Largo carrusel mental violento
Buscador de Google: Alfredo Manussi. Los resultados de la búsqueda arrojan fotografías de hombres en traje, ejecutivos, abogados tal vez; perfiles de LinkedIn. Intento otra vez: Escritor Alfredo Manussi. Ahora el buscador sugiere: ¿Alfredo Manucci? No existe un Alfredo Manussi cuya obra sea tan conocida como para aparecer en Google ni mucho menos en la novela de Naief Yehya.
Qué
forma tan extravagante de iniciar un texto, ¿cierto? Lo entiendo. Sin embargo,
no desistiré porque mi intención es acercarme precisamente al arrebatado pensamiento
de una mente ansiosa a las tres de la mañana. Aquella forma de estratificar la
realidad que se convierte en un carrusel mental violento del que es complicadísimo
bajarse.
Creo
que todo empezó al martes pasado. Trabajé el fin de semana tocando la guitarra
como lo hago desde hace algunos años. Así, los lunes por la mañana los pies me
duelen horrores y me doy un descanso. Pero tenía un nuevo trabajo en puerta y a
sabiendas del estrés mental que esto me causa, decidí seguir trabajando de
corrido para distraer mi mente. El martes, tomé el taxi. Aprovecho los viajes
para leer, y cuando mis ojos comienzan a cerrarse, lo hago, duermo un poco hasta
despertar a unas cuadras de la parada. Pero no esta vez, seguí y seguí leyendo
a Naief Yehya hasta que una rola me alejó de las hojas: Mi soledad y yo, de
Sanz.
Miraba
el cielo. Me he tomado el tiempo en otras ocasiones de contar porque Sanz me
parece un artista sublime. Pero el video de esa canción es fuertemente
evocador: una modelo estilizada, con casquete corto carga una guitarra en el
desierto. Pide raide y llega a la ciudad durante una lluvia torrencial.
Evoca a esa nostalgia que no se sabe que se vive en el presente, a todo aquello
que sin saberlo se quedará en nuestra mente para no irse jamás. En eso pensaba
mirando por la ventana del auto, en el pasado, en lo mucho que creí difícil llegar
a ese punto y lo delicioso que me resultaba pensar en las cosas que perdí sin
que eso me deprimiera.
Mi
aprensión me hizo decirme: trabaja todo lo que puedas, agota el día todo lo
necesario para estar muy cansado y dormir bien. Pero cerca de las 10, se soltó
un aguacero en que me rendí, tomé mi camión y volví a casa. Cené ligero, luego
salí a fumar un cigarro y de pronto ahí estaba el bostezo largo y profundo. Me
dio tranquilidad creyendo que dormiría a mis anchas. Mi yo del pasado me
hubiera dicho: iluso, y se hubiera reído.
Al
día siguiente tenía una junta para firmar mi contrato. Siempre que es “mi primer
día” me cuesta mucho trabajo dormir. Dos horas más tarde vagaba en mis sueños:
era un policía que merodeaba la zona, una zona que había recorrido con mi
guitarra a cuestas y tocando puertas, avisaba: andaré por aquí en los próximos días.
Súbitamente abrí los ojos, hiperventilaba. Intenté volver a dormir, pero me fue
inútil. Entonces la tengo clara, forzar el sueño es lo peor que puedes hacer.
Mi junta era las 9 y eran las 3 de la mañana. Por mi cuerpo corría un poderoso
río de adrenalina. Sin perder tiempo tomé un vaso de agua y me fui a la sala a
leer el libro que estaba cerca de terminar: Las cenizas y las cosas, de Naief
Yehya.
Terminé
el libro cerca de las 5 de la mañana. Me di cuenta de que Yehya creó a Alfredo
Manussi para burlarse de una escritora que sí existe: Danielle Steel, novelista
de romances cuyos libros casi en su totalidad son Best Seller. Le pregunté a mi
mente: ¿listo para dormir por lo menos dos horitas, cabrona? Dijo que no. Me
puse a repasar: no era el estrés de que en mi primera entrega de agendas académicas
proponía un cambio en la currícula porque la materia que me habían asignado:
programación neurolingüística no tiene sustento científico. No, no era eso.
había mandado un correo oportunamente dos días antes sin tener reacción adversa
a ello. Entonces me puse a jugar con la IA. Decía que debía cansarme para
dormir: dije, sí, lo sé, eso hice. Hablaba del sistema simpático, arrojando
chorros de Cortisol a mi mente para mantenerme alerta ante una posible amenaza.
Lo sé, pensé: Mariana Rojo, en su charla para BBVA dice que el cortisol se
dispara incluso con pequeños eventos cotidianos como la música alta, los
gritos, o las tareas repetitivas obsesivas —algo así—. Y me reclamé mentalmente:
eso hice, caray, y aquí estoy, con los ojos pelones como platos. Me sugirió una
técnica que ignoraba: respiración 4-7-8. No funcionó.
Más
tarde me enojé con la IA: otro de sus tips era: ponte a leer con luz tenue o
haz algo aburrido. Me indigné mirando mi lámpara de lectura: había terminado
una buena novela sin que eso me hiciera dormir en ese momento en que se supone
debía hacerlo. Pensé que, en efecto, lo que tenemos hoy día es un metabuscador
de información ya existente, y en este caso, sesgada, porque, ¿a quién diablos
o bajo que parámetros la lectura es algo aburrido?
En
el librero tenía otro libro nuevo que compré en el remate de libros en el monumento
a la revolución en CDMX: La santa de San Luis. Pero apenas en la primera página
mi mente me dijo: mejor date un baño y en lugar de tomar el taxi, vete en
camión y con la media hora extra que se tarda, intenta dormir ahí un poco.
Dije: sí, me parece buena idea. Pero en adelante todo se arruinó.
Bueno,
se arruinó entre comillas, quiero decir. Había puesto en mi teléfono una de
esas sesiones de música live en TikTok de los 80 para leer. Pero el teléfono tenía
ya solo 40% de batería. Lo puse a cargar. En su lugar saqué del librero mi
viejo teléfono que a estas alturas ya solo tiene Spotify instalado. La última
play list que había escuchado era Viejitas de Sanz. Le di play. Adecentándome la
barba sonaba: El sol no regresa. Luego, Viviendo de prisa, el Duelo, Toca para
mí, Te echo de menos, y finalmente, La margarita dijo no. Tomé mis cosas, pero
sabía que ya no podría dejar de escuchar a Sanz en adelante. Sobre el camión,
el sol brillaba. Mis ojos estaban cansados, y justo en el mismo punto en que
escuché Mi soledad y yo, el martes, ahí mismo volvió a sonar. Me dediqué a
escuchar sus rolas, a contemplarlas junto a los montes, serenamente hasta que la
señal muteó el reproductor. Cerré los ojos. Nada. Me puse a leer entonces sí:
la Santa de San Luis. Qué bellísimo artificio literario el de David Ojeda, pensaba
mientras leía. Por mi madre, leer esa historia en su tierra: San Luis, me abrigaba,
me mantenía despierto.
Llevo
31 páginas del libro del finado David Ojeda. Su propuesta es un interesante
cambio de óptica a través de su encuentro con un sacerdote potosino con
refinados gustos por la poesía, y mejor aún, con un notable talento para escribirla.
Hablan de una mujer en vías de canonización y por ella habla de la esencia del potosinismo.
Esa acepción y los versos mortuorios del sacerdote en el libro me hicieron
pensar que retrocedía en el tiempo, que mi visión se avejentaba y de pronto
miraba mi vida pasar por una cámara sepia en que todo lo hecho no valía nada. ¿Me
estaba deprimiendo cuando la emoción de un nuevo trabajo me había mantenido
despierto desde las 3? ¿Cómo era eso posible? Las sombras de los árboles sobre
el libro tenían un tono distinto, enfermizo. Tomé una foto. Entonces o entendí:
toqué mis ojos, sentí los lentes. Mis nuevos lentes de mica amarilla. Entendí otra
cosa: mi periplo inició el domingo.
Llegué
cansado a casa, pero luego de la cena, me puse a hacer una más de las agendas académicas
que me habían pedido. Y no, no era que me preocupara el cambio que estaba
apunto de proponer temeraria mente, sino pensar el estrés crónico que me causó preparar
noche a noche, incluso mentalmente, una clase diferente para 7 grupos
distintos. El brillo de la computadora, las ideas, la asociación con la
realidad. Que eso me hilaba inconscientemente a una época sombría a la que renuncié
de tajo.
Tres
años atrás tenía contrato con 3 universidades. En dos de ellas no quise renovar,
y en la última, fui yo el que, con el cuatrimestre en puerta, decidí renunciar.
Estaba fundido. Creo que lo sabía.
No
necesitaba dinero, pero buscando cansar mi mente para no pensar en ello, salí a
trabajar con la guitarra. Fuera de la terminal encontré ese puesto de lentes. Llevaba
tiempo queriendo esos lentes amarillos de moldura redonda. Los compré. El
lunes, mientras recorría fondas, miraba el cielo, y este se notaba plomizo.
Pero yo me sentía bien. Era como si lo que veía me obligara a sentirme mal.
Entonces el sudor comenzó a invadir mi frente. Por eso tuve que quitarme mis
lentes nuevos. Cuando lo hice, el cielo tenía un tono hermoso. Eran los
malditos lentes que me estaban haciendo ver algo que no quería. En diseño gráfico
—ja, también soy técnico en diseño gráfico— el amarillo o cierto tono suyo se
asocia con lo enfermizo. No me los quité, solo me hice consiente de ello. Me senté
en el atrio del calvario y miré al cielo: mandé unos mensajes: ¿saliste de la
chamba? Jálate. Me respondió: perdóname, no revisé el cel, pero ya será.
Y,
sin embargo, bajando del camión rumbo a mi junta, escuchando Amiga mía, me
había vuelto a pasar. Me sentía como un pendejo porque no lo noté, que los
lentes estaban afectando, mi percepción y me hacían creer que me estaba
deprimiendo.
¿Quedamos
que esto se trata de las tribulaciones de una mente con ansiedad, cierto? No sé
si lo estoy logrando, pero sigue esto: tenía mi plan mental establecido. Bajaría
del taxi en el centro de aquella ciudad, compraría un café gigante y caminaría plácidamente
rumbo a la universidad, calculando metódicamente mis tiempos para llegar, no a
las 9, sino con un elegante 9:05 a sabiendas de que de todos modos esas madres
nunca inician a tiempo.
Entré
al Oxxo a las 8:30. Pedí por la máquina de café. Un chico ostensiblemente gay,
me dio norte. Yo sabía usar esas máquinas, pero entonces me pareció que estaba
frente a una máquina ultramoderna, y le pedí ayuda. Me indicó los pasos. Me dije:
sí: yo sabía como funcionan. Al terminar, le pregunté: ¿tienes crema? Dijo: sí,
si no hay ahí, ahora le traigo. Lo hizo. Colocando la tapa, pasó lo que siempre
me pasaba: quemarme. Eso me puso alerta. Pero me relajé. En la fila, una
viejecita hacía todos los pagos de la luz de su familia. Recibo tras recibo:
pensaba: madre, no haga eso, nos detiene aquí y tenemos compromisos. Pero no
dije nada. Revisé el teléfono: pensé: 8:40, desde este punto llego perfecto con
esos 5 minutos de retardo elegantes. (No recuerdo quien me metió en la cabeza que
es algo miserable llegar a tiempo a donde sea: Oscar Wilde lo menciona, pero no
fue él).
Caminando
por la calle rumbo a la universidad recordé mis primeros años con la lira:
Aquel lugar de desayunos y comidas para Godínez seguía funcionando. Recordé
como noté que en aquel pueblo de tradición mariachera, cuando los
tianguistas notan que un músico callejero comienza a tocar: todos comienzan a
chiflar para que todos apaguen sus bocinas y dejen que uno trabaje. Pero yo no
llevaba guitarra ni ese era día de tianguis. Llevaba ideas. Ideas de este tipo:
el café en la mano me hizo recordar una de esas últimas escuelas en las que
estuve, cuando en el receso bajaba a comprar un café Jumbo con crema. Como aquella
última vez, con el refriego mental de Pisando fuerte en la cabeza, bajé al Oxxo
por ese café. Me sentía ebrio. Estaba en ese punto en el que no controlaba todo
lo que me estaba pasando y beber de madrugada era lo mismo que tomar ansiolíticos.
No juego con esto al contracultural, en lo sumo, una droga para el cerebro le
sirve para lo mismo, sustituir esa incapacidad de re-captar dopamina para estar
bien o “feliz” —también tengo textos de esos tortuosos episodios por aquí—. Un
café mientras el sol amenazante entraba por las cortinas y yo tenía miedo de
perder algo que de todos modos perdí.
Fue
inútil. Llegué, café en mano, justo a las 9 a mi junta de academia. Fui al
baño. Otra persona se arreglaba en los lavamanos. Era una mujer linda. Nos saludamos.
Dentro de los baños me di cuenta que estaba en el baño de mujeres porque no
encontré el mingitorio. Salí sin pena ni aspavientos. Luego de orinar me tomé
una foto en el espejo, me gustó mucho lo que elegí esa mañana: nada formal,
algo ligero, porque eso estaba permitido según RH.
En
efecto, no había empezado con la junta porque no estaba nada listo, así que me
puse a leer otro poco. Cuando el cañón estaba listo y decidieron que entonces sí
era demasiado engorroso esperar más por los verdaderamente impuntuales y holgazanes,
la junta arrancó. Pensar, pero, sobre todo, decir esto: que en efecto las
juntas de academia no tienen nada de juntas de academia, me ha metido en
problemas. Las juntas de academia no tienen que ver con una revisión académica
para pulir conceptos o repasar ideas sino para una serie de normas y reglas de
las cuales solo bastaría el sentido común u otro caldo de cultivo para saber
qué se puede o no hacer dentro de una institución educativa.
Pero
estaba fresco, en el entendido de que yo mismo debía obligarme a ser un tanto
más tolerante. De ese modo me resumí a ver como los nuevos ahí, como yo,
se apresuraban a tomarle fotos a la proyección, a tomar notas, a preguntar
obviedades. Pero hubo un gesto que me dejó un buen sabor de boca. Nos presentaron
al cuerpo jurídico de la escuela. Paréntesis: sí, ese abogado, a diferencia del
resto de sus compañeros que vestían de acuerdo a lo establecido en el buen gusto,
llevaba jeans y un saco de un traje sobre una camiseta. Fin del paréntesis de
los aun así, prototípicos estereotipos que se forjan y se comprueba. El gesto
no fue ese, sino que nos dio nuestro contrato a firmar. Creo que esto debe ser
explicado a detalle. En otras escuelas los contratos nos los dan a firmar cuando
el ciclo ya terminó, y todo solo para guarecer a la escuela de problemas
legales y restarnos derechos a nosotros. Ese contrato no parecía estar maniatado.
Pero pasó algo mejor, en el expediente que armaron para nosotros, incluía en el
folder la evaluación de la clase muestra que todos dimos. Cuando me presenté a
mi proceso de reclutamiento, la de RH me dijo: solo le pido una disculpa,
maestro, normalmente hacen su clase muestra con alumnos, pero ahora ya se
fueron de vacaciones así que le va a tocar hacer su clase muestra con las coordinadoras
de las carreras para las que lo tenemos perfilado. Dentro del folder apareció
esa evaluación —lo digo perfectamente consciente de la vanidad que esto
implica— con una calificación perfecta. Obtuve 57 puntos de 57 posibles.
Ahí
fui consciente de algo en lo que no había puesto suficiente atención, que mi
proceso de contratación fue meticuloso y justo. A pesar de escribir, nunca me
habían asignado clase de Taller de lectura y redacción. Siempre era mejor el
perfil de torpes estudiantes de filosofía y letras. Estaba entonces seguro de que
me habían dado la clase de Neurociencias por mis diplomados en periodismo y divulgación
científica, y que todo eso en conjunto hacía lógico que me dieran la clase de
metodología cuando siempre se la daban a alguien con maestría. Y lo corroboré
cuando al final del chisme, una vez firmado el contrato, en una charla de café
informal con mi coordinadora de carrera me dijo: es libre de cátedra, confiamos
en lo que sabe. Ella fue una de mis evaluadoras en la clase muestra, fue una de
las que se mostró encantada por usar el dibujo de un lego para ramificar la arquitectura
cerebral en el desarrollo de la infancia y sus tres ejes fundamentales. Dijo:
no podemos proponer su cambio ahora porque el REVOE no nos lo permite, pero
tiene visto bueno para hacer lo que crea mejor para el grupo. Entonces dije: sé
que es difícil cambiar una currícula de la noche a la mañana, por eso en
cada apartado de la agenda acentué “análisis crítico” en esa materia. Estuvo de
acuerdo con ello y nos despedimos esperando vernos el lunes para empezar “con todo”.
Ni
en el mejor de los momentos, cuando estaba apunto del colapso mental por tantas
clases en tres universidades distintas, tuve tantas clases como ahí. Ahora
estaba, digamos de tiempo completo, como se les llama a los que entran en la nómina.
Así, sentía dentro de mí un ánimo de reivindicación con el pasado. Bastaba
tomar el Atzuci que va al centro de Toluca, ese camión en que tantas veces me
había subido a cantar con una guitarra que entonces descansaba en casa. Tomando
la recta frente a la Muralla sonaba Aquello que me diste. Acto seguido, cuando
el camión avanzaba a rueda lenta en el puente de Metepec, sonó Siempre es de
noche. El corazón me crujió, amenazó con un sollozo, pero logré pasarlo por
alto.
Entré
a mi vieja universidad cerca de la 1. Pasé sin aspavientos la puerta de entrada
mostrando mi credencial membretada de Santander con vigencia hasta el 2028.
Pero el lector de reconocimiento facial ya no detectaba mi rostro. Ahí, una guardia
amable que sepa la chingada porque siempre me trató con cariño, al verme me
dijo: maestro, pásele por allá, no se preocupe. Hablaba de la puerta electrónica
de salida que, por obviedad, siempre está abierta.
Llámenme
paranoico, pero dos años atrás, luego de la invitación de mi universidad para
presentar mi novela, vi como el director académico se puso de pie y se fue
cuando los encargados de las publicaciones de la UAEMéx dijeron estridencias a propósito
de mi libro. No ayudé mucho diciendo groserías abiertamente en ese claustro,
pero justo hablaba de la naturalidad del lenguaje, como dice Octavio Paz. Más
tarde, y después de una clase en que a propósito del tema les dije a mis alumnas
que la escuela hacía mal en obligarlas a ir a misa de gallo por el 12 de diciembre,
la hija del rector, en ostensible puesto de nepotismo, comenzó a seguirme en
redes y revisaba mis historias hasta que la bloqueé.
Yo
no sabía qué hacía ahí. Si buscaba recordar a mis antiguos ex compañeros cuando
fui estudiante o si buscaba ver que aparecieran las sombras de una época tan pétrea
para mí y que de ese modo se fueran por fin. Había recibido el visto bueno para
una postura critica en el nuevo trabajo, en cambio ahí me sentía observado. Al
llegar de Argentina fui y le dije a la entonces directora académica que me
parecía grotesco que su subalterno tuviera tan mal gusto incluso para usar las
palabras, que se sintiera ofuscado cuando dije que eso no era una junta de academia,
o que usar “lo que es” en cada oración era signo de su pobre habilidad
cognitiva. Aquella me dijo: maestro, sus comentarios sí fueron tomados en
cuenta, se está formulando una reforma al plan de estudios tomando en cuenta lo
que nos dice. Me pidió regresar en unos meses para reintegrarme, pero no lo
hice.
Creo
que veía todo eso en el carrusel violento que se accionó en mi cabeza días atrás,
pero de pronto no necesité pisar mi aula, el aula de mis antiguos alumnos, y de
pronto sucedió: vi su foto de graduación, en la que muchos de ellos no se
habían graduado. Incluida ella que siempre me dijo: creo que esto no es lo que
quiero, vengo porque me obligan a ser algo.
De
camino a la puerta me encontré a una antigua maestra cuyo ánimo desapercibido como
su alumno me parecía encantador, pero que con el paso de los años me enferma. Ella
bajaba las escaleras de los checadores. Me saludó con tensión en los hombros,
apenas meneando la cabeza, como menosbajada. Recordé aquella vez que, como
alumno, me dijo que mi ensayo literario estaba mal. Tardé en entender que ni yo
sabía lo que era un ensayo literario. Pero estaba seguro de mis sentimientos. Se
cimbró en mí una especie de encono cuando supe que ella misma no sabía lo que
era un ensayo literario y que eso sí puede ser tomado como un ejercicio de
lectura. Peor aún, que cuando me la asignaron como asesora de tesis se la pasó mandándome
correos de visto bueno y correcciones hasta que el día en que aparecí en la universidad
para la firma final, me dijo: ya lo leí bien y creo que le falta mucho. Inicialmente
solo me desanimó lo que me dijo, pero echando mano de sus palabras, pensé: “¿ya
lo leí bien?” Y, me pregunté: ¿entonces todo este tiempo solo me dio por mi
lado o cómo? Y me enfurecí, pedí que me cambiaran de asesor. Alguien tuvo el
buen tino de asignarme a un doctor de la facultad de sociología de la UAEMéx. Le
llevé el trabajo como estaba. Le tomó leer mi protocolo de tesis un par de
días. Cuando regresé, me saludó: me dijo: bien, eh. Me dijo: solo faltan un par
de ajustes, me pidió revisar a un ensayista social francés. Le dije: maestro, ¿será
bueno incluir el concepto de hermeneútica? Yo no lo sabía de cierto, pero mi
proyecto era de tipo investigación-acción, me había ganado un puto premio por ese
trabajo. Él, antes de firmar su salida, volteó al escucharme decir eso. Me
dijo: justamente, ese es tu argumento. Me sentí aliviado. Le pregunté: ¿Cuándo lo
checamos? Dijo: no, ya no hace falta, solo agrega eso, ya solo te doy la firma.
Como aquella vez por el entuerto de mi maestra estaba por esa firma, la llevaba
en el folder y le dije: traigo el formato, y sin terciar nada estampó su firma
de aprobado.
Esa
maestra fue mi colega con los años. Había un dejo de cautela en su rostro
cuando me miraba. Aquella tarde, una alumna con falda negra arriba de las
rodillas y una blusa por debajo de sus pechos que dejaban ver su cintura se me
puso de frente y me dijo: ¿le puedo dar un abrazo? Dije que no. Se sintió
decepcionada. Vio como me dio un ataque de ansiedad esa tarde y dijo que lo
entendía. Una de las cosas, para bien o mal, de una cabeza con ansiedad es figurar
lo que viene, muchas veces para mal. Cosas que no se cumplen. Pero no en ese caso.
Cuando me preguntó por qué no podía abrazarme, le dije: se ve muy mal, alguien
puede vernos. Entonces aquella maestra pasó afuera del salón. Nos vio ahí, la
vio a ella con esa actitud y con esa petición, y su saludo fue otro, como si me
dijera con eso: te conozco, como si estuviera segura de que lo que había pasado
ahí era patente, que estaba mal. Y le dije a mi alumna, ves, aunque no dije todo
esto que aquí escribo. Y sí, con los días ella me invitó a salir, insistía en
que fuéramos por un café. En esa última charla con esa chica yo tenía a cuestas
dos funerales, uno real y uno figurado en mis emociones. Tenía que darle clases,
pero necesitaba un cigarro. Me encontró en el patio, me dijo: ¿puedo ir con
usted? Y le dije: no puedo hacer esto, no ahora, no sabes todas las veces que he
eludido la realidad con eso que causa placer. Y me fui a fumar, y ella lo
entendió.
Al
ver a esa ex maestra, ex colega, pasé la puerta sin advertir nada, recordando
todo eso. Entonces recordé a la guardia, que no me había despedido de ella y
regresé, le dije: nos vemos, y con una sonrisa hermosa, me dijo algo así, como:
vuelva pronto. No lo sé de facto, creí leer eso en sus gestos porque ya me
había trabado los audífonos de nuevo y sonaba otra vez, Toca para mí, de Sanz.
El
sol, aquel sol de mis penas, me golpeó el rostro de frente. Jalaba aire con
fuerza. me alejaba una y otra vez los lentes de los ojos para hacerme notar que
el cielo era hermoso, que estaba ahí para darle otra perspectiva a todo. Funcionó.
Comencé a caminar con ligereza, esperando lo mejor para lo que seguía. ¿Ya
hablé del placer para eludir el presente? Pues me metí a una tienda de chinos
en Plaza las américas y compré dos lámparas para otro proyecto que tengo. No sé
si era urgente, pero disfruté cómo el vendedor se tomó el tiempo de mostrarme cómo
funcionaba el control remoto del foco de luces que había comprado. Después me
fui al Walmart, a comprar calcetines, un paquete de Fruit in a looms. Tenía pensado
comer sushi, pero mi mente me dijo que era suficiente de evasiones. Así que me
trepé en el camión. Solo entonces dejé de escuchar a Sanz.
La
IA decía que, pasado el evento, la falsa energía haría que a la menor
provocación caería dormido, pero sentado en el camión, seguía despierto. Había muchas
personas paradas, pero en el asiento contiguo una mujer usaba un asiento para llevar
su maleta. Me pareció no solo un gesto egoísta y estúpido sino un gesto vulgar.
Me dije: tranquilo, no digas nada. cerré los ojos, y sin advertirlo me quedé dormido
unos minutos. Desperté a la mitad del trayecto justo en el punto en que mi
hermana toma el camión a esa hora de salida del hospital. Nos encontramos. Le tocó
irse parada, pero me arrojó su chamarra para que yo me la llevara no sin antes
mostrarme el dedo medio de su negra mano. Los pasajeros en derredor se notaron
sorprendidos, pero eso cambió cuando me reí. Le dije: ¿quieres sentarte?, pero
dijo que no. Logré dormir otros cinco minutos. Antes de llegar a la ciudad el autobús
se detuvo porque habían cerrado las carreteras por protestas. El camión comenzó
a vaciarse porque algunos eligieron caminar. Me senté a su lado, nos hicimos
bromas, pero luego de un rato, dijo: ay, ya, caminemos. Eché todo lo que compré
en su mochila y la cargué. Bordeamos el monte a pie hasta que nos conseguí raide.
Quien
nos acercó a la ciudad fue un vendedor de cerveza que sobre la carretera me
preguntó: ¿hay paso? Le dije: no pronto. Le dije: ¿te vas a regresar? Dijo: sí.
Le dije: llévanos. Dijo: no me dejan subir personas a la camioneta. Por su tono
de voz y su rictus noble, noté que lo decía en serio, con cierta disciplina torpe,
pero que su fas solo dictaba que eso solo era una barrera mental fácil de
romper, entonces le pregunté: ¿traes cámaras? Dijo no. Viajamos en la parte
trasera de la camioneta. De todos modos, al llegar a la ciudad, mi hermana me
dijo: pregúntale si le debemos algo. Din din, dijo que no. Sí, la barrera solo
era mental.
En
todo, todo, todo eso pensaba al llegar a la ciudad, con contrato firmado y solo
a la espera de comer algo y dormir por fin. Pero en casa no había luz. Mi mente
por fin hizo erupción. No podría poner una sesión live de música de los 80 en
TikTok hasta dormirme, y entonces sí, eso estaba fuera de mis manos. Y yo lo
sabía. Pude comer cerca de las 6, la casa se oscurecía. En la cama, simplemente
cerré los ojos, pero lo sabía, lo sabía. Otra vez, de pronto, abrí los ojos súbitamente
de nuevo. Con fe de que hubieran pasado 12 horas ya, pero no, el murmullo en
las calles y el silencio pétreo me hizo saber que no, que habían pasado
siquiera minutos. Revisando el teléfono supe que solo había dormido 2 horas por
encima de una vigilia de casi 24 horas. Entonces sí una depresión suprema se
estacionó en mí.
Lo
sabía, lo sé, la falta de sueño me hace creer que nada vale la pena, que quisiera
de pronto tomar una maleta e irme lejos y no saber de nadie. Pero como lo
sabía, aún tenía estrategias, como ir al súper. Comprar la despensa y una
botella de wiski. La falta de luz en casa a las 10 de todos modos me abrumaba,
me amenazaba, por eso salí a leer otra vez al parque. Regresé a la una. Me bebí
un wiski para adormilarme, pero solo conseguí que me pusiera en alerta definitiva,
formulando preguntas existenciales en mi mente. En el tercer trago, volví a
poner a Sanz, como reprendiéndome por no haberlo escuchado con disciplina en
todo ese día en que me acompañó, o para lo cual lo dispuse como para tentar las
llamas. Esperé, trago a trago y cigarro y cigarro hasta escuchar ¿Lo ves?, como
si eso me dijera, ahí es el momento de ir a dormir. Y lo hice. Dormí de corrido
9 horas, cosa bien gratificante para mí.
Al
despertar tenía hambre, me sentía mucho mejor. Todo tenía colores vivos otra
vez. Comí. La luz había llegado. Tenía ganas de escribir esto, formulándome peguntas
del tipo, ¿por qué no puedo simplemente despertar, ir a una junta y regresar a
casa y seguir con mi vida? Eso que hace la gente normal. —Normal tiene
un sesgo metodológico en psicología: todo eso que sale de lo común, y que no es
ni bueno ni malo, solo es—. Peor aún, pensé: ¿no será esto una larga verborrea
que mis revisores tildarían de paja sobre paja? Pero, al sentarme frente a la
computadora solamente tenía en la mente vaciar esto, fidedignamente los vuelcos
que una mente ansiosa. Cómo eso construye su cotidianeidad, tal solo para
insistir que eso no debe marginarnos ni restarnos valía.
Antes
de sentarme a escribir esto, recibí un correo, me dieron todavía más trabajo.
Requerían otra agenda académica de mi parte. Antes de responder: trabajo en
ello de inmediato: quedo pendiente para instrucciones, me dije no. Me sentía fresco
y entusiasmado por el siguiente lunes, pero preferí salir a caminar y leer a
David Ojeda. Solo conseguí leer un par de párrafos, porque de inmediato mi
mente exigía escribir esto, beber algunos tragos e ir a dormir, porque, aunque
tengo un trabajo formal, mi mente me pide salir a tocar la guitarra casi como
si fuera un duelo o un ritual para conseguir dormir la noche previa en que
tenga que ir a mi primer día de chamba y todo comience en el punto en que
inició este texto. Pero, cero dramas, esto solo pasa frente al primer día de
algo, luego, todo pasa y duermo y como y creo que hay cosas por las que valen
mucho la pena pensar y hacer. Mejor aún, escribirlas.

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