones que a cantar que la droga y la marihuana, pinches locos. Sentí como si la CDMX, donde crie, me reclamara, me apapachara, sanara mi soledad.

Toqué algunas canciones frente al puesto de tacos en el que comería. Recibí propinas, algunos aplausos. EL taquero me dijo bien con el pulgar. Comí 5 tacos por 40 pesos. Cierta ganga sin la garantía de ser carne convencionalmente comestible. Como el metro está en reparación, caminé hasta observatorio por media hora. Toqué en unas taquerías en las calles secuestradas por las obras y la extensión de la terminal de camiones. Un guardia de seguridad privada se acercó a decirme: no puedes tocar aquí. Terminé la canción. Luego le dije: estaban asaltando a alguien allá, pero a eso no vas a ir verdad, buey. No dijo nada. En el mostrador, le pregunté a la boletera: ¿ya hay descuentos por la semana santa? Dijo que no. pregunté cuando empezaban y dijo: cuando empieza la semana santa. Luego agregó: ¿descuento de estudiante? Me miró de arriba abajo. El repulsiva la vulgaridad de la discriminación. Dije que no. No dije más. Dijo: para el descuento hay que presentar credenciales vigentes de estudiante. Le dije: soy profesor. Volvió a mirarme de ese modo: dijo: ¿de la SEP? Me enojé. No respondí. Comenzó a darme una larga lista de requisitos como si no fuera creíble que con esa facha pudiera ser licenciado, coordinador de un hospital, un escritor o lo que sea que no pudiera ser por la mirada que me dio. Su mirada fue lo que me frustró. Dije: sé qué tengo que presentar, y saqué mis credenciales de las últimas tres universidades en las que había trabajado, diciendo: puedo presentar esta, o esta, o esta. Se enfadó. Su enfado me dio placer. No siempre se naco es chido porque también sugiere vulgaridad.

Puedo decir que me alejé de Ivy por miedo a perderlo todo. Se lo dije esa tarde en el parque. El caso es que esas tres credenciales tienen vigencia, pero hace medio año que nos las uso, y aunque no necesitaba dinero, ese miedo subsiste.

Tenía unas ganas tremendas de beber una cerveza a las 9 de la noche, arriba del camión, pero estaba sobre todo satisfecho de estar cansado, satisfecho también de no haberlas pensado tanto, así, en plural.

 

Sábado

 

Llegué a casa cerca de la medianoche. Cené. Logré dormir hasta las 4 de la mañana. Debí beber un whisky para no lidiar con el insomnio, pero no lo hice. No lo hice sin ningún tipo de drama o síndrome de abstinencia, solo lo dejé pasar.

Al despertar eran casi la 1. Tenía un mensaje de Paco: no vas a venir, la conectaste. Sugería que había bebido, pero no lo hice. El mensaje me puso de mal humor. Sé no hay ninguna clase de dolo en la broma, pero eso pasa en la cabeza del ansioso porque ya bastante tiene con lidiar con la propia paranoia. Estuve a punto de regresar a la cama, intentar dormir un poco más, quedarme solo otro rato más dentro de mi cuarto, esperando a que todo mejore, pero sentí que era tiempo de cambiar un poco, de aceptar que sí podemos tomarnos las cosas con un poco más de ligereza para estar bien, pues en la primera risa todo habría quedado atrás. Eso pasó. Le dije: tienes una capacidad encabronada para sacarme de quicio. Nos reímos brindando con la primera cerveza de la tarde.

Tenía ganas de prepararle a mi carnal un choripán argentino, de esos que tanto gocé en Buenos Aires. Compré pan, chorizo argentino, y lo necesario para una salsa criolla. Mientras él atizaba la lumbre, yo picaba verduras. Él también ha puesto de su parte para ser atento, y lo valoro. Por ejemplo, me dejó escuchar casi toda la tarde canciones del rock argentino. El sol caía. Las cervezas se habían acabado, así que empezamos con los wiskis mirando el panorama.

Era de noche ya. Era nuestro último trago de whisky. Por supuesto iríamos por más. Pero antes, charlamos largo y profundo. Como le dije a M, solo con ustedes, con la gente que me conoce puedo ser tal cual, hablar de todo sin miramientos ni cautela. Le dije: “es que sabes qué carnal, me devasta notar de todo lo que estamos rodeados, es decir, si un padre no es padre y protege de ese modo tan obsesivo, tal vez no de un modo directo, pero si es que ejerce o somete a una chica porque aunque no pude porque no es tan vil para hacerlo, tomar el papel del poseedor de esa belleza, tal vez porque es una idea incestuosa, sí que debitará que ella viva con libertad porque esa idea tan maquiavélica está presente y no quiere que otro hombre tome el papel del macho en la figura de su hija que sigue siendo su no hija, y de algún modo, en esta sociedad tan viciada, ese es el imaginario colectivo de ellas, con mayores o menores consecuencias que van por la vida depositando su esperanza de libertad en la falsa idea del amor, para ser en verdad o para legar ese poder de sometimiento a otro que jure amarla tan solo por ganar ese trofeo que regala la belleza, esa capital del cuerpo y el culto al cuerpo tan exacerbado por las redes, la prontitud, la adicción que tenemos hoy todos, particularmente en ese país tan azotado por la violencia, de escapar de nuestra realidad, la razón por la que hacemos de cualquier fuente de placer nuestra razón de ser, sea el alcohol, las drogas, el sexo, etc., y cuando lo veo de una y otra forma que se expresa de una forma tan evidente, no puedo más que perder el ánimo, y es eso lo que causa tanta tristeza cuando menos en mí”.

Paramos en una tienda en la carretera. Paco compró una botella más de whisky; a mí se me había acabado el efectivo. Nos sentamos en una mesa. Ahí llegó un boletero de la ruta en la que trabajo tocando la guitarra. Vio nuestra mesa y casi pude adivinar sus sospechas, ¿cómo era que un guitarrista callejero podía darse el lujo de beber whisky, de lucir tan ajeno a esa realidad que él conocía? Detrás de una guitarra en un país en que el arte sugiere marginación, uno pierde toda clase de categoría que suponga dignidad, asueto, goce, sino es a causa de la bohemia del sufrimiento. En cambio, servíamos wiskis y charlábamos porque Paco aludió a un tópico interesantísimo, la división de las generaciones y cómo eso hablaba de su psique y conducta. Él, Baby bommer, y yo, millenial con apenas un par de años de diferencia.

La noche colapsó. Fuimos al negocio de hamburguesas de Ricardo. Terminamos con la segunda botella. Ricardo bebía ron con otro amigo. Hicimos la vaquita. Fuimos a dejar la camioneta de Paco para no exponernos y salimos en su moto por más alcohol y regresar con los otros.

Aunque el pasado merodeaba injurioso, no lo invitamos a la mesa. Dejamos de lado lo malogrado, los mal vivido, lo mal pasado. Y seguimos bebiendo. Nos reímos tanto que el jueves y el viernes juntos eran tan insignificantes. Así llegamos al final de la tercera botella de whisky de la noche. Estábamos ebrios y cansados, solo reconociendo el tenebroso espectro de mencionar algunos nombres, algunos pasajes que frescos, dolían. 3 de la mañana. La moto se quedó en resguardo de Ricardo. Su amigo nos arrojó a la casa de Paco bastante maltrechos. Paco y yo nos dimos un abrazo, nos dijimos que nos queríamos y que, aunque se sentía cierta sombra amenazadora en esa fiesta, el momento era uno y que debíamos aferrarnos a él con firmeza, la firmeza de la renuncia.

Tuve suerte de poder regresar a casa, el whisky por fin había estallado en mis entrañas y no tenía tantas fuerzas ni sentido para mantener la vertical. Aquella bendita sensación que te da voluntad solo para volver a casa y no pensar en nada, ni en los besos, la piel, lo que no será.

 

Domingo

 

Desperté a las 3 de la tarde. Fue suficiente whisky, aún me sentía ebrio. Dormí n poco más. Me paré a las 4. Bebí agua en abundancia. Comí algo. Demasiado. No tenía hambre, pero eso hace la ansiedad. Todo el sábado pasaba por mi mente como feroces ráfagas. A diferencia de muchos, amo los domingos porque amaba trabajar los lunes, pero eso es algo que me ha robado el mercantilismo educativo, aquello que amo, poder hacerlo.

Salí a comprar la despensa, eso que me estabiliza, pero no fue el caso. Miré televisión, cené, pero había algo que no me permitía estar en paz.

Los primeros minutos del lunes. La película en le tele no logró hacer nada por mí de no se yo el que estuviera en pantalla, poder ser yo quien confiesa su malestar con un tuit y que la gente piense que eso es hacer arte, arrojarse al sufrimiento para renacer en las palabras como estas.

El algoritmo de TikTok es ruin, despiadado, me puso en la pantalla la canción de Sanz: Aquello que me diste. La canción que cuenta mi historia al lado de Ivy. Ella la hizo nuestra porque sin que yo se lo dijera, la escuchaba cuando sospechaba que todo se iría al carajo inevitablemente, cuando la ansiedad era tan tangible viendo hoy como ha seguido con su vida y yo me quedé con la devastación de la realidad, de esas realidades tan tangibles y predecibles.

Ella, recién expulsada de la adolescencia, aguardaba con cautela hasta altas horas de la noche. Lo recuerdo perfecto, pasaba por el banco en que M, a quien entonces no conocía, es gerente. M, llegaría a limpiar el desorden que causó P, cuando me dejé llevar por ella tratando de olvidar a Ivy. Eran cerca de las 11 de la noche, cargaba mi guitarra en medio de la noche, a solas, e Ivy me preguntó si era que me gustaba tanto como dije mi soledad, pero más importante que eso, me preguntó: ¿cree en el amor?

Fue esa la única pregunta que eludí, que no respondí.

Ese fue el final del falso simulacro de rehabilitación. Episódicamente he desarrollado cierta fobia por escuchar las canciones de Sanz. No solo es Ivy con Aquello que me diste. Era P, que me había dicho indirectamente, esta es tu canción, hablando de ¿Y si fuera ella? De M. y yo escuchando Siempre es de noche la primera vez que hicimos el amor a mi regreso de Argentina.

2 y media de la madrugada, merodeando las calles, caminando mientras fumaba, Aquello que me diste, rumiaba en mi mente. Recordé aquella tarde nublada, caminando por la calle, con el derecho clandestino de ocupar su mano en que me dijo: nos imagino a los dos dando clases, cuando me dijo, me gustaría mucho sentarme ahí, ver cómo escribe, cuando me dijo, quise ir a su casa para saber cómo estaba, cuando  me dijo, esperaré tres semanas más, esperaré un año si es preciso para que pueda amarme, estar conmigo, cuando fuimos a comer tacos de carnitas y me dijo, como como loca, pero tiene que quererme así, y me contó que soñó que yo la llevaba a un museo y le enseñaba o le contaba todas esas cosas que solo parecían ser tan importantes para mí, las cosas que quería entender para que yo la quisiera, sin saber que desde ya la quería, todo en ráfagas, en siniestros brochazos de realidad en que cuando tuve que estar consciente, dejarme llevar por el momento, mi mente estaba en el futuro, pensando que yo no podía arruinarle la vida de ese modo, porque como pasa con los contratos a largo plazo, el amor, la paternidad, el éxito, pienso primero en la debacle, en la tragedia, en mi inestabilidad y la culpa que produce mimetizar esta tristeza infinita a quien por ese amor se acerque a mí y jure que estará a pesar de todo, a mi lado.

La respuesta es esta, por supuesto que creo en el amor, pero como toda cosa que no es tangible, me aterra tal vez porque yo me enamoro para siempre. Vivo en esos momentos que la enfermedad me roba, vivo en el pasado porque eso nos ayuda a seguir adelante, habito la frustración de ver que el resto sigue mientras me cuestiono dentro de las memorias porque todos necesitan un contrato, porque el amor en su pura expresión no puede ser esas tribulaciones que terminan por marginarnos, y que convierte a todo solo en dichos, en promesas, en falsas ilusiones. Quien ama desde la soledad tiene la etiología del compromiso real, apostar y fallar y volver a hacerlo sin importar que sepa que no queda mas que fracaso. Vivimos, so pena de saberlo, en realidades causales, esperar siempre algo a cambio.

4 de la mañana, entendiendo que fui feliz sin saberlo, sin esperarlo, sin disfrutar de nada porque el futuro era y será siempre tan amenazador, y es mejor el sábado y no el jueves, el viernes antes del sábado, y no el domingo, que olvidó al sábado.

Encendí mi tercer cigarro de vuelta a casa, y solo quedaba lidiar con la cama, las vueltas en el colchón sabiendo que sigo de este modo, echando de menos todos los abordajes de mi corazón, y que nada de esto escrito, significa nada, porque como dijo Rimbaud, el arte es inútil, que no tenemos un París y su torre ni el Obelisco con un beso enamorado en sus faldas, sino la soledad la insignificancia de sentir envenenada mente y nadie para, nadie se baja del mundo y dice, estoy aquí, porque vivimos tapando hoyos con momentos, vacíos con supuestos amores y placeres, terribles noches de ausencia, con el pasado, el único lugar que ofrece calma, porque ahí, en la nobleza de un corazón sin calma, ahí es que se quiere y es lo único que ofrece evidencia de honestidad.

Cuando lo entiendes, esta ciudad es tan chica, más chica que un cuarto, más corta que 24 horas, más improbable que seguir o aceptar. El amar para siempre, porque amar, es desear, añorar, saber que no pasará. Perseguir la esperanza. La llama de la pasión. Arrojar estas palabras como una moneda a un foso sin final.

 

Lunes

 

6 de la mañana. Punto final. Desayunando un whisky, consumiendo las rutinas tan insuficientes de ellas en el humo del cigarro, para llegar al martes perdido, crudo, tener suerte de ver el  miércoles avisando que el jueves es una realidad.

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