¿Nadie nos va a extrañar?


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Se estrenó en Amazon Prime Video la segunda temporada de Nadie nos va a extrañar, la exitosa serie juvenil que apela a la falsa nostalgia de los 90 y que sin que nadie lo advirtiera se convirtió en un fenómeno, particularmente en las redes sociales.

La trama es sencilla, un grupo de chicos que vive la adolescencia en la caótica década de los noventa, fraguan una amistad con base en su propia empresa de prepa: vender tareas a los no tan inteligentes antes del boom de la internet.

La serie está construida cuidadosamente con una narrativa sólida y una ambientación eficaz, decir entonces que apela a la falsa nostalgia más bien parece un insulto para quienes la disfrutamos, pero el fenómeno en redes lo hace patente.

La serie se estrenó en agosto del 2024 sin muchas luces. Pasó relativamente desapercibida hasta que comenzaron a hacerse virales ciertos edits con escenas y canciones que fueron usadas como soundtracks. Caifanes, Duncan Du, Fey, Kabha, Héroes del silencio, etc. En Tiktok, recuerdo uno de los comentarios con más reacciones: “¿cómo, es una serie?, pensé que solo eran rolitas xidas con videos random”. El empleo de palabras y el que pareciera que quien lo escribió estaba descubriendo un universo de música eclipsada, me hizo entender que sí, la serie era otro fruto exitoso de la falsa nostalgia.

El fenómeno no es nuevo, es un artificio reciente de las plataformas para generar visualizaciones en sus contenidos basados en la nostalgia del ayer. Tal como pasó con Stranger Things. Épocas que muchos de los que lo consumen no vivieron.

En Medianoche en París, por la pluma de Woody Allen, Owen Wilson dice algo que sostiene el poder de ese anhelo por el pasado: “creemos que el pasado es un lugar mejor por nuestra incapacidad de vivir en el presente”.  —O algo así—. Si encendemos el televisor y ponemos cualquier canal de noticias no será difícil comprobarlo. Mejor aún, comprenderlo.

Consumí con fervor la primera temporada, antes del fenómeno en redes. Desde que escuché la crítica me pareció deliciosa creyendo que yo mismo había vivido esa época, sin embargo, a medida que las rolas pasaban allí estaba haciendo cuentas mentalmente buscando la fecha de estreno de esas canciones, solo para darme cuenta de que en esa época yo era apenas un niño. Que no fue sino muchos años después, cuando esas canciones ya eran consideradas clásicos, que las conocí y no con tanto ímpetu como al ver la serie. Quienes hayan vivido esa adolescencia noventera hoy rondan los 50 años.  

Parece pues que el fenómeno de la falsa nostalgia —ya bastante estudiado en artículos varios— no es reciente, y que hoy, como pasó con los 60, 70 y 80, estamos ante el resabio de aquella época disruptiva previa al www.laerahiperconectada.sisomos.estesitionoexistenolepiquen.

La serie soporta la crítica, tiene detalles mínimos que pueden ser pasados por alto si tomamos en cuenta que desde su concepción no aspira más que a eso, a la evocación del ayer sin profundizar en ello. Es una serie light que no exige mucho del espectador más que la apertura de los sentidos para revisitar pasajes que el flujo de la cultura pop relegó al olvido: aceptar que ni los de Mercurio ni los de Kabhá necesitaban cantar, resignificar a los Caifanes o rescatar las carreras de Mikel Erenxunt o la misma Julieta Venegas.

Usar como base de la trama a los Caifanes fue un acierto que al mismo tiempo evidencía de dónde nace esta serie. Parece imposible que el creador de Nadie nos va a extrañar no haya visto Esto no es Berlín, película mexicana estrenada en 2019.

Las canciones de Caifanes, en esos edits de Tiktok, son los que más éxito tuvieron. Insisto al decir que contribuyó a resignificar la carrera de la banda. Por muchos años los puristas del rock mexicano criticaron severamente a Saúl Hernández y compañía de que en sus inicios buscaban descaradamente emular el estilo de las bandas británicas post-punk que comenzaban a sonar en México. El líder de los Caifanes llevó el look de Robert Smith en determinado tiempo. Hay una entrevista de Verónica Castro con Caifanes y El Tri, de Álex Lora. En ella, se le escucha a Hernández referirse a Lora como “el maestro” por presión de la Verito, pero con cierto titubeo en la voz.

Estoy seguro de que con el paso de los años Saúl ha conseguido comprender el peso del Tri en la escena musical de nuestro país, pero aquel desdén no es gratuito. Como no lo eran las críticas hacia Hernández, las cuales sí se abordan indirectamente en Esto no es Berlín. La trama de la película basada en los finales de los 80, tiene ciertas similitudes con la serie. La música y el contexto histórico funcionan como vehículo para comprender a esa generación. En la película algunos de los protagonistas llevan el look de Saúl, o mejor dicho, el de Robert Smith. Era una época con una búsqueda de identidad en que México al mismo tiempo era el punto de anclaje de muchas bandas como The Cure para explorar el mercado latino. En cierto punto de la película, el protagonista cae a un bar clandestino en que aquellos Roberts Smiths que abundaban disfrutaban de los excesos y la música anglosajona. Eso le da nombre a la cinta: un curador de museo aparece en uno de esos raves y le dice a uno de esos artistas plásticos emergentes de cliché contracultural: Esto no es Berlín, cabrón. —O algo así—. El creador de Nadie nos va a extrañar cortó por lo sano y solo puso play a las canciones más reconocidas de Caifanes sin ahondar en el por qué alguien escucharía a Caifanes. Nadie nos va a extrañar es una serie que entregó una tarea comprada esperando un 6 y recibió un 7. En cambio, Esto no es Berlín es una película que preparó la tarea con dos semanas de anticipación esperando un 10 y recibió un 8.

Debo confesar que a medida que sonaban las rolas en Nadie nos va a extrañar sentí a penas nostalgia sino hasta que los edits en Tiktok comenzaron a popularizarse. Un par de años atrás, tomando unas cervezas con un pintor éste casi me reclamaba cuando dije que no me gustaba Cerati. Le profesaba fe ciega a su disco Bocanada. Y es que aquello que no vivimos nos hace mimetizar incluso con las emociones o ideologías de esos años. Por mi parte comenzaba a descubrir el mundo del britpop gracias a las revistas de futbol y el naciente Ares y los Mp3 en los 2000; miraba a mis compañeros de clase en la prepa jugar a la contracultura basados en las drogas y el abandono escuchando precisamente a Caifanes —Jaguares—, Soda, Café Tacuba, etc. No he visto una sola vez Blade Runner, pero ya bastantes veces Medianoche en París, lo cual le da otro punto a su favor a Allen. Y es que sí, el pasado, lo que conocemos, incluso como un imaginario colectivo nos provoca más seguridad y, por tanto, confort.

Como se dice, en el pecado lleva la penitencia. Antes de por fin ver la tan esperada segunda temporada de Nadie nos va a extrañar, uno de sus protagonistas subió un video en la rueda de prensa. Ahí vi otro comentario: “¿Fue un final final? Así se sintió” —emoji de ojitos húmedos—. El final parecía inminente porque una segunda temporada no estaba planeada. Se nota en el final de la primera que estaba diseñada para una sola entrega; un final lúgubre, sobrio y bien logrado. El segundo aire fue provocado por el boom en redes. Desperdiciar esa montaña de lana les resultó difícil. Y lo hicieron bien, con, otra vez, contados pecadillos. El primero de ellos, que los actores, algunos de los cuales rondan los 30, el papel de adolescentes les queda muy forzado. El segundo, que algunas líneas del guion —como el asunto de la homosexualidad— parecen ser conscientes de un discurso reciente de aceptación o de un mensaje de tolerancia cuando en aquellos años lo que se plantea en la serie era simplemente imposible. En los noventa había una homofobia normalizada a la que la serie rehúye. Pasajes que son eludidos hábilmente con un subtono de comedia. Pero hicieron bien al no salir con una de esas de las telenovelas de dos pesos al decir que siempre no, que el protagonista ese día andaba de parranda. Lo dejo ahí para no hacer spoiler.

No, el verdadero pecado, donde se le asoman las costillas a esta segunda temporada es precisamente en el recurso que la hizo un fenómeno en redes: la música. A medida que la serie avanza se nota que pusieron atención al Tiktok. En cada oportunidad, a la menor provocación buscaron meter una rola con calzador de la década de los 90 para provocar el mismo impacto de la primera entrega, y aunque eso no arruina la experiencia, sí que se notan las intenciones de manipular las emociones del espectador.

A mí la serie me hizo revisitar esas canciones que me parecían la música de fondo de una generación extraviada, reconciliarme con Caifanes y Cerati y su lugar indiscutido en la escena del rock o que A un minuto esa una obra maestra. Y, para beneplácito de los soñadores que nunca dejamos de ser, el cierre de esta segunda temporada deja la puerta abierta para eso a lo que Y tu mamá también nunca se atrevió. Cuando luego de cercenar nuestros corazones con aquel cierre de Tenoch y Julio y el “nunca volverán a verse”, sí que hay un después. Que a pesar del adiós inevitable que se vuelve nostalgia al que siempre nos negamos, existe una vida; esos encuentros light de la calle para entre comentarios revivir las glorias de la prepa. El nivel de ambas temporadas —la misma edad de los actores— dejan el terreno fértil para reencontrarnos a los protagonistas en su propio Blade Runner, tal vez en una película basada en la adultez prematura y traicionada en los 2000 por los sueños revolucionarios de los 90. Si eso sucede, será como sacar la cabeza de la alberca cuando los años te aprietan el cuello dócilmente.


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