Que gane Argentina
Leí hace unas semanas Cuchillo, de Salman Rushdie. Es un libro en que el escritor relata todo lo acontecido luego de que un fanático religioso intentó asesinarlo en Pittsburg. Paradójicamente durante una charla en un refugio para artistas cuya labor ha puesto bajo amenaza su vida.
La obra de Salman
ha sido controversial porque en ella critica la religión de su país, de ahí que
el Ayatola amenazara con cuartar su vida hasta casi conseguirlo en el 2022.
Había intentado leer un libro de fantasía de Salman, pero no me atrapó. Cuando eso pasa pocas veces lo intento de nuevo con ese escritor.
Sin embargo, al leer la síntesis de Cuchillo en la librería no lo dudé y lo
compré.
Su agresor le
atestó más de 30 puñaladas, la más escandalosa en el ojo derecho, el cual
perdió. No obstante, el libro es ameno y está lleno de humor. Compara su ojo
perdido con la icónica imagen de Méliès.
No aborda
demasiado la postura radical de su agresor, pero usa la fantasía para simular
una charla entre los dos. Es tan eficaz que puedes confundirte en sí las
palabras del fanático religioso son verídicas. Aún así se palpa la resistencia
del personaje ficticio a pensar de forma distinta. Usa un recurso inteligente,
hacer notar que su agresor no leyó más de una página del libro que lo orilló a
odiarlo tanto al punto de atentar contra su vida.
Durante el último
año de su convalecencia el escritor se toma un respiro para contar cómo
disfrutó del campeonato del mundo para Argentina, señalando a Messi como el
artífice de esa hazaña. Celebra el campeonato de la albiceleste en el libro en
un párrafo breve.
Hablo de Rushdie —su capacidad de “convertir la violencia en arte” como lo escribe él— y el párrafo que le dedica al campeonato de Argentina porque hoy me parece atosigante el nivel al que ha llegado el radicalismo en el mundo al punto de manchar el futbol.
En la psicología
hoy comienza a hablarse cada vez más de la rigidez cognitiva, aquella
resistencia a aceptar ideas complejas o puntos de vista distintos, lo cual
recala en ideas radicales que como en el caso de Rushdie llevan al sujeto a
creer que tiene el derecho de impedir que siga viviendo y con ello, expresarse
con libertad.
Sin importar si
son ciertas o falsas las teorías de conspiración en que se acusa que el mundial
actual está amañado a favor de Argentina, no hay excusa que justifique la
violencia vertida en redes en contra ya no de un equipo de futbol sino de lo
que argentino signifique ser. Pero tampoco está demás señalar que la conspiranoia
es una infección recurrente en muchos otros ámbitos. Quien decide aferrarse a
especulaciones lo hace porque eso es mucho más simple que pensar con sentido crítico.
Que esa forma tan ligera de pensamiento rellena al mismo tiempo cierto vacío
existencial.
La idea me vino a
la cabeza desde el primer partido de Argentina en el mundial y se intensificó
de cara a la semifinal contra Inglaterra. En redes todos estaban convencidos de
que el penal en contra de Francia en el partido contra España era parte de esa
conspiración. El hecho resulta bastante idiota ante la flagrancia de la falta,
y sin embargo la ausencia de argumentos lógicos recala en esa incapacidad de
percibir la realidad basado en los prejuicios descritos.
Parece que hoy,
casi como preferir hamburguesas en lugar de tacos, desear que Argentina gane un
solo partido atenta contra la identidad de una nación. Y si bien, escándalos
recientes de argentinos en México cometiendo infracciones clasistas y raciales
no ayudan, generalizar no es sano, es lo mismo a asumir que porque en este país
la delincuencia nos tiene sometidos, todos los que vivimos acá somos del mismo
tipo.
Pienso en mi
propia experiencia con argentinos. Ayer por la noche me encontré con un video
de un boliviano cuyo título decía: Recorriendo Buenos Aires de noche. Me hizo
pensar en mi propia experiencia caminando de noche por Argentina. Aquella vez
yo mismo me dejé llevar por los prejuicios, aunque puede que por otro lado sea
la paranoia natural ante lo desconocido. En mi primer día fui al Centro
cultural Borges a una charla de literatura comparada. Al salir, antes de
regresar al Airbnb, tenía ganas de beber algo. Al no saber, pregunté. Fue un
guitarrista quien me dio norte. Al notar mi acento preguntó: ¿de México? Dije
que sí. Sonrió. En la vinatería pasó lo mismo. Mexicano, dije. Y la sonrisa se
replicó. Creo que son conscientes de la enemistad entre ambos países y, sin
embargo, lejos de una mala cara, decidían tomárselo con humor.
Mi habitación
estaba a una cuadra del Obelisco, de ese modo podía recorrer cada uno de los
puntos importantes de la capital a pie o en el Subte. Palermo, Puerto Madero,
La plaza de mayo, San Telmo, el estadio de Ferro, La boca, el parque nacional,
las pizzas Guerín, asador Peña, los bodegones de comida, el museo de Borges, la
biblioteca nacional, a donde fuera tenía que pedir indicaciones y siempre me
dejó sorprendido la disposición tanto de los transeúntes como de los policías
para tomarse el tiempo no solo de darme norte sino de que lo entendiera
puntualmente. Todos y cada uno de ellos dejaba lo que estaban haciendo, y si no
sabían, tomaban el teléfono y buscaban el punto al que quería llegar para
guiarme. Y hay un gesto que me encantaba, cuando daba las gracias, en lugar de
responder “de nada” como lo hacemos nosotros, ellos dicen: “no gracias” o “no
por favor”. Es como si agradecieran la confianza.
Cuando entraba a
los Carrefour, antes de cobrar o pedir la orden siempre, siempre, decían hola,
preguntaban cómo iban las cosas. Me hizo pensar en lo poco acostumbrados que estamos
en saludar a desconocidos, ser cordiales sin importar que nos caracterizamos en
México por ser cálidos.
En Lavalle, una
mujer mayor me detuvo y me dijo: uy, qué linda tu camiseta. Era una camiseta de
un gallo con tenis. Le di las gracias, cuando reconoció mi acento y le dije que
era mexicano me dijo: disfruta la ciudad.
A una semana me
sentía cómodo sabía para donde caminar, por eso esa noche fui a Puerto madero.
El muelle estaba lleno de modelos en sesiones de fotos. Ahí tomé el teléfono y
le dije a mi entonces pareja: oye, me acabo de dar cuenta de que estoy en la
capital y tal vez mi opinión sea sesgada, que en la periferia no es así de
amable el trato, pero al día siguiente fui al barrio de la boca. Un vecino me
paró cuando notó que llevaba el teléfono y me dijo: cuidado con el teléfono, y
me hizo entender en dónde estaba, en uno de los barrios más peligrosos. No pasó
nada. En Caminito, un vendedor de calcetines me detuvo: mira qué capo, qué
buenos lentes (hablaba de mis lentes rosas) mira, aposhame, es para alimentar a
los chicos. Al notar mi acento se emocionó, preguntó: ¿mexicano? Dijo: uy,
chingón, a toda madre, chinga tu madre. Fue la primera mentada amable que he
escuchado porque solo reproducía el folclor de nuestro país, la fonética de
nuestras palabras. Y me hizo reír. Y luego me ofreció mota, pero solo compré
los calcetines.
Aquella noche
entendí porque le llamaban Buenos Aires a Buenos Aires. Llovía y el viento
parecía ser capaz de desprender los muros del suelo. Estaba escuchando en los
audífonos una canción de Sanz y supongo que mi fas deslució por la melancolía
porque un argentino que arrastraba una maleta se acercó y me preguntó: ¿estás
bien? Me tomó por sorpresa. Dije, ah chingá, en mi mente. Dije que sí. Acto
seguido me preguntó si me podía dar un abrazo, ante lo cual, creo que mucho más
por la presión de sus amigos que lo miraban a él, dije que sí. Me dijo: todo va
a estar bien y se fue, cantando con sus amigos. Al mirar atrás, alzó el pulgar
y me decía adiós. El gesto me pareció tan humano, por los motivos que lo hayan
hecho hacerlo, que los ojos se me bordearon de lágrimas.
Caminaba por
Corrientes cada noche como dice la canción de Fito, entraba al Carrefour,
miraba al cajero, un platinado de ojos azules pensando, en México este cabrón
estaría haciendo telenovelas y no cobrando insumos, pero ese hombre estaba
emocionado porque se iba franco y el otro, un hombre mayor le decía: estás
feliz, mañana te vas franco, a disfrutar de los chicos, ¿no?, y se despedían
diciendo, dale. Buenísimo. Luego un vago en la calle me pedía alimento, le di
la bolsa entera de papas con jamón serrano que acababa de comprar. Contrastes
significativos, pensé.
Tuve un solo
incidente con un argentino: un taxista que inicialmente me cobraría 30 mil por
mi pasaje al aeropuerto, pero al notar que llevaba dólares quiso cobrarme el
doble. Me bajó en el tráfico, le menté la madre a su modo: concha tu madre hijo
de puta. Al verme con las maletas sobre la calle, Oscar se estacionó: ¿te bajó?
Dije que sí. ¿Cuánto te cobra? 30 mil, es todo lo que traigo en pesos
argentinos. Dale, te shevo, dijo. estaba sobre la hora, le pedí permiso para
fumar y me dijo: dale. Dijo: voy para asha por 40 mil, pero te shevo para que
no pierdas tu vuelo. Nos tocó la desgracia de un accidente en la carretera que
conecta con el Ezeiza, por eso, resignado, pude platicar con él. Cuando le dije
que si no llegaba al vuelo reponerlo me costaba 15 mil pesos mexicanos,
exclamó: caray, ¿sabes lo que sho haría con esa plata? El millón que ganaba al
mes solo le alcanzaba para pagar la cuenta del taxi, la comida y la escuela de
los chicos. Eso me hizo ruido, y cuando quise saber si la educación no era
gratuita en Argentina me contó que sí, pero que tenía a dos de ellos en
escuelas privadas para que se prepararan mejor. El pinche corazón se me hizo
cachos, era encomiable que sobre todo un hombre así de joven tuviera esas
prioridades en medio de una crisis nacional tan ruda. Aún así, cuando hablamos
de futbol estuvo de acuerdo en eso que escuché en redes: que ellos preferían
ganar un mundial a mejorar económicamente, y solo ahí, con su trato, lo pude
dimensionar.
Cuando nos
libramos del accidente, aceleró, dijo: espero que shegues. Unos kilómetros más
tarde, se disculpó de la nada, dijo: disculpáme, no puedo ir más rápido, el
carro no da. Pero la aguja no se había acostado, supe que eso tenía que ver
solo con su sentido de responsabilidad, y en ese instante, aunque no pensaba
echárselo en cara, pensé en los taxistas de México que acuestan la aguja en la
carretera a Toluca con los Tsurus que se sacuden como si estuvieran a punto de
entrar en otra dimensión.
Llevaba solo poco
efectivo argentino porque ya me iba, y aunque fue un placer conocerlo y pudiera
ser empático con su situación, no le iba a dar uno de los billetes de cien
dólares que me quedaban en la cartera. Merodeando el aeropuerto y luego de
darle los 32 mil pesos que llevaba, recordé que tenía dos billetes más de un
dólar que un comensal me dio en San Luis en una tocada. Dije: de algo servirá,
y al dárselo, le dije: este me lo gané cantando. Lo guardó, y dijo: no, este
será el de la suerte, capo. Al abrirme la cajuela y darme mis maletas me dijo:
suerte, corre, espero que shegues, si vuelves, me buscas. Un gusto. Nos dimos
un abrazo y me eché a correr.
Fui a Argentina
por Fito, por Cortázar, por Messi, por Charly, por los asados, por la fiebre
del mundial, porque en ese mismo mundial que menciona Rushdie, en los festejos,
por la gente volcada en la calle, recobré el amor por el futbol luego de muchos
años de no sentarme a ver un partido. Porque gocé ese triunfo de Messi, lo que
hace en la cancha es cercano al arte. Lo vi crecer en el Barcelona, el equipo
que sigo por Rivaldo, Márquez, Ronaldinho. Mafalda tiene un aire abandonado que
enternece, y la película El ciudadano ilustre me tocó fibras sensibles desde el
2018. Lo mismo que me he hecho respetar las palabras de Borges al decir que el
futbol es el opio de los idiotas. Quiero que gane Argentina, pero no quiero
dejar de ser mexicano. Quiero volver a Argentina porque su cielo es hermoso,
pero sobre todo porque me trataron muy bien por allá. La intolerancia a lo
distinto es condenable, pasamos por alto que ya hemos cometido crímenes de ese
tipo que causaron desgracias humanas cuyas cicatrices aún no cierran y tal vez
nunca lo hagan.




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