Un dolor real
A
veces, textos de este tipo me provocan la impresión de arrojar una botella al
mar con un mensaje que al ser hallado habrá dejado de ser urgente. Creo que eso
ya lo he dicho en algún otro texto. Creo que eso no es importante ahora. Quien
arroja esa botella al mar no lo hace por la urgencia del mensaje sino por la
urgencia de comunicar eso que la misiva lleva en las entrañas.
Es
eso o es que las palabras también surten un efecto analgésico, como beber,
fumar, tener sexo, escuchar canciones, visitar a un amigo, comprar ropa nueva o
cambiar de look.
Hay
una escena de la película A real pain, de Jessie Eisenberg, que da vueltas en
mi cabeza todo el tiempo desde que la vi. La anécdota que detona la cinta es
simple, un road trip de dos primos que buscan resignificar sus raíces judías
y para ello toman un viaje guiado por los lugares más representativos del holocausto.
Dos primos de personalidades distintas. ‘David’ (Jessie Eisenberg) es apocado y
nervioso con una compulsión por el orden, mientras que ‘Benji’ es extravagante,
hilarante, estridente e impulsivo. Además, consume drogas y bebe en exceso. El
conflicto radica en el choque de sus personalidades opuestas.
Cuando
avanza la película nos damos cuenta que la personalidad estridente de ‘Benji’
es una máscara para esconder sus múltiples crisis depresivas, sobredosis e
intentos de suicidio.
Jessie
Eisenberg tuvo una nominación al Oscar por el guion de su película y la escena
de la que habla lo justifica totalmente. No importa la anécdota sino la
atención al detalle de momentos que definen los signos y crisis de quien padece
una enfermedad mental, y queda de manifiesto en la escena final que es de una
potencia increíble, aunque aparentemente no sucede nada. Como un búfalo
mascando hierba que al mirar al lente de la cámara plácidamente, sabes que es
sumamente peligrosa la cercanía pues puede matar lo que le plazca si lo
deseara.
La
escena de la que hablo es la escena final de la película. Luego de que ‘Benji’ se
desprende del personaje y hace evidente sus numerosas crisis y amenazas de
suicidio, eso, con forme avanza la película, los une.
Al
final, llegan a Estados Unidos y se despiden en el aeropuerto. ‘David’ le dice:
deberías ir a la casa a cenar, y el dice que sí. Entonces, para ‘Benji’ el
simulacro de felicidad y armonía se termina cuando ‘David’ se va. La sala está
bañada con una cortina cobriza provocada por el sol y se escucha el bullicio de
la gente emocionada por tomar sus vuelos, pero el rictus de dolor en el rostro
de ‘Benji’ es poderoso, expresa que, en ese momento, sin aviso, sin desearlo,
una nueva crisis ha llegado porque se siente vacío y ahora se siente obligado a
respetar eso que dijo con forme la cinta transcurría, que estaba mejor, que
comenzaba a sanar. Y está solo, se puede sentir la terrible sensación de
abandono y orfandad en su expresión facial.
Kieran
Culkin ganó el Oscar a mejor actor en la pasada entrega del Oscar y esa escena
final lo vale completamente. Solo quien ha pasado por una crisis de esa
magnitud puede entender el terror que te abrasa porque todo el mundo en
adelante te parece tedioso y desolador. Ahí es que aparece el nombre de la película
para terminarla: un dolor real. Ese que se vive a solas y del cual aún no hay
idioma suficiente para describirlo, y al cual, Jessie Eisenberg, se acercó
magistralmente.
Creo
que comencé a sentirme abandonado la noche del 10 de octubre, después del
concierto de Alejandro Sanz en el Auditorio Nacional. Fui a ese concierto
porque me he hallado a lo largo de mi vida como un fan no declarado del español
sino hasta los últimos tres años de mi vida, en que sus canciones aparecieron
como pines en una pared que detalla la escena del crimen y la estrategia para
atrapar al criminal, en mis recientes episodios dolorosos de vida. La muerte de
mi abuela y por supuesto, relaciones fallidas.
Pensando
en la escena final de A real pain y la botella arrojada al mar es inevitable
pensar también en el tuit que Sanz posteó hace algunos años anunciando que la
estaba pasando mal y cuyo objetivo, lo dilucido así, era ese, solo comunicar
que estaba mal, que no se sentía bien porque de tragarse esa tristeza una vez
más, eso lo hubiera arruinado definitivamente.
He
escrito una novela al respecto, en el cómo en una suerte metafísica, la poética
de Sanz se hizo para mí en un pergamino que describía a la perfección cada
episodio por el que transitaba. Hace falta una crónica de lo que pasó en ese
concierto; no tuvo el influjo que hubiera creído porque cada una de las
canciones las saboreé a solas, y a solas, lo mismo que me hundieron, me hicieron
creer eso que el arte promete, que incluso en lo terrible puede existir la
belleza si es que se pasa por la criba del arte.
Como
con las canciones, me previne una botella de vodka para mi regreso al Airbnb,
pero la devastación no era tanta, si acaso unas cuantas nostalgias que de todos
modos me dejaron disfrutar mis tragos hasta que me terminé la botella y me
quedé dormido.
Mi
dolor real llegó hace unas horas, con la madrugada del 12 de octubre.
Mi
mejor amigo me dijo en una noche de whisky que Pisando fuerte era la canción que
narraba perfectamente mi romance con S. Era cierto, y en el otro polo, cuando
todo se terminó, Aquello que me diste, era nuestro final maldito. Me alejé de
S. a finales de marzo. Para mayo había conocido a M. Nos enamoramos durante
cinco meses y a mi vuelta de Argentina por fin consumamos los deseos. Tendidos
sobre la cama puse Siempre es de noche. La canción habla de eso, de quien pierde
la esperanza de volver a enamorarse y de pronto se halla absorto porque alguien
nuevo a llegado, irrumpe y declara terreno ganado dentro de tu corazón. Y bueno,
sí, la segunda parte habla de la clandestinidad de esa relación, pero la forma
en que de algún modo mi cerebro me bloqueó esa segunda parte de la canción
desde mi paso por Argentina hasta que los vi juntos en una parada de taxi, está
en esa novela que yace en los documentos de mi laptop.
Ir
al concierto de Sanz me permitió reconciliarme con ciertas emociones y vicios,
por ejemplo, volver a escuchar a Alejandro y saber que ya no me mandaría a la
mierda con sus letras. Y eso hice la madrugada del domingo. Entonces lo
recordé: 12 de octubre. Cumpleaños de S. En uno de sus dulces berrinches, bebiendo
un par de cervezas en el 2 de abril, ella se enojó cuando al decirme: bueno,
por lo menos ese día soy la única especial para ti, y yo, que no me sé quedar
callado, le dije: te vas a enojar. Otra de mis ex parejas cumple años ese mismo
día. Lo dije solo porque no me sabe bien mentir por ridículo que parezca. Pero de
inmediato recordé: 12 de octubre. Esa tarde, M. me invitó a beber cervezas en
su camioneta. Las nostalgias me arrojaron a la computadora para escribir un
poema. Un mal poema, debo decir. Paradójicamente ese mismo 12 de octubre fue la
última noche que hice el amor con M de esa única forma que se le puede hacer el
amor a alguien. En adelante todo se nos desbarató a propósito de “es tarde y
tienes que dormir… solo fui un testigo por casualidad”.
¿Qué
posibilidades hay de comprar un boleto al concierto de Sanz y que de entre miles
de butacas te toque una al lado de una mujer que tuvo que ir también sola al
concierto? Eso me pasó. Intercambiamos un par de palabras, por ejemplo, cuando
le pregunté, porque llegué tarde, si Alejandro hacía mucho que había salido al
escenario. Dos canciones, me dijo y nos dejamos vibrar con el concierto
escuchando los murmullos del uno y del otro. Ella volvió a hablarme cuando
salió Bisbal y me dijo: es muy bajito, ¿verdad? Dije que sí.
Volvimos
a hablar cuando le pregunté: ¿por qué canciones vienes? Dijo: todas. Dije: elige
una. Dijo: Pisando fuerte. Frío. Sentí frío. ¿Tú?, preguntó. Dije: tres.
Aquello que me diste, ¿Y si fuera ella? y Siempre es de noche. Uy, muy buenas,
dijo. Cada una con una historia.
¿Y
si fuera ella? me la dedicó P, y solo lo pude recordar cuando salí a vagar en
una noche de lluvia por Buenos Aires. Otra vez, al mismo tiempo en que las
canciones de Sanz aparecían, mi cerebro las bloqueaba para protegerme del
derrumbe. Sanz invitó a cantar a Paty Cantú ¿Y si fuera ella? y, aunque no lo
dije, ¿qué posibilidad hay de que esa doctora sea de Lerma, el mismo municipio
de quien me dedicó aquella canción cuando en el respiro del publico le pregunté
de dónde era?
Salimos
del concierto. La acompañé a recoger su auto y al filo del estacionamiento me
dijo: dame tu número. Insisto mucho en este texto, pero de buena gana, fui
sincero: ¿podrías creer que hace un año que no uso WhatsApp porque gran parte
del trauma que desarrollé fue por mensajes en que una novela apropósito de Sanz
se gestó ahí? No pareció importarle mucho o entenderlo. A un cuarto de que la
botella de vodka se terminara recibí un mensaje de texto por SMS de ella:
instala WhatsApp y mándame las fotos del concierto por fa. No respondí.
Me
siento triste de que esas relaciones hayan terminado, pero orgulloso del modo
en que sucedió aquello. Es decir, como hombre he logrado comprender el hartazgo
de ellas, con todos los neologismos sociales que buscan la deconstrucción de un
hombre tan solo señalando las prácticas de sometimiento, persecución y posesión
que se expresan en el grueso de las relaciones. Las llamadas a horas imprudentes,
las serenatas en autos que irrumpen la tranquilidad de la cuadra completa y los
mensajes intempestivos que arruinan la estabilidad del otro solo por la
caprichosa necesidad de expresar el dolor y cierta inseguridad. Eso en el
terreno de lo sano, porque no merecen mención las prácticas criminales que
tienen los índices tan altos de violencia de género en este país.
Del
otro lado del muro que se levanta cuando una relación se termina, como dicen
los tanatólogos, quedamos nosotros. Una muerte declarada mentalmente, contacto
cero y el dolor real que eso acarrea porque tal vez fue solo tu cabeza enferma la
que no pudo decir: paciencia. Necesito paciencia.
En
esa charla de tragos le dije con suma honestidad a mi mejor amigo, me he
preguntado tantas veces hasta qué punto, ya sea por los apegos y sus derivados,
he dejado la idea en ellas de jamás poder mandar un mensaje casual de “te
extraño”, “he pensado en ti”, “espero que estés bien”, eso que paradójicamente alimenta
esas folclóricas y onanistas historias de plastilina que terminan en tragedia por
estos lares tan inhóspitos para la civilidad.
Es
difícil, como lo manifestó Sanz en tu tuit, convivir, sobrellevar o mantener
una relación para quienes padecen de algún trastorno mental. Tan solo la
mención de cierta vulnerabilidad mental te incapacita a los ojos del mundo. En
ese sentido, creo que Alejandro fue tremendamente valiente al postear —creo que
se notó la noche del concierto, lo señaló la doctora—, sus hoy recurrentes
episodios que mecanizan sus salidas a la escena y que solo, creo, por la
naturaleza del performance, se dejó avisar cuando tocó ¿Lo ves? al piano
improvisando incluso a causa del dolor.
12
de octubre. Mi relación con S. no se terminó porque le dijera que compartía
fecha de cumpleaños con un antiguo amor. Se terminó porque teníamos en todo lo
que es Pisando fuerte, expectativas de vida muy distintas. Por otro lado, sé que
M. no recordó ni por asomo que un año atrás fue el último día en que nos amamos
en los asientos traseros de su camioneta. Porque eso terminó cuando comencé a
hacerle notar que no estaba dispuesto a competir con nadie y no la compartiría
porque eso era el funesto espectro de la prohibitiva y violenta sociedad que la
arrojó a mis brazos.
A real pain, un concierto de Sanz, una botella arrojada al mar con un mensaje, los tuis de Alejandro, este texto. La irremediable sensación de la soledad que provoca pensar en esas historias y convertirte en polvo con el paso de los años. El silencio de sostener la copa de whisky en la mano, caldear la impresión de que has sido solo un tal vez en los recuerdos de tantas personas, gritar en los recovecos de tu pecho sin que nadie escuche, pero sobre todo sin derecho a nada ni consideración alguna. Gritar silentemente a solas mientras una canción suena. Bogar en la orfandad de tus emociones cuando el tiempo trascurre en la felicidad de los ojos del mundo en que te quedas atrapado en instantes cuyas protagonistas ignoran cuan inmenso es el mar.

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